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10/01/2026

La teoría de los soportes de Habraken: quién decide sobre la vivienda

Dentro de la arquitectura moderna aparece algo llamado teoría de los soportes, asociada a Habraken. Siempre se la resume como “el arquitecto hace la estructura y el usuario decide el interior”, pero suena demasiado simple. ¿Qué estaba realmente en juego?

Tu intuición es correcta: si lo reducimos a “estructura vs. interior” perdemos el filo crítico de la propuesta. Habraken parte de una pregunta incómoda para la arquitectura moderna de vivienda: ¿quién controla el entorno construido y en qué nivel de decisión? La teoría de los soportes no es solo una solución técnica, sino una crítica a la idea de que el arquitecto, el Estado o el promotor pueden definirlo todo, dejando al habitante en el rol pasivo de mero ocupante.

¿Y ese cuestionamiento aparece directamente ligado a la posguerra y la vivienda masiva?

Sí, pero conviene precisar el contexto. En los años sesenta, buena parte de Europa estaba todavía marcada por procesos de reconstrucción y por la necesidad de producir vivienda en grandes cantidades y en poco tiempo. La respuesta dominante había sido la vivienda en serie, fuertemente estandarizada, en la que el usuario recibía un producto terminado, sin margen real de transformación. Habraken observa que esa lógica industrial sacrifica algo fundamental: la capacidad del habitante de apropiarse del espacio y adaptarlo a sus formas de vida.

O sea, el problema no es solo estético ni de repetición formal, sino de poder: quién decide y quién puede cambiar la vivienda.

Exactamente. Por eso la distinción entre “soporte” y “relleno” —o entre estructura y unidades de decisión del usuario— va más allá de una división constructiva. El soporte reúne las decisiones de largo plazo: estructura portante, circulación vertical, envolvente básica, infraestructura común. Sobre esa base, el habitante debería poder intervenir, modificar, combinar, subdividir o incluso reconfigurar partes de su vivienda a lo largo del tiempo.

Pero en tu explicación no parece que el arquitecto desaparezca, más bien cambia de papel.

Ese es un punto clave. Habraken no propone que el arquitecto renuncie al proyecto, sino que asuma otro tipo de responsabilidad. En lugar de diseñar viviendas cerradas, diseña sistemas abiertos: define marcos, niveles de decisión, reglas de juego. Podría decirse que desplaza la creatividad desde el objeto terminado hacia la capacidad del sistema para admitir variaciones y apropiaciones posteriores.

En tu primera versión para el blog, mencionabas que “el diseñador toma las decisiones estructurales y de circulación, y el habitante las espaciales” y lo dejabas ahí. Ahora parece que falta algo más: ¿qué pasa con el tiempo?

Falta justamente la dimensión temporal. La teoría de los soportes entiende la vivienda como proceso, no como estado final. El habitar se concibe como una secuencia de acciones y transformaciones: cambios de composición familiar, de usos, de economía doméstica, de accesibilidad. Si el edificio no admite esa variación, tarde o temprano se vuelve rígido frente a la vida. Por eso la teoría insiste en que las decisiones de diseño no pueden clausurar todas las posibilidades de cambio.

¿Y qué relación tiene esto con la crítica más general a la arquitectura moderna que se hacía en esos años?

Tiene una afinidad clara con varias críticas contemporáneas, pero con un foco específico. Mientras otras corrientes cuestionaban la relación entre forma y ciudad, o entre zonificación y vida urbana, Habraken se concentra en la unidad básica de la vivienda y en cómo se produce. Su pregunta es: ¿es posible una vivienda colectiva que reconozca la diversidad de modos de habitar sin renunciar a cierto orden constructivo? La teoría de los soportes responde que sí, siempre que se distingan niveles de decisión y se reconozca que el usuario no es un “destinatario” sino un agente.

La frase “el acto de habitar es una necesidad humana que transforma el espacio en posesión particular”. ¿No corre el riesgo de sonar demasiado romántica?

Lo corría, sobre todo si se la dejaba sin desarrollar. Lo interesante de Habraken no es decir que habitar es “algo muy humano” —eso sería trivial—, sino mostrar que el acto de habitar implica apropiación y transformación. El espacio solo se vuelve verdaderamente vivienda cuando permite que sus habitantes inscriban en él sus propias lógicas de uso, sus ritmos y sus cambios. En ese sentido, la “posesión” no se reduce a propiedad jurídica, sino a capacidad efectiva de intervenir en el entorno.

