Antes de meternos en lo de “transiciones socioecológicas”, necesito entender lo básico. ¿Qué es exactamente la biodiversidad?
Bien, biodiversidad es la variedad de la vida en todas sus formas: especies, genes, ecosistemas y relaciones ecológicas. Y un ecosistema no es solo un conjunto de organismos, sino la red de interacciones entre esos seres vivos y su entorno físico, de modo que la biodiversidad no se reduce a una lista de especies, sino que incluye estructuras, funciones y conexiones.
O sea que no se trata solo de contar plantas, animales o microorganismos.
Exactamente. La biodiversidad importa también por cómo está organizada, por cómo funciona y por los procesos que sostiene: polinización, regulación hídrica, formación de suelos, control biológico, ciclos ecológicos y resiliencia territorial. Por eso, cuando se pierde biodiversidad, no desaparecen solo especies aisladas; se debilitan sistemas enteros de soporte de la vida.
Y ahí Ecuador aparece como un caso muy singular.
Sí. Ecuador suele ser reconocido como un país megadiverso por la concentración extraordinaria de ecosistemas, especies y gradientes ecológicos en un territorio relativamente pequeño, favorecida por la interacción entre Andes, costa, Amazonía e islas, además de la diversidad de pisos altitudinales y climáticos. Esa condición no es solo biológica: también es territorial, histórica y cultural, porque involucra múltiples formas de habitar y usar la naturaleza.
Entonces, en principio, parecería que la biodiversidad es una gran ventaja para el país.
Lo es, pero ahí empieza el problema. La megadiversidad no garantiza por sí sola sostenibilidad. También puede coexistir con deforestación, pérdida de hábitat, contaminación, presión extractiva, expansión urbana desordenada y fragmentación ecológica. Justamente por eso hoy se habla de gestión integral de la biodiversidad.
¿Qué significa “gestión integral” en este contexto?
Significa dejar de pensar la biodiversidad como un asunto restringido a áreas protegidas o a políticas de conservación aisladas. En el enfoque de gestión integral, la biodiversidad se entiende dentro de procesos de cambio territorial, uso del suelo, restauración, producción, gobernanza, conectividad ecológica y decisiones públicas que atraviesan todo el territorio.
O sea que proteger biodiversidad no es solo “cuidar lugares naturales”, sino intervenir en cómo cambia el territorio.
Correcto. Y ahí aparecen las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad. Este concepto parte de reconocer que sociedad y naturaleza no son esferas separadas, sino partes de sistemas socioecológicos profundamente interdependientes. Hablar de transición significa entonces pensar cómo cambiar los modos de ocupación, producción, consumo y gobernanza para que el territorio deje de erosionar sus bases ecológicas y pueda sostener la vida en el tiempo.
Entonces “transición” no es una palabra bonita para decir que debemos portarnos mejor con la naturaleza.
No. En sentido fuerte, una transición socioecológica no es un ajuste menor ni una corrección ambiental periférica. Implica transformar relaciones entre economía, política, cultura, usos del suelo, infraestructura y biodiversidad. Por eso el concepto resulta tan exigente: no habla solo de conservar, sino de reorganizar el territorio desde otra racionalidad.
Y ahí imagino que entran los distintos tipos de territorios y usos del suelo.
Sí. El enfoque de transiciones socioecológicas obliga a mirar territorios silvestres, rurales, urbanos, energéticos, productivos, degradados, étnicos o anfibios no como compartimentos aislados, sino como configuraciones interdependientes. La sostenibilidad no se juega solo en la selva o en el parque nacional, sino también en la ciudad, en la frontera agrícola, en la infraestructura, en la gestión hídrica y en las decisiones cotidianas sobre qué se expande, qué se protege y qué se sacrifica.
Entonces la ciudad también entra en esta discusión, aunque muchas veces parezca separada de la biodiversidad.
Exactamente. Ese es un punto decisivo. Las ciudades concentran población, infraestructuras, consumo de recursos, residuos y decisiones políticas, de modo que no están fuera del problema ecológico, sino en su centro. La biodiversidad urbana y periurbana no es un lujo estético, sino parte de las condiciones materiales de la sostenibilidad: agua, suelo, regulación climática, conectividad ecológica, salud y habitabilidad.
Hasta aquí el planteo es muy fuerte.
El discurso sobre biodiversidad suele ser más avanzado que la transformación real del territorio. Es fácil celebrar que Ecuador sea megadiverso; mucho más difícil es revisar el modelo de urbanización, de extracción, de expansión productiva y de ocupación del suelo que sigue deteriorando esa misma riqueza. En otras palabras, la transición socioecológica se vuelve vacía si solo añade conservación al margen de un sistema territorial que continúa funcionando contra sus propios soportes ecológicos.
O sea que no basta con inventariar especies o declarar áreas protegidas.
No basta. Todo eso importa, pero es insuficiente si no se traduce en indicadores, gestión territorial, restauración, límites a la degradación, planificación urbana y nuevas formas de relación entre asentamientos humanos y ecosistemas. La sostenibilidad no se alcanza porque sepamos más sobre la biodiversidad, sino porque cambiemos las prácticas espaciales, productivas e institucionales que la están erosionando.
Entonces la cuestión de fondo no es solo conservar la naturaleza, sino aprender a habitar sin destruirla.
Y ahí está el verdadero desafío. Una transición socioecológica no consiste en reconciliar simbólicamente ciudad y naturaleza, sino en reorganizar la vida territorial para que los sistemas ecológicos sigan sosteniendo la vida humana sin quedar subordinados por completo a la lógica de explotación, consumo y crecimiento.
Bibliografía:
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