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10/03/2026

La ciudad sin alma: una conversación sobre urbanidad, experiencia y espacio público

Quiero empezar por una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿qué es una ciudad? En el conversatorio entre El Cuarteto de Nos y Alfredo Ghierra, esa pregunta aparece casi como provocación, y quizá ahí está lo más interesante del tema: que la ciudad no puede reducirse a calles, edificios e infraestructura.

Exactamente. Cuando definimos la ciudad solo por su soporte material, la vaciamos de aquello que la hace propiamente urbana: la experiencia, el conflicto, la convivencia, la memoria y el uso compartido del espacio. Por eso resulta sugerente que una canción como “La ciudad sin alma” no describa simplemente un escenario físico, sino una forma de malestar urbano, una sensación de extrañamiento frente a una ciudad que ha perdido espesor colectivo.

Entonces el problema no sería solo qué forma tiene la ciudad, sino qué tipo de vida hace posible.

Sí. Y esa distinción es fundamental para pensarla críticamente. Una ciudad puede estar densamente construida y, aun así, producir aislamiento, indiferencia y ruptura de los vínculos cotidianos; en ese caso, el problema no es la existencia de lo urbano, sino la erosión de la urbanidad.

La idea de que la ciudad “le pertenece a la gente que la habita”. ¿No es una frase correcta, pero todavía demasiado general?

Lo es. Decir que la ciudad pertenece a quienes la habitan suena bien, pero no basta como argumento. Habría que preguntar bajo qué condiciones esa pertenencia se vuelve real: quién puede usar el espacio público, quién puede permanecer, quién puede apropiarse simbólicamente de la ciudad y quién, por el contrario, la experimenta como un territorio hostil, ruidoso o expulsivo.

Ahí la canción funciona casi como síntoma, ¿no? No como teoría urbana en sí misma, sino como una forma de condensar una experiencia.

Exactamente. La potencia del arte no está en reemplazar a la teoría, sino en hacer visible una atmósfera social que la teoría luego debe interpretar. En este caso, la canción puede leerse como una representación de la ciudad contemporánea cuando el ruido, la saturación, la desafección y la pérdida de lo común dominan la experiencia cotidiana.

Pero si vamos a escribir esto para un blog con aspiración académica, no basta con decir que “la canción nos hace pensar”. Hay que ir un poco más lejos.

Sin duda. La pregunta importante no es si la canción habla de la ciudad, sino qué imagen de ciudad construye y qué problema urbano deja entrever. Lo que aparece allí no es simplemente una crítica moral al caos urbano, sino una inquietud por la pérdida de alma, es decir, por la desaparición de aquellas condiciones que permiten que la ciudad sea algo más que una suma de individuos coexistiendo sin vínculo.

Esa idea me recuerda algo: que una ciudad no fracasa solo cuando colapsan sus infraestructuras, sino también cuando se debilita su vida pública.

Exacto. Y ahí el espacio público deja de ser una pieza secundaria para convertirse en cuestión central. No como sinónimo de plaza o calle en sentido físico, sino como condición de encuentro, visibilidad y coexistencia entre extraños. Una ciudad sin alma podría entenderse, precisamente, como una ciudad donde el espacio compartido pierde intensidad y donde lo colectivo se reduce a circulación, consumo o mera proximidad sin relación.

En el borrador también aparecía una afirmación fuerte: que irse de la ciudad solo amplía el problema porque expande la urbanización. ¿Eso no era demasiado simplificado?

Sí, era una simplificación. El problema no puede plantearse como una oposición moral entre quedarse o irse. Lo que sí puede discutirse es que los modos dispersos de ocupación territorial suelen incrementar consumo de suelo, dependencia de infraestructuras y presión sobre recursos, mientras que una ciudad más densa y mejor organizada puede ofrecer condiciones más sostenibles; pero eso exige un argumento urbano, no una consigna.

O sea, no se trata de defender la ciudad por romanticismo, sino de preguntarse qué forma urbana permite una vida común menos destructiva.

Exactamente. Y ahí entra una discusión más seria sobre densidad, proximidad, consumo y residuos, temas que en tu primer texto aparecían de manera intuitiva, pero todavía no articulada. La virtud de esta entrada debería estar en transformar esa intuición en pregunta crítica: ¿qué ocurre cuando la ciudad deja de organizar convivencia y empieza a producir agotamiento, encierro y desvinculación?

Me interesa también la presencia de Alfredo Ghierra en el conversatorio. No parece un detalle menor que la canción haya sido puesta en diálogo con una mirada arquitectónica.

No lo es. Ese cruce entre música y reflexión urbana es lo que vuelve interesante el material. La canción por sí sola puede sugerir una atmósfera; el conversatorio, en cambio, abre la posibilidad de leer esa atmósfera en términos de ciudad, espacio público, experiencia urbana y responsabilidad colectiva.

Entonces esta entrada no debería ser “me gusta esta canción porque habla de la ciudad”.

Exactamente. Debería ser otra cosa: una exploración de cómo una pieza cultural permite pensar la ciudad como experiencia vivida y no solo como objeto de planificación. Si se la trabaja bien, la canción se vuelve un pretexto fértil para discutir alienación urbana, debilitamiento de lo común y crisis de la vida pública.

¿Y qué hacemos con el dato de que Santiago Tavella pasó por la escuela de arquitectura? En el borrador parecía un remate simpático, pero quizá distraía un poco.

Puede conservarse, pero en segundo plano. Tiene interés como dato cultural y biográfico, porque en fuentes abiertas sí aparece su paso por arquitectura, aunque no la haya concluido. Sin embargo, no debería cargar el peso del argumento: el centro del texto no es la biografía del grupo, sino la ciudad como problema intelectual.

Entonces, si tuvieras que condensar la tesis de esta entrada, ¿cuál sería?