Me gusta esa idea, pero me surge una objeción: ¿hasta dónde se puede abrir el diseño sin comprometer la integridad del edificio o sin encarecerlo demasiado?

Esa es una de las objeciones más fuertes que recibió la teoría, y también uno de sus méritos: obliga a pensar el límite. La propuesta nunca fue “todo es libre”; por eso insiste en la separación entre soporte y relleno. El soporte concentra aquello que, por razones estructurales, técnicas o urbanas, no puede modificarse fácilmente. El resto debería tener un grado de indeterminación mayor. La discusión contemporánea sobre vivienda adaptable, por ejemplo, sigue lidiando con esa tensión entre apertura y viabilidad.

Entonces no se trata de dejar que cada habitante haga lo que quiera, sino de diseñar estructuras que anticipen la posibilidad de cambio.

Exacto. Hablar de soportes no es renunciar al orden, sino redefinirlo. En lugar de imponer una configuración única, el proyecto establece un marco que, aun siendo firme, admite múltiples configuraciones posibles. Esa idea ha influido en muchas propuestas posteriores de vivienda incremental, ampliable o transformable, incluso cuando no se menciona directamente a Habraken.

Y en el contexto actual de vivienda, ¿por qué seguir leyendo esta teoría?

Porque varios de los problemas que la originaron siguen vigentes, aunque se presenten con otros nombres: producción masiva de conjuntos homogéneos, poca capacidad de adaptación de la vivienda colectiva, separación radical entre quienes la diseñan y quienes la habitan. La teoría de los soportes ofrece una herramienta conceptual para discutir hasta qué punto los proyectos contemporáneos incorporan el tiempo, la diversidad de modos de vida y la capacidad de decisión de los habitantes, o si siguen entendiendo la vivienda como producto cerrado.

Entonces la pregunta que deja abierta no es solo “cómo diseñar soportes”, sino “cómo distribuir el poder de decidir en la vivienda”.

Exactamente. Esa es, en el fondo, la cuestión política que recorre la propuesta. La teoría de los soportes obliga a la arquitectura a mirar más allá del momento de la entrega de llaves y preguntarse quién podrá seguir transformando el lugar, bajo qué reglas y con qué límites. Cuando el diseño se concibe como sistema abierto, el habitar deja de ser un mero uso y se vuelve, otra vez, un acto productivo.

Ahora sí siento que la teoría aparece menos como curiosidad histórica y más como un instrumento para pensar la vivienda que queremos hoy.

Ese debería ser el propósito de recuperarla: no repetir su vocabulario, sino usarla como lente para interrogar la manera en que seguimos produciendo vivienda colectiva y la medida en que permitimos —o no— que quienes la habitan puedan realmente apropiársela y transformarla.



Bibliografía:

Habraken, N. (2000). El diseño de soportes. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=300231

10/11/2022

Crear barrio: una conversación sobre vivienda colectiva y ciudad

Recuerdo que hablaste de esa etapa crítica de la arquitectura moderna, cuando algunos arquitectos y urbanistas empezaron a buscar respuestas más cercanas a las necesidades reales de la sociedad. También mencionaste teorías sistémicas como los mat-building. ¿Esa voluntad de hacer ciudad llegó a traducirse en intervenciones que de verdad construyeran barrio?

Sí, y esa es justamente la pregunta importante. No se trataba solo de corregir la forma del edificio, sino de replantear la relación entre vivienda, espacio público, vida cotidiana y tejido urbano. La crítica de autoras como Jane Jacobs y Dolores Hayden ayudó a desplazar el foco desde la vivienda como unidad aislada hacia el barrio como estructura de convivencia, diversidad y soporte de la vida diaria.

Entonces “crear barrio” no significa simplemente agrupar viviendas.

Ese es el primer punto que conviene aclarar. Un barrio no nace por acumulación de bloques, sino por la posibilidad de sostener relaciones, recorridos, apropiaciones, mezcla de usos, reconocimiento mutuo y continuidad entre lo doméstico y lo urbano. Por eso la vivienda colectiva solo construye ciudad cuando deja de pensarse como enclave y empieza a actuar como parte activa del tejido urbano.

