Cuando se habla de ciudad sostenible, la expresión suena correcta, nadie parece estar en contra. Pero justamente por eso me interesa empezar por lo más básico: ¿Qué significa en realidad sostenibilidad?
Conviene empezar por ahí. En su acepción más difundida, la sostenibilidad remite a la capacidad de mantener procesos, bienes o formas de vida a lo largo del tiempo sin agotar los recursos ni producir daños graves al entorno, y en el campo urbano esa idea se vincula con la posibilidad de garantizar calidad de vida presente sin comprometer las condiciones de las generaciones futuras.
Entonces una ciudad sostenible no sería solo una ciudad “verde”.
Exactamente. Ese es el primer malentendido que hay que despejar. La sostenibilidad urbana no se reduce a poner árboles, incorporar tecnologías limpias o bajar consumos energéticos, aunque todo eso importe; también implica equidad, acceso a servicios, calidad del espacio urbano, redistribución de recursos, habitabilidad y capacidad colectiva para sostener la vida urbana en el tiempo.
Y eso se vuelve especialmente urgente porque las ciudades concentran una parte enorme del problema.
Sí. Las ciudades ocupan apenas el 3% de la superficie terrestre, pero concentran entre el 60% y el 80% del consumo energético y alrededor del 75% de las emisiones de carbono, de modo que cualquier discusión seria sobre sostenibilidad pasa inevitablemente por transformar la forma en que construimos y gestionamos el espacio urbano.
Entonces, cuando Verdaguer habla de sostenibilidad urbana, ¿Qué es lo que pone en el centro?
Verdaguer insiste en que el concepto solo sirve si se lo dota de contenido riguroso y no se lo deja caer en formulaciones vacías. Desde ahí propone, como principios generales de sostenibilidad, el bienestar humano ligado a la equidad y la solidaridad, el carácter relacional de todos los procesos, la prevención, la desmaterialización de procesos mediante información y coordinación, la consideración de los ciclos completos, la sinergia, la subsidiariedad y la participación.
O sea que la sostenibilidad no es un principio único, sino una constelación de criterios.
Sí, y esa precisión es importante. En Verdaguer no aparece como una receta cerrada, sino como una articulación de principios que obligan a pensar al mismo tiempo recursos, territorio, escalas, conflictos y actores. Por eso insiste en que una intervención será más sostenible cuanto más logre aproximarse a procesos cíclicos, anticipar impactos, coordinar conocimientos distintos y resolver varios problemas a la vez.
¿Y cómo se traduce eso específicamente a la ciudad?
En el plano urbano, Verdaguer sintetiza esos criterios en varias nociones muy concretas: conservación de recursos energéticos y materiales, reequilibrio entre naturaleza y ciudad, redistribución de recursos y servicios en el territorio, desarrollo local, habitabilidad y cohesión social. Además, subraya que ninguna intervención puede considerarse realmente sostenible si mejora un aspecto aislado pero empeora otros o si produce beneficios locales a costa de impactos globales.
Hasta ahí todo parece muy consistente. Pero también demasiado consensual. ¿Dónde empieza el problema?
Empieza justamente en el éxito del término. Verdaguer advierte que la sostenibilidad se ha generalizado tanto que corre el riesgo de vaciarse de contenido, de convertirse en una palabra adaptable a cualquier discurso urbano, incluso a operaciones que mantienen intactas las lógicas de expansión, consumo excesivo y desigualdad.
O sea que no basta con decir “ciudad sostenible”; hay que ver qué se está sosteniendo realmente.
Exactamente. Ese es el giro crítico del texto. Una ciudad puede presentarse como sostenible porque recicla, porque tiene un parque o porque incorpora tecnologías eficientes, y sin embargo seguir expandiendo la mancha urbana, reforzando dependencias del automóvil, desplazando población o distribuyendo de forma profundamente desigual los costos y beneficios ambientales. Por eso Verdaguer recomienda no quedarse atrapado en el debate de las etiquetas y discutir más bien los contenidos concretos de cada propuesta.
Ahí la sostenibilidad deja de ser una imagen amable y se vuelve un campo de disputa.
Sí, porque obliga a preguntar quién gana, quién pierde, qué recursos se preservan, qué escalas se afectan y qué tipo de ciudad se está promoviendo. En ese sentido, una definición seria de ciudad sostenible incorpora participación, información compartida, seguimiento en el tiempo y capacidad de corrección, no solo metas ambientales abstractas.
Y por eso aparece también la compacidad.
Sí, pero no como dogma morfológico, sino como respuesta a una tensión concreta. Verdaguer vincula la sostenibilidad urbana con barrios densos, mezcla de usos, prioridad peatonal, ciclista y de transporte público, y freno a la extensión incontrolada de lo urbano, precisamente porque entiende que muchas veces el discurso ambiental se usa para justificar nuevos crecimientos dispersos en vez de regenerar lo ya construido.
Entonces la crítica propia que deja este tema no sería “hay que ser sostenibles”, sino algo más incómodo.
La cuestión no es adherirse a la sostenibilidad como consigna, sino exigirle contenido. Si una definición de ciudad sostenible no incorpora equidad, redistribución, participación, habitabilidad, límites a la expansión y revisión crítica de sus impactos territoriales, puede funcionar más como retórica legitimadora que como verdadera transformación urbana.
Bibliografía:
Verdaguer, C. (2000). De la sostenibilidad a los ecobarrios. Documentación Social. Revista de estudios sociales y sociología aplicada, (119), 59-78. Recuperado de: http://oa.upm.es/5827/1/De_la_sostenibilidad_a_los_ecobarrios.pdf