Diría esto: “La ciudad sin alma” permite pensar una dimensión crucial del urbanismo contemporáneo que a menudo escapa a los diagnósticos técnicos: la pérdida de intensidad de la vida común. Leída críticamente, la canción no solo describe un malestar urbano, sino que invita a discutir bajo qué condiciones la ciudad deja de ser espacio de encuentro y se convierte en escenario de aislamiento, ruido y desvinculación.

Ahora sí suena a ensayo y no solo a comentario cultural.

Y esa es la diferencia que importa. Un blog con ambición académica no usa referencias culturales para adornar sus entradas, sino para abrir problemas de pensamiento. La canción interesa menos por su anécdota musical que por su capacidad para obligarnos a preguntar qué hace que una ciudad tenga alma, y qué procesos urbanos la vacían de ella.


Bibliografía:
El Cuarteto de Nos, (2022). Quedarse o irse con Alfredo Ghierra. Recuperado de: La lámina que no está https://www.youtube.com/watch?v=fcU01A1Cgnk
El Cuarteto de Nos, (2022). La ciudad sin alma (online). Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=kzPtMgsRBZ0

10/02/2026

Los no lugares: una conversación sobre espacio, anonimato y sobremodernidad

He escuchado muchas veces que un aeropuerto, un centro comercial o una autopista son “no lugares”. Pero mientras más se repite esa expresión, menos claro me queda qué significa realmente. ¿Marc Augé solo quería decir que son espacios impersonales?

No, y ahí empieza el problema. Reducir el no lugar a un espacio frío, feo o genérico es empobrecer mucho la propuesta de Augé. Lo que él intenta pensar no es simplemente la pérdida de belleza o de identidad visual, sino una transformación más profunda en la experiencia contemporánea del espacio, vinculada a lo que llama sobremodernidad, es decir, una condición marcada por el exceso de acontecimientos, la superabundancia espacial y la individualización de las referencias.

Entonces el no lugar no puede entenderse por separado de esa idea de sobremodernidad.

Exactamente. Augé no parte del aeropuerto para luego ponerle una etiqueta teórica, sino de un diagnóstico más amplio sobre el mundo contemporáneo. Según él, vivimos en un tiempo acelerado, en un planeta cada vez más interconectado y en una experiencia social donde los individuos producen sentido de manera cada vez más solitaria. En ese contexto, proliferan espacios ligados a la circulación, al consumo y al tránsito, espacios en los que las personas se relacionan menos entre sí que con instrucciones, dispositivos, pantallas, boletos, tarjetas y códigos.

O sea que el problema no es solo espacial; también tiene que ver con el tipo de relación social que esos espacios organizan.

Sí. Para entender el concepto, primero hay que pasar por la idea de lugar antropológico. Augé llama así a aquellos espacios que son identificatorios, relacionales e históricos. Un lugar antropológico no es solo un punto del mapa: es un espacio cargado de sentido, donde los sujetos pueden reconocerse, inscribirse en relaciones y leer marcas de una memoria compartida.

Entonces un no lugar sería lo contrario exacto.

Con cuidado: sí y no. Augé lo presenta por oposición al lugar antropológico, pero no porque el no lugar sea un vacío absoluto o una nada espacial. Más bien se trata de un espacio que no produce del mismo modo identidad, relación e historia. En él, el individuo aparece sobre todo como usuario, pasajero, cliente o consumidor; entra, circula, obedece señales, acredita su identidad en los controles de acceso y sale, pero sin quedar inscrito en relaciones duraderas ni en una memoria compartida del espacio.

Eso me hace pensar que el no lugar no elimina a la persona, sino que la redefine funcionalmente.

Exactamente. Esa es una observación importante. En los no lugares, los sujetos no desaparecen; son capturados bajo formas abstractas y operativas. Importa que seas titular de un boleto, portadora de una tarjeta, conductora habilitada o clienta autorizada. Tu identidad no se activa allí como historia vivida o pertenencia colectiva, sino como dato verificable y temporal.

Y por eso Augé pone tantos ejemplos ligados a aeropuertos, autopistas, cajeros automáticos y cadenas hoteleras.

Sí, porque le interesan los dispositivos espaciales de la circulación acelerada. Él menciona explícitamente instalaciones necesarias para el movimiento rápido de personas y bienes, como vías rápidas, empalmes de rutas y aeropuertos; también medios de transporte, grandes centros comerciales y campos de tránsito prolongado. No los enumera para hacer un inventario arquitectónico, sino para mostrar que la sobremodernidad produce cada vez más espacios donde la relación principal no es entre sujetos arraigados, sino entre individuos en tránsito y sistemas de control, información y consumo.

Entonces sería un error tomar el concepto como una categoría puramente formal. Un centro comercial puede parecerse a otro, pero el punto fuerte no es la repetición de la forma, sino el régimen de experiencia que organiza.

Exacto. La clave no es la apariencia, sino la estructura de uso y de relación. Dos espacios muy distintos formalmente podrían operar como no lugares si organizan anonimato, circulación funcional y vínculos efímeros mediados por instrucciones y contratos de uso. Y al revés, un espacio muy contemporáneo no deja de ser lugar solo por tener tecnología o alta movilidad.

Pero si lo pienso así, empiezo a dudar. ¿No es demasiado tajante la oposición entre lugar y no lugar? En la vida real, muchos espacios parecen mezclar ambas condiciones.

Esa es una objeción pertinente, y de hecho conviene asumirla. El propio concepto funciona mejor como herramienta analítica que como clasificación rígida. En la experiencia concreta, muchos espacios combinan dimensiones de lugar y de no lugar: pueden contener memorias, apropiaciones y relaciones, pero también lógicas fuertes de tránsito, control y anonimato. Lo importante no es etiquetar de forma automática, sino preguntar qué tipo de vínculos espaciales y sociales predominan.

O sea que no se trata de recorrer la ciudad diciendo “esto sí es lugar, esto no”.