Y ahí encajan mejor las críticas de Jacobs y Hayden.

Sí. Jacobs defendió la mezcla de usos, la vitalidad de la calle, las manzanas pequeñas y la densidad de relaciones cotidianas como condiciones de una vida urbana viva. Hayden, por su parte, amplió la crítica al mostrar que muchas formas urbanas modernas y suburbanas ignoraban tareas de cuidado, desigualdades de género y redes comunitarias, de modo que pensar el barrio implicaba también repensar cómo se organiza la reproducción cotidiana de la vida.

Entonces “crear barrio” también es una cuestión política, no solo espacial.

Exactamente. Y ahí aparece la tensión más interesante. Durante mucho tiempo se creyó que bastaba con introducir plazas, circulaciones comunes o espacios intermedios para producir comunidad. Pero la vida barrial no surge automáticamente de la forma arquitectónica; depende también de gestión, uso, mezcla social, mantenimiento, accesibilidad y capacidad de los habitantes para apropiarse de esos espacios.

O sea que un proyecto puede verse muy urbano y aun así no producir barrio.

Sí. Ese es el riesgo. Muchos conjuntos de vivienda colectiva prometieron comunidad a través del diseño, pero terminaron funcionando como piezas autónomas o como infraestructuras residenciales sin espesor urbano. Por eso, cuando un proyecto se acerca más a la idea de barrio, lo importante no es solo que tenga espacio libre, sino cómo articula lo privado, lo semipúblico y lo público, cómo toca la calle, cómo genera cruces y cómo se inserta en la ciudad existente.

Y ahí entra el caso de Alejandro Zohn.

Exactamente. En el análisis de la unidad habitacional CTM “Fidel Velázquez”, Brau muestra cómo Zohn entendía la vivienda colectiva como proyecto urbano y social, no solo como problema tipológico. El valor del conjunto está en la articulación entre espacios públicos y semipúblicos, en su voluntad de encajarse en el contexto y en la búsqueda de relaciones humanas más cercanas mediante calles, quiebres, encuentros y continuidad con la ciudad.

Entonces la planta baja importa mucho.

Muchísimo. La planta baja es decisiva porque es el lugar donde la vivienda deja de ser pura interioridad y entra en contacto con la ciudad. Allí se juega la posibilidad de extender la vida doméstica hacia lo colectivo sin disolverla, y de convertir el conjunto en parte del barrio en lugar de separarlo de él.

Pero tampoco habría que romantizarlo, ¿no?

Ese es el matiz crítico que conviene sostener. No todo espacio intermedio crea comunidad, no todo bloque desalineado genera identificación y no toda voluntad de conexión social se traduce en barrio vivido. La arquitectura puede ofrecer condiciones favorables, pero el barrio siempre excede al proyecto: se produce también en el tiempo, en el conflicto, en el uso, en la mezcla y en la posibilidad de permanencia de quienes lo habitan.

Entonces “crear barrio” no es diseñar una imagen urbana amable.

No. Crear barrio significa proyectar condiciones para que la vivienda colectiva participe de la ciudad y no se limite a ocupar suelo dentro de ella. Y eso exige algo más difícil que una buena composición: exige pensar la vivienda como infraestructura de relaciones sociales, de proximidad cotidiana y de urbanidad compartida.


Bibliografía:
Brau, G. (2021). ALEJANDRO ZOHN: VIVIENDA COLECTIVA COMO PROYECTO URBANO Y SOCIAL: Análisis de la Unidad Habitacional Avenida del Trabajo CTM “Fidel Velázquez”. Arquitectura Y Sociedad, 1(20), 74–95. https://doi.org/10.29166/ays.v1i20.3494

10/10/2022

Encajes urbanos: ¿puede la arquitectura dejar de ser objeto aislado para volverse soporte de relaciones cambiantes?

Si la época moderna separó los usos de la ciudad, ¿Qué hicieron algunos arquitectos de ese mismo tiempo para responder a ese problema?

Algunos empezaron a desconfiar de la zonificación funcionalista y de la idea de que la ciudad podía ordenarse como un sistema de piezas separadas y perfectamente previsibles. Alison Smithson, dentro del clima crítico que siguió al CIAM y a la revisión impulsada por Team 10, buscó otras formas de pensar la relación entre arquitectura, crecimiento, uso y vida cotidiana.