Exactamente. Ese uso banal del concepto lo vuelve inútil. La pregunta más fértil sería otra: ¿qué espacios contemporáneos debilitan la posibilidad de reconocimiento mutuo, inscripción histórica y relación duradera, y cuáles todavía permiten formas densas de apropiación y encuentro? En ese punto, el concepto de Augé puede ser muy productivo para la arquitectura y el urbanismo, siempre que no se lo convierta en una moda terminológica.

Me interesa también otra cosa: Augé parece decir que estos espacios no son una anomalía marginal, sino algo constitutivo del presente.

Sí, y eso es fundamental. Los no lugares no son residuos secundarios del mundo contemporáneo; son una de sus expresiones más características. Augé llega a afirmar que si los no lugares son el espacio de la sobremodernidad, es porque esta produce ámbitos donde los individuos coexisten sin quedar verdaderamente socializados ni localizados más que en la entrada o la salida del sistema. En otras palabras, el juego social parece suspenderse o comprimirse en un inmenso paréntesis funcional.

Eso suena muy fuerte. Casi como si la sobremodernidad multiplicara espacios donde estamos presentes, pero débilmente vinculados.

Sí, esa formulación está muy cerca del problema. En esos espacios estamos físicamente juntos, pero no necesariamente en relación. Compartimos trayectorias, colas, salas de espera, andenes o corredores comerciales, pero lo que organiza la situación no es una comunidad, sino una coexistencia administrada. La experiencia puede incluso producir una extraña combinación de libertad y soledad: estar liberado de obligaciones relacionales inmediatas, pero también separado de vínculos consistentes.

Entonces el no lugar no sería solo un espacio del anonimato, sino una forma espacial de la individualización contemporánea.

Exactamente. Augé subraya que en la sobremodernidad crece la referencia individual, y eso se traduce también espacialmente. El sujeto cree interpretar por sí mismo las informaciones que recibe, produce recorridos singulares y vive muchas veces su experiencia como si fuera privada, incluso en medio de dispositivos colectivos altamente estandarizados. El no lugar es un escenario privilegiado de esa paradoja: una experiencia individualizada dentro de sistemas masivos de circulación y consumo.

¿Y qué le aporta esto al urbanismo? Porque el riesgo es que el concepto quede atrapado en la antropología cultural y no baje al proyecto.

Le aporta, ante todo, una advertencia crítica. Obliga a no pensar el espacio solo desde su configuración material, sino desde el tipo de subjetividad y de relación que organiza. Para el urbanismo, la pregunta no sería simplemente cómo diseñar espacios más bellos o más eficientes, sino cómo evitar que la ciudad quede colonizada por dispositivos donde predomina la circulación sin arraigo, el consumo sin encuentro y la identificación sin pertenencia.

Entonces una lectura arquitectónica débil diría: “los no lugares son malos porque son impersonales”. Pero una lectura más fuerte diría: “hay que examinar qué formas de experiencia y de relación se producen en ellos”.

Exactamente. Y esa segunda lectura es la que vale la pena sostener. El concepto de no lugar no debería servir para moralizar el presente ni para oponer nostálgicamente un pasado auténtico a un presente degradado. Su fuerza está en mostrarnos que el espacio contemporáneo se organiza cada vez más a través de lógicas de exceso, aceleración y deslocalización, y que esas lógicas transforman profundamente la manera en que habitamos, circulamos y reconocemos a los otros.

Entonces, si tuvieras que condensar la tesis de esta entrada, ¿cómo la formularías?

La formularía así: los no lugares no son simples espacios impersonales, sino una expresión espacial de la sobremodernidad, donde la circulación acelerada, el consumo y los sistemas de control producen formas de anonimato, individualización y relación débil. Leído críticamente, el concepto de Augé no sirve para etiquetar sitios de moda, sino para interrogar cómo el espacio contemporáneo transforma la experiencia del habitar, de la identidad y del vínculo social.


Bibliografía:

Augé, Marc. Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad

10/12/2022

¿Los clústers urbanos construyen ciudad o solo reorganizan la competitividad dentro de ella?

He escuchado mucho eso de los clústers urbanos, pero no termino de entenderlo. ¿Qué son exactamente?

En términos generales, un clúster urbano es una concentración territorial de actividades, empresas, instituciones, conocimiento e infraestructuras vinculadas entre sí dentro de la ciudad o de un área metropolitana. La idea es que la proximidad genere ventajas: intercambio de información, especialización, cooperación, innovación y una masa crítica capaz de dinamizar la economía urbana.

O sea que la cercanía física sigue importando, incluso en una economía muy digitalizada.

Exactamente. Esa es una de las premisas del concepto. La proximidad no solo reduce costos, también favorece redes formales e informales, circulación de conocimiento tácito y articulaciones entre empresas, universidades, gobiernos y actores locales. Por eso muchas ciudades han promovido clústers culturales, tecnológicos, creativos o productivos como estrategia de desarrollo urbano y económico.

Entonces suena como una herramienta muy positiva.

Puede serlo. El discurso del clúster suele presentarse como si toda concentración especializada produjera automáticamente innovación, desarrollo y beneficios colectivos. Y no siempre ocurre así.

¿Qué problemas puede generar?

Varios. La sobreespecialización puede volver frágil a un territorio si depende demasiado de un solo sector. También pueden aumentar el precio del suelo, la competencia por recursos, la homogeneización económica y la exclusión de actividades o poblaciones que no encajan en la identidad productiva promovida por el clúster.

O sea que un clúster urbano no es solo un motor económico; también transforma el espacio.

Exactamente. Y ese punto es central en urbanismo. Un clúster no se instala en el vacío: reorganiza centralidades, atrae inversiones, modifica usos del suelo, cambia el valor inmobiliario y puede alterar profundamente el tejido social de un barrio o de una zona de la ciudad. Por eso no basta con medir su éxito en términos de competitividad o innovación; también hay que mirar sus efectos urbanos y distributivos.

Entonces puede incluso favorecer procesos de exclusión.

Sí. En varios casos, especialmente en clústers culturales o distritos creativos, la retórica de la revitalización ha convivido con desplazamiento, turistificación, encarecimiento y pérdida de diversidad social. Lo que se presenta como regeneración puede terminar funcionando como una forma sofisticada de selección territorial.

Entonces el problema no es la concentración en sí misma, sino cómo se gobierna.

Exactamente. Un clúster puede ser valioso si se articula con políticas urbanas amplias, acceso equitativo a oportunidades, infraestructura pública, mezcla funcional y mecanismos que eviten capturas excluyentes del territorio. Pero si se lo fuerza artificialmente o se lo deja operar solo como estrategia de promoción económica, puede producir una ciudad más especializada, sí, pero también más desigual y menos diversa.

Entonces tampoco habría que confundir clúster con barrio o con comunidad urbana.

Exactamente. Ese es otro matiz importante. La proximidad económica no equivale automáticamente a vida urbana compartida, ni la concentración de talento produce por sí sola tejido social. Un clúster puede activar una zona, pero no necesariamente construir ciudad en sentido pleno si no fortalece espacio público, integración, accesibilidad y vínculos con el resto del tejido urbano.

Bibliografía:
Porter, M. E. (1998). Clusters and the new economics of competition. Harvard Business Review, 76(6), 77–90.
Elizagarate, V. (s. f.). Los clústers urbanos como instrumento de la promoción empresarial e innovación territorial. http://www.victoriaelizagarate.com/wp-content/uploads/2017/08/LOS-CLUSTERS-URBANOS-COMO-INSTRUMENTO-DE-LA-PROMOCI%C3%93N-I.pdf
González, R. (2017). Una crítica al paradigma de desarrollo regional mediante clusters industriales forzados. Ágora, 17(2), 239–256. https://agora.edu.es/descarga/articulo/6164315.pdf

10/11/2022

Crear barrio: una conversación sobre vivienda colectiva y ciudad

Recuerdo que hablaste de esa etapa crítica de la arquitectura moderna, cuando algunos arquitectos y urbanistas empezaron a buscar respuestas más cercanas a las necesidades reales de la sociedad. También mencionaste teorías sistémicas como los mat-building. ¿Esa voluntad de hacer ciudad llegó a traducirse en intervenciones que de verdad construyeran barrio?

Sí, y esa es justamente la pregunta importante. No se trataba solo de corregir la forma del edificio, sino de replantear la relación entre vivienda, espacio público, vida cotidiana y tejido urbano. La crítica de autoras como Jane Jacobs y Dolores Hayden ayudó a desplazar el foco desde la vivienda como unidad aislada hacia el barrio como estructura de convivencia, diversidad y soporte de la vida diaria.

Entonces “crear barrio” no significa simplemente agrupar viviendas.

Ese es el primer punto que conviene aclarar. Un barrio no nace por acumulación de bloques, sino por la posibilidad de sostener relaciones, recorridos, apropiaciones, mezcla de usos, reconocimiento mutuo y continuidad entre lo doméstico y lo urbano. Por eso la vivienda colectiva solo construye ciudad cuando deja de pensarse como enclave y empieza a actuar como parte activa del tejido urbano.

Y ahí encajan mejor las críticas de Jacobs y Hayden.

Sí. Jacobs defendió la mezcla de usos, la vitalidad de la calle, las manzanas pequeñas y la densidad de relaciones cotidianas como condiciones de una vida urbana viva. Hayden, por su parte, amplió la crítica al mostrar que muchas formas urbanas modernas y suburbanas ignoraban tareas de cuidado, desigualdades de género y redes comunitarias, de modo que pensar el barrio implicaba también repensar cómo se organiza la reproducción cotidiana de la vida.

Entonces “crear barrio” también es una cuestión política, no solo espacial.

Exactamente. Y ahí aparece la tensión más interesante. Durante mucho tiempo se creyó que bastaba con introducir plazas, circulaciones comunes o espacios intermedios para producir comunidad. Pero la vida barrial no surge automáticamente de la forma arquitectónica; depende también de gestión, uso, mezcla social, mantenimiento, accesibilidad y capacidad de los habitantes para apropiarse de esos espacios.

O sea que un proyecto puede verse muy urbano y aun así no producir barrio.

Sí. Ese es el riesgo. Muchos conjuntos de vivienda colectiva prometieron comunidad a través del diseño, pero terminaron funcionando como piezas autónomas o como infraestructuras residenciales sin espesor urbano. Por eso, cuando un proyecto se acerca más a la idea de barrio, lo importante no es solo que tenga espacio libre, sino cómo articula lo privado, lo semipúblico y lo público, cómo toca la calle, cómo genera cruces y cómo se inserta en la ciudad existente.

Y ahí entra el caso de Alejandro Zohn.

Exactamente. En el análisis de la unidad habitacional CTM “Fidel Velázquez”, Brau muestra cómo Zohn entendía la vivienda colectiva como proyecto urbano y social, no solo como problema tipológico. El valor del conjunto está en la articulación entre espacios públicos y semipúblicos, en su voluntad de encajarse en el contexto y en la búsqueda de relaciones humanas más cercanas mediante calles, quiebres, encuentros y continuidad con la ciudad.

Entonces la planta baja importa mucho.

Muchísimo. La planta baja es decisiva porque es el lugar donde la vivienda deja de ser pura interioridad y entra en contacto con la ciudad. Allí se juega la posibilidad de extender la vida doméstica hacia lo colectivo sin disolverla, y de convertir el conjunto en parte del barrio en lugar de separarlo de él.

Pero tampoco habría que romantizarlo, ¿no?

Ese es el matiz crítico que conviene sostener. No todo espacio intermedio crea comunidad, no todo bloque desalineado genera identificación y no toda voluntad de conexión social se traduce en barrio vivido. La arquitectura puede ofrecer condiciones favorables, pero el barrio siempre excede al proyecto: se produce también en el tiempo, en el conflicto, en el uso, en la mezcla y en la posibilidad de permanencia de quienes lo habitan.