¿Y ahí aparece el concepto de mat-building?

Sí. El mat-building no es simplemente una forma arquitectónica extendida en horizontal, sino una manera de proyectar basada en interconexión, crecimiento, cambio y orden interno abierto. Smithson lo describía como un tipo de edificio capaz de “personalizar el anónimo colectivo”, donde un nuevo orden cambiante, basado en patrones densos de asociación, permite crecimiento, disminución y transformación en el tiempo.

O sea que no se trata de un objeto terminado, sino de un sistema.

Exactamente. Esa es una de sus claves más potentes. El mat-building rompe con la obsesión por la forma cerrada y autosuficiente, y se acerca a una lógica más combinatoria, relacional y adaptable. Por eso muchas veces se lo entiende como una “alfombra” de relaciones, más interesada en los encajes entre partes que en la imagen final del edificio como pieza aislada.

Entonces ahí ya hay una crítica clara a la ciudad moderna sectorizada.

Sí. Los mat-building rechazan la separación rígida entre usos y también la fractura entre arquitectura y urbanismo. Frente al urbanismo racionalista que segregaba funciones y producía objetos desligados del tejido urbano, proponen una continuidad más compleja entre circulación, ocupación, crecimiento y contexto.

¿Y eso se aplicó realmente en algún proyecto?

Sí, aunque no siempre del mismo modo. Uno de los paradigmas más citados es la Freie Universität de Berlín, de Candilis, Josic y Woods, que suele considerarse un ejemplo canónico del mat-building por su baja altura, alta densidad, orden interno fuerte e indeterminación formal. También se ha leído en esa clave el Hospital de Venecia de Le Corbusier, donde el edificio deja de pensarse como objeto autónomo y empieza a operar como una extensión del tejido urbano.

Entonces el mat-building parece una respuesta muy fértil: crecimiento, cambio, interconexión, libertad de uso.

Lo es, pero ahí aparece la tensión crítica. Si se lo celebra demasiado rápido, puede parecer que basta con producir una retícula flexible o una agregación modular para resolver el problema del habitar contemporáneo. Y no es así. La flexibilidad espacial no garantiza por sí sola libertad real, ni adaptación social, ni justicia urbana.

O sea que un sistema abierto también puede seguir siendo muy abstracto.

El mat-building critica con razón el objeto cerrado y la zonificación dura, pero puede seguir operando desde una lógica estructural muy controlada si no incorpora realmente la conflictividad, la desigualdad, la apropiación cotidiana y las condiciones materiales del cambio en la vida urbana. En otras palabras, no toda arquitectura transformable es necesariamente más democrática o más habitable.

Entonces el valor del mat-building no está solo en su forma, sino en la pregunta que abre.

Su importancia está en haber desplazado el foco desde el edificio como imagen al edificio como campo de relaciones. Pero su vigencia actual depende de si esa apertura se entiende no solo como capacidad técnica de crecimiento o cambio, sino como posibilidad de alojar vidas diversas, usos imprevisibles y formas menos rígidas de producir ciudad.

Entonces, más que una alfombra de funciones, sería una estructura de posibilidades.

Sí, y esa formulación es mejor. Porque si decimos solo “alfombra de funciones”, corremos el riesgo de volver al lenguaje funcionalista que precisamente quería superarse. En cambio, entendido como una trama de relaciones espaciales y programáticas capaz de crecer, transformarse y alojar usos cambiantes, el mat-building sigue siendo sugerente porque nos obliga a pensar una arquitectura menos obsesionada con el objeto terminado y más atenta al tiempo, al uso y a la mutabilidad del habitar.



Bibliografía:
Ocampo, J, (2020). El mat-building aplicado en vivienda. Recuperado de: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cvyu/article/view/32969
Smithson, A. (1974, septiembre). How to recognize and read mat-building: mainstream architecture as it has developed towards the mat-building.

10/09/2022

¿La arquitectura moderna murió por su forma o por la arrogancia de creer que podía ordenar la vida social desde arriba?

¿Cómo que la arquitectura moderna murió?