Entonces “crear barrio” no es diseñar una imagen urbana amable.

No. Crear barrio significa proyectar condiciones para que la vivienda colectiva participe de la ciudad y no se limite a ocupar suelo dentro de ella. Y eso exige algo más difícil que una buena composición: exige pensar la vivienda como infraestructura de relaciones sociales, de proximidad cotidiana y de urbanidad compartida.


Bibliografía:
Brau, G. (2021). ALEJANDRO ZOHN: VIVIENDA COLECTIVA COMO PROYECTO URBANO Y SOCIAL: Análisis de la Unidad Habitacional Avenida del Trabajo CTM “Fidel Velázquez”. Arquitectura Y Sociedad, 1(20), 74–95. https://doi.org/10.29166/ays.v1i20.3494

10/08/2022

La ciudad compacta: una conversación sobre proximidad, densidad y sostenibilidad

Hace varios meses que esperaba esa explicación sobre la compacidad.

Y con razón, porque es una idea central en muchos debates sobre sostenibilidad urbana. La ciudad compacta aparece como un modelo que busca reducir dispersión, acortar distancias, favorecer la mezcla de usos, fortalecer el espacio público y hacer más eficiente el funcionamiento urbano.

O sea que no se trata solo de meter más gente en menos espacio.

Ese es el primer error que conviene evitar. La compacidad no es hacinamiento ni simple acumulación de edificios; es una forma de organización urbana donde vivienda, trabajo, comercio, equipamientos y servicios mantienen relaciones de proximidad que hacen posible una vida menos dependiente del automóvil y más apoyada en la convivencia cotidiana.

Entonces, cuando se critica a la ciudad dispersa, ¿se la critica por su baja densidad?

Sí, pero no solo por eso. Se la critica porque suele fragmentar el territorio, alargar recorridos, encarecer infraestructuras y reforzar la dependencia del vehículo privado. Cuando las actividades urbanas quedan demasiado separadas, la vida cotidiana se vuelve más costosa en tiempo, energía y recursos, y eso tiene consecuencias sociales y ambientales.

Ahí entiendo mejor por qué la ciudad compacta se presenta como una alternativa sostenible.

Claro. En esa discusión aparecen ideas como las de Rueda: compacidad, complejidad, eficiencia, integración socioespacial y verde urbano. La propuesta no es solo aumentar densidad, sino articular proximidad, diversidad funcional, uso responsable de recursos, mezcla social y presencia de naturaleza en la ciudad.

Entonces suena bastante convincente. ¿Dónde aparece la tensión?

Aparece cuando la ciudad compacta se convierte en consigna. Porque densificar no siempre mejora la ciudad. Una ciudad puede volverse más densa y seguir siendo excluyente, especulativa, cara, desigual o carente de espacio público de calidad. Si la compacidad se reduce a una operación inmobiliaria, deja de ser proyecto urbano y se vuelve simplemente intensificación del suelo.

O sea que una ciudad compacta también puede producir problemas.

Puede hacerlo si concentra población sin ampliar equipamientos, si reduce áreas libres sin mejorar el espacio público, si mezcla usos solo para ciertos sectores sociales o si convierte la proximidad en privilegio de unos pocos. La compacidad solo tiene sentido como ideal urbano cuando se combina con accesibilidad, justicia espacial, servicios suficientes, vegetación y posibilidad real de encuentro entre grupos diversos.

Entonces el problema no es solo cuánta ciudad hay, sino qué tipo de ciudad se compacta.

Exactamente. Esa es la pregunta importante. No toda densidad produce urbanidad, ni toda cercanía produce convivencia. La ciudad compacta vale como horizonte cuando logra sostener vida colectiva, reducir dependencias materiales y energéticas, y ofrecer condiciones urbanas más equitativas.

Entonces tampoco bastaría con repetir que el bien común debe prevalecer sobre el particular.

No basta con repetirlo; hay que materializarlo. La ciudad compacta solo deja de ser una consigna cuando la proximidad, la mezcla de usos, la integración social y el verde urbano se convierten en condiciones efectivas de la vida cotidiana y no en argumentos abstractos de sostenibilidad.

Bibliografía:
Alarcon, J. (2020). The compact city and the dispersed city: An approach from the perspectives of coexistence and sustainability. Recuperado de: http://scielo.senescyt.gob.ec/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2528-79072020000200001#B24
Glaeser, E. (2011). El Triunfo de las ciudades. Madrid, España: Penguin Random House Grupo Editorial. S.A.U.
Rueda, S. (2005). Un nuevo urbanismo para una ciudad más sostenible, I Encuentro de Redes de Desarrollo Sostenible y de Lucha contra el Cambio Climático. Victoria, Gasteiz.

10/03/2022

La ciudad paseable de Pozueta, Lamíquiz y Porto: una conversación sobre movilidad, cuerpo y urbanidad

Ahora me pregunto, ¿cuál es la forma más sostenible de movilizarse por una ciudad?

La más básica y, al mismo tiempo, una de las más olvidadas: desplazarse por medios no motorizados, empezando por caminar. Y cuando caminar no es posible en sentido estricto, entran también otros modos de movilidad corporal asistida, como la silla de ruedas o distintos apoyos que permiten recorrer la ciudad de manera autónoma o acompañada.

Entonces la ciudad paseable no se refiere solo al peatón estándar.

Ese es un punto clave. Una ciudad paseable no es solo aquella donde se puede ir a pie, sino aquella donde el espacio urbano está pensado a escala humana, para que desplazarse sin automóvil sea posible, seguro, cómodo, continuo y digno para cuerpos distintos, velocidades distintas y necesidades distintas.

Y ahí supongo que caminar tiene muchas ventajas.

Sí. Caminar reduce la dependencia de combustibles fósiles, disminuye emisiones y ruido, y además aporta beneficios directos a la salud, al reducir el sedentarismo y favorecer una relación más activa con el cuerpo. También tiene otra virtud menos cuantificable: permite una experiencia sensorial y social de la ciudad que desaparece cuando el desplazamiento se reduce a atravesarla encerrados en un vehículo.

Entonces parecería obvio que deberíamos construir ciudades para caminar.

Parecería, pero ahí aparece la tensión. Durante décadas, muchas ciudades se han organizado desde la lógica de la circulación motorizada: más calzada, más velocidad, más distancia, más fragmentación. En ese modelo, el peatón no desaparece del todo, pero queda relegado a sobras espaciales, cruces incómodos, veredas estrechas, recorridos inseguros o tiempos urbanos pensados para otros.

O sea que el problema no es que caminar sea poco útil, sino que la ciudad ha sido diseñada contra esa posibilidad.

Exactamente. Y esa es la crítica más fuerte que puede abrir la idea de ciudad paseable. No basta con recomendar que la gente camine más, porque el problema no es moral ni individual. Una ciudad no se vuelve paseable por el deseo abstracto de hábitos saludables, sino cuando su forma urbana, sus distancias, sus mezclas de uso, su espacio público y sus prioridades de movilidad hacen viable ese desplazamiento cotidiano.

Entonces la ciudad paseable también cuestiona una idea de modernidad.

Sí. Cuestiona la modernidad urbana que confundió progreso con velocidad, y eficiencia con circulación automotriz. Frente a eso, la ciudad paseable recuerda algo elemental: movernos no es solo llegar rápido, sino habitar el trayecto, encontrarnos con otros, percibir el entorno y sostener una relación menos destructiva con la ciudad y con el planeta.

Entonces caminar no es solo un medio de transporte.

No. Caminar es también una forma de experiencia urbana y una medida del tipo de ciudad que hemos construido. Cuando una ciudad no puede recorrerse a pie —o en movilidad asistida— de manera razonable, lo que queda en evidencia no es una carencia del peatón, sino una falla profunda del propio modelo urbano.

Comprendo, es decir que la ciudad paseable no se limita a elogiar los beneficios de caminar; pone en cuestión un urbanismo que sigue midiendo la ciudad desde la velocidad del automóvil y no desde la experiencia del cuerpo que la recorre.


Bibliografía (APA):
Pozueta, J., Lamíquiz, F., Porto, M. (2013). La ciudad paseable. Recuperado de: https://urbanitasite.files.wordpress.com/2020/01/pozueta-lamiquiz-y-porto-la-ciudad-paseable.pdf

10/11/2021

¿Qué son los instrumentos de Climate Proof Urban Development?

¿Qué son exactamente los instrumentos de Climate Proof Urban Development?

Son instrumentos de planificación, gestión y decisión urbana orientados a incorporar el cambio climático en el desarrollo de la ciudad de una manera integrada. No buscan solo reducir emisiones o solo adaptarse a impactos futuros, sino articular mitigación y adaptación para que el desarrollo urbano sea, al mismo tiempo, más resiliente frente a riesgos climáticos y menos intensivo en carbono.

O sea que no se trata de sumar una capa “verde” al urbanismo tradicional.

Ese es el primer punto importante. El enfoque climate proof no consiste en corregir al final un plan ya hecho, sino en revisar desde el inicio cómo se localizan infraestructuras, cómo se regulan los usos del suelo, cómo se invierte, qué riesgos se anticipan y qué actores participan en la definición del futuro urbano.

¿Y qué tipo de instrumentos entran ahí?

Pueden ser estratégicos, normativos, fiscales, regulatorios y técnicos. Incluyen estrategias de desarrollo urbano sensibles al clima, planes de acción climática, instrumentos de ordenamiento territorial, criterios para infraestructura resiliente, ajustes normativos, mecanismos de coordinación institucional y herramientas para priorizar inversiones que reduzcan vulnerabilidad y emisiones de forma conjunta.

Entonces la idea de fondo es que la ciudad deje de planificarse como si el cambio climático fuera un problema externo.

Sí. La lógica climate proof parte de reconocer que el cambio climático ya está reconfigurando el modo en que las ciudades piensan su crecimiento, su infraestructura, sus riesgos y sus patrones de consumo. Por eso insiste en que las decisiones urbanas no pueden seguir separando desarrollo, ambiente y gestión del riesgo como si fueran campos independientes.

¿Qué ocurrió en la Ciudad del Cabo?

El caso de Ciudad del Cabo es relevante porque integró el cambio climático en su estrategia de desarrollo urbano de largo plazo, reconociendo amenazas concretas como olas de calor, sequías, incendios, lluvias intensas e incremento del nivel del mar. Además, el proceso se estructuró a través de diálogo con actores gubernamentales, empresas, academia, ciudadanía y grupos de interés, y vinculó las intervenciones a instancias formales de seguimiento y gestión dentro del gobierno local.

Entonces el éxito de estos instrumentos estaría en el trabajo multidisciplinario y participativo.

En parte sí, pero ahí mismo aparece una tensión importante. La participación y la coordinación intersectorial son condiciones necesarias, pero no suficientes. Un proceso puede ser muy dialogado, producir documentos sofisticados y aun así no alterar las prioridades estructurales de inversión, ni corregir desigualdades urbanas preexistentes, ni transformar los patrones de ocupación del suelo que incrementan la vulnerabilidad.

O sea que hablar de resiliencia climática no garantiza justicia climática.

Muchas veces el lenguaje del climate proofing suena técnicamente impecable porque habla de integración, adaptación, mitigación y visión de largo plazo, pero puede seguir operando desde una lógica tecnocrática si no pregunta quiénes son los grupos más expuestos, quién define el riesgo aceptable, qué territorios reciben inversión primero y quién paga el costo de la transición.

Entonces los instrumentos no son neutros.