Esa es una de las frases más famosas de la crítica arquitectónica, cuando comenzaron las demoliciones del conjunto de vivienda Pruitt-Igoe en 1972. La frase es potente, pero también simplificadora.

O sea que no se trata de una muerte literal, sino simbólica.

Exactamente. Pruitt-Igoe se convirtió en símbolo del fracaso de ciertas promesas del movimiento moderno: orden racional, vivienda colectiva estandarizada, zonificación funcional y confianza en que una nueva forma urbana podía corregir los males de la pobreza y del deterioro urbano. Su demolición fue leída como la prueba de que ese paradigma había llegado a un límite.

Y ahí entra también la Carta de Atenas y toda esa idea de dividir la ciudad por funciones.

Sí. La modernidad urbana más ortodoxa apostó por separar habitar, trabajar, circular y recrearse, y por organizar la ciudad según criterios funcionales y abstractos. El problema es que esa claridad técnica muchas veces ignoró la complejidad de la vida urbana real: la mezcla de usos, la densidad de relaciones sociales, los vínculos de barrio, la memoria cotidiana y la capacidad de apropiación de los habitantes.

Entonces el fracaso no fue solo formal.

Ese es el primer matiz importante. Sería demasiado fácil culpar únicamente a la geometría, a la supresión del ornamento o al bloque repetido. En Pruitt-Igoe confluyeron diseño arquitectónico, recortes presupuestarios, políticas públicas deficientes, segregación racial, pobreza urbana, mala gestión y abandono institucional.

O sea que usar Pruitt-Igoe como prueba absoluta contra la arquitectura moderna puede ser engañoso.

Sí. Y ahí está la tensión más interesante. El mito de “la muerte de la arquitectura moderna” fue útil para cuestionar el dogmatismo moderno, pero también simplificó el problema al convertir un fracaso histórico complejo en una condena casi total del proyecto moderno. Si todo se explica por la arquitectura, desaparecen del análisis las estructuras sociales y políticas que también produjeron el desastre.

Pero aun así algo sí fracasó en ese modelo.

Sin duda. Fracasó, sobre todo, la confianza excesiva en que la forma correcta podía producir automáticamente una sociedad mejor. Fracasó la reducción de la ciudad a esquema funcional, la idea de que el habitante podía adaptarse sin conflicto a soluciones estandarizadas, y la pretensión de pensar la vivienda como objeto repetible más que como soporte de vidas diversas.

Entonces el problema fue negar al individuo, pero también negar la ciudad real.

No solo se dejó de lado al individuo en abstracto, sino a la ciudad como sistema social complejo. La escala del planeamiento moderno, muchas veces pensada desde la claridad del plano y no desde la experiencia cotidiana, tendió a producir distancia entre la organización técnica del espacio y las formas reales de habitarlo.

¿Y qué sigue después de esa muerte simbólica?

Esa pregunta importa, pero no como simple sucesión de estilos. Lo importante no es repetir que vino la posmodernidad y ya está, sino preguntarse qué aprendimos de ese colapso. Y ahí la lección más fuerte sigue vigente: no podemos seguir proyectando vivienda y ciudad como si las personas fueran unidades abstractas, idénticas y previsibles.

Entonces el presente exige otra forma de pensar la vivienda.

Sí. Hoy la discusión más fértil no pasa por declarar muertos a unos y victoriosos a otros, sino por asumir que la vivienda debe responder a hogares diversos, cambios en el tiempo, condiciones climáticas, contextos sociales y necesidades reales de adaptación. En ese sentido, lo verdaderamente superado no es la modernidad como estética, sino la ilusión de que la complejidad urbana puede resolverse con soluciones universales impuestas desde arriba.

Bien, Pruitt-Igoe no demuestra simplemente que la arquitectura moderna “murió”, sino que fracasó la pretensión de resolver la vida social mediante una forma urbana abstracta, estandarizada y políticamente ciega.


Bibliografía:
Pujades Arquitectura, (2012). La muerte de la Arquitectura moderna. Recuperado de: https://www.pujadesarquitectura.com/arquitectura-moderna
Hernández, A. (2015). El día que murió la arquitectura moderna. Recuperado de: https://arquine.com/el-dia-que-murio-la-arquitectura-moderna
Ferre, A. (2005). Podcast Teoría de la Arquitectura, . Recuperado de: Spotify