No lo son. Un instrumento legislativo, fiscal o de planificación puede proteger a la ciudad frente al clima, pero también puede reforzar desigualdades si privilegia zonas con mayor valor económico, si desplaza población vulnerable o si convierte la adaptación en una agenda de competitividad urbana antes que en una agenda de derecho a la ciudad.

Entonces, ¿Qué haría realmente potente a un instrumento de Climate Proof Urban Development?

Que no se limite a gestionar amenazas, sino que reoriente el desarrollo urbano. Eso significa integrar clima en la planificación desde el comienzo, sí, pero también revisar la forma urbana, el acceso a infraestructura, la distribución territorial de riesgos, la gobernanza multinivel y la capacidad de los actores más vulnerables para participar en decisiones que afectan su futuro.

Entonces el tema no es solo resistir mejor el cambio climático, sino cambiar la manera de producir ciudad.

La versión más fuerte del enfoque climate proof no consiste en blindar la ciudad para que siga funcionando igual, sino en replantear sus lógicas de crecimiento, consumo, ocupación y exclusión. Si no ocurre eso, la resiliencia corre el riesgo de convertirse en una palabra prestigiosa que administra mejor la crisis sin transformar sus causas urbanas.


Bibliografía:
Ruijsink, S. (2015). Integrating Climate Change into city development strategies. United Nations Human Settlements Programme.
LAUE, F. (2017). Guiding Principles and Climate Change in Germany’s Urban Planning Practice. A review of the recent academic discourse. Climate and Clean air coalition.


10/10/2021

¿Por qué importa evaluar políticas públicas en urbanismo?

Espera un momento, ¿Cómo que políticas públicas? Esto es un blog de urbanismo.

Precisamente por eso. El urbanismo no se agota en la forma física de la ciudad, porque también depende de decisiones públicas sobre vivienda, transporte, espacio público, infraestructuras, equipamientos, suelo y presupuesto. Las políticas públicas urbanas son parte del modo en que la ciudad se organiza, se transforma y distribuye sus recursos.

Es decir que una avenida, un parque o una red de transporte no son solo obras, sino resultados de decisiones previas.

Y si esas decisiones producen ciudad, entonces también deben ser evaluadas. La evaluación de políticas públicas no consiste solo en revisar si algo “se hizo”, sino en analizar si tenía sentido hacerlo, si se implementó como se prometió, si alcanzó sus objetivos y con qué costo.

¿Y esa evaluación ocurre solo al final?

No. Una política pública puede evaluarse antes de ejecutarse, durante su implementación y después de terminada. La evaluación ex ante examina el diseño, la lógica causal y la pertinencia de la intervención; la evaluación durante la implementación observa su marcha y sus ajustes; y la ex post analiza resultados e impactos, incluso los no previstos.

Entonces evaluar no es un trámite administrativo, sino una forma de pensar la política.

Exactamente. Y ahí entran los criterios clásicos que mencionas. En términos generales, la efectividad observa si la intervención produjo los efectos previstos en su implementación; la eficacia compara los objetivos con los resultados alcanzados; y la eficiencia examina la relación entre los recursos invertidos y los productos obtenidos. Además, puede evaluarse la pertinencia, es decir, si la política realmente responde al problema que dice abordar.

O sea que todo se relaciona, pero no es lo mismo.

No, y esa distinción importa mucho en urbanismo. Una política puede ser eficiente porque ejecuta rápido y con poco gasto, pero poco eficaz si no resuelve el problema urbano al que apuntaba. También puede ser eficaz en ciertos resultados visibles, pero impertinente si parte de un diagnóstico equivocado, o efectiva en algunos sectores y excluyente para otros.

Entonces una política urbana no debería juzgarse solo porque construyó algo.

Ese es uno de los errores más frecuentes. En ciudades marcadas por la urgencia de mostrar obra, se tiende a confundir ejecución con transformación. Pero una política urbana no vale únicamente por sus outputs —calles pavimentadas, estaciones construidas, metros de vereda, viviendas entregadas—, sino por sus outcomes e impactos: cómo cambia la vida cotidiana, quién se beneficia, quién queda fuera y si realmente modifica el problema público que justificó su existencia.

Hasta ahí todo parece bastante lógico.

Evaluar una política también implica definir qué cuenta como éxito, qué indicadores importan, quién produce la información y desde qué visión de ciudad se juzga una intervención. En urbanismo, eso es crucial, porque una misma política puede ser presentada como exitosa por su eficiencia financiera y al mismo tiempo ser criticable por profundizar desigualdades territoriales o sociales.

Entonces los criterios técnicos no bastan.

No bastan por sí solos. Son necesarios, pero insuficientes. La evaluación de una política pública urbana también debería preguntar por sus efectos distributivos, por su dimensión democrática, por la calidad de la participación y por las relaciones de poder que reproduce o transforma en la ciudad.

Y ahí entiendo mejor por qué esto sí pertenece al urbanismo.

Claro. El urbanismo no trata solo de proyectar objetos espaciales, sino de intervenir en procesos urbanos complejos donde actúan gobiernos, técnicos, actores privados y ciudadanía. Por eso las políticas públicas no son un tema externo al urbanismo: son uno de sus instrumentos más decisivos.

Entonces eso de que “las políticas públicas son teorías” habría que matizarlo.

Sí. Más que teorías puras, son hipótesis de intervención sobre la realidad. Proponen que si el Estado actúa de cierta manera, entonces un problema público podrá modificarse. La evaluación sirve justamente para poner a prueba esa promesa, no solo al final, sino a lo largo del proceso.

Entonces la crítica propia sería que evaluar no es solo medir cumplimiento.

Evaluar políticas públicas en urbanismo no debería reducirse a verificar si una obra se ejecutó en tiempo y forma. La cuestión más profunda es si esa política produjo una ciudad mejor, para quién, a qué costo y bajo qué idea de justicia urbana.



Bibliografía:
Subirats, J., Peter, K., Corinne, L., y Frédéric V. (2012). Análisis y gestión de políticas públicas. Recuperado de: https://igop.uab.cat/wp-content/uploads/2014/01/subirats2aparte1.pdf

10/08/2021

¿Qué ideas de sostenibilidad contiene realmente una ciudad sostenible?

Cuando se habla de ciudad sostenible, la expresión suena correcta, nadie parece estar en contra. Pero justamente por eso me interesa empezar por lo más básico: ¿Qué significa en realidad sostenibilidad?

Conviene empezar por ahí. En su acepción más difundida, la sostenibilidad remite a la capacidad de mantener procesos, bienes o formas de vida a lo largo del tiempo sin agotar los recursos ni producir daños graves al entorno, y en el campo urbano esa idea se vincula con la posibilidad de garantizar calidad de vida presente sin comprometer las condiciones de las generaciones futuras.

Entonces una ciudad sostenible no sería solo una ciudad “verde”.

Exactamente. Ese es el primer malentendido que hay que despejar. La sostenibilidad urbana no se reduce a poner árboles, incorporar tecnologías limpias o bajar consumos energéticos, aunque todo eso importe; también implica equidad, acceso a servicios, calidad del espacio urbano, redistribución de recursos, habitabilidad y capacidad colectiva para sostener la vida urbana en el tiempo.

Y eso se vuelve especialmente urgente porque las ciudades concentran una parte enorme del problema.

Sí. Las ciudades ocupan apenas el 3% de la superficie terrestre, pero concentran entre el 60% y el 80% del consumo energético y alrededor del 75% de las emisiones de carbono, de modo que cualquier discusión seria sobre sostenibilidad pasa inevitablemente por transformar la forma en que construimos y gestionamos el espacio urbano.

Entonces, cuando Verdaguer habla de sostenibilidad urbana, ¿Qué es lo que pone en el centro?

Verdaguer insiste en que el concepto solo sirve si se lo dota de contenido riguroso y no se lo deja caer en formulaciones vacías. Desde ahí propone, como principios generales de sostenibilidad, el bienestar humano ligado a la equidad y la solidaridad, el carácter relacional de todos los procesos, la prevención, la desmaterialización de procesos mediante información y coordinación, la consideración de los ciclos completos, la sinergia, la subsidiariedad y la participación.

O sea que la sostenibilidad no es un principio único, sino una constelación de criterios.

Sí, y esa precisión es importante. En Verdaguer no aparece como una receta cerrada, sino como una articulación de principios que obligan a pensar al mismo tiempo recursos, territorio, escalas, conflictos y actores. Por eso insiste en que una intervención será más sostenible cuanto más logre aproximarse a procesos cíclicos, anticipar impactos, coordinar conocimientos distintos y resolver varios problemas a la vez.

¿Y cómo se traduce eso específicamente a la ciudad?

En el plano urbano, Verdaguer sintetiza esos criterios en varias nociones muy concretas: conservación de recursos energéticos y materiales, reequilibrio entre naturaleza y ciudad, redistribución de recursos y servicios en el territorio, desarrollo local, habitabilidad y cohesión social. Además, subraya que ninguna intervención puede considerarse realmente sostenible si mejora un aspecto aislado pero empeora otros o si produce beneficios locales a costa de impactos globales.

Hasta ahí todo parece muy consistente. Pero también demasiado consensual. ¿Dónde empieza el problema?

Empieza justamente en el éxito del término. Verdaguer advierte que la sostenibilidad se ha generalizado tanto que corre el riesgo de vaciarse de contenido, de convertirse en una palabra adaptable a cualquier discurso urbano, incluso a operaciones que mantienen intactas las lógicas de expansión, consumo excesivo y desigualdad.

O sea que no basta con decir “ciudad sostenible”; hay que ver qué se está sosteniendo realmente.

Exactamente. Ese es el giro crítico del texto. Una ciudad puede presentarse como sostenible porque recicla, porque tiene un parque o porque incorpora tecnologías eficientes, y sin embargo seguir expandiendo la mancha urbana, reforzando dependencias del automóvil, desplazando población o distribuyendo de forma profundamente desigual los costos y beneficios ambientales. Por eso Verdaguer recomienda no quedarse atrapado en el debate de las etiquetas y discutir más bien los contenidos concretos de cada propuesta.

Ahí la sostenibilidad deja de ser una imagen amable y se vuelve un campo de disputa.

Sí, porque obliga a preguntar quién gana, quién pierde, qué recursos se preservan, qué escalas se afectan y qué tipo de ciudad se está promoviendo. En ese sentido, una definición seria de ciudad sostenible incorpora participación, información compartida, seguimiento en el tiempo y capacidad de corrección, no solo metas ambientales abstractas.

Y por eso aparece también la compacidad.

Sí, pero no como dogma morfológico, sino como respuesta a una tensión concreta. Verdaguer vincula la sostenibilidad urbana con barrios densos, mezcla de usos, prioridad peatonal, ciclista y de transporte público, y freno a la extensión incontrolada de lo urbano, precisamente porque entiende que muchas veces el discurso ambiental se usa para justificar nuevos crecimientos dispersos en vez de regenerar lo ya construido.

Entonces la crítica propia que deja este tema no sería “hay que ser sostenibles”, sino algo más incómodo.

La cuestión no es adherirse a la sostenibilidad como consigna, sino exigirle contenido. Si una definición de ciudad sostenible no incorpora equidad, redistribución, participación, habitabilidad, límites a la expansión y revisión crítica de sus impactos territoriales, puede funcionar más como retórica legitimadora que como verdadera transformación urbana.

Bibliografía:
Verdaguer, C. (2000). De la sostenibilidad a los ecobarrios. Documentación Social. Revista de estudios sociales y sociología aplicada, (119), 59-78. Recuperado de: http://oa.upm.es/5827/1/De_la_sostenibilidad_a_los_ecobarrios.pdf