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10/06/2026

Una conversación sobre redes, proyecto y participación

Cuando se habla de ciudades intermedias, casi siempre se las define por su tamaño: no son metrópolis, pero tampoco pequeños pueblos. Sin embargo, el Dr. Arq. Fernando Speranza parece querer saltar de esa clasificación y proponer otra lectura.

Su tesis doctoral tiene aportes más claros sobre ese desplazamiento: pasar de la “ciudad media” entendida como talla demográfica a la “ciudad intermediaria” entendida como función territorial. En su investigación, lo importante no es solo cuánto crece una ciudad o cuántos habitantes tiene, sino qué papel cumple dentro de una red de relaciones urbanas, económicas, infraestructurales y simbólicas en la Provincia de Buenos Aires en Argentina.

¿Entonces el centro del argumento no está en el tamaño, sino en la capacidad de articular?

Tal cual. La intermediación aparece como una noción dinámica: una ciudad no vale únicamente por su masa crítica, sino por su capacidad de vincular territorios, equipamientos, flujos y escalas. Por eso él se distancia de una lectura jerárquica clásica y se acerca a una comprensión reticular del territorio, más próxima a las redes de ciudades que a los modelos fijos de centralidad.

¿Y ahí entra la Provincia de Buenos Aires como caso particular?

Sí, el trabajo parte de un problema territorial muy concreto: la fuerte gravitación de Buenos Aires como nodo multimodal y la persistencia de una lógica radiocéntrica que convierte a buena parte del territorio provincial en “servidumbre de paso” hacia el área central. Frente a eso, el Dr. Speranza propone mirar las ciudades bonaerenses fundadas en menos de un siglo como partes de un sistema que podría reequilibrarse si fortaleciera relaciones policéntricas y funciones intermediarias.

Entonces la investigación no solo describe un sistema, también intenta producir una herramienta para leerlo.

Claro, ese es otro de sus méritos. La investigación construye una metodología multiescalar, multidimensional y multicapa; analiza formas, procesos, funciones y estructuras; elabora escalogramas, fichas, atlas y grafos romboidales; y luego baja a la escala de la planta urbana para estudiar bordes, densidades, crecimientos, espacio público y espacio privado. Todo eso le da una gran consistencia como tesis proyectual.

Y también se nota que confía mucho en la capacidad del urbanismo para ordenar el problema.

De hecho, esa confianza atraviesa todo el texto. El Dr. Speranza insiste en la mirada proyectual como forma de construcción de conocimiento y entiende el proyecto no solo como verificación, sino como instrumento disciplinar para diagnosticar, representar y proponer. En ese sentido, tiene una ambición fuerte: no limitarse a interpretar las ciudades intermedias, sino ofrecer un marco para intervenir sobre ellas.

Hasta ahí suena sólido. Pero ahí mismo es donde a mí empieza a inquietarme algo.

¿Qué cosa?

Que habla de actores involucrados, de calidad de vida, incluso de participación en algunos pasajes, pero el andamiaje real del trabajo sigue estando armado desde la lectura experta del territorio. La intermediación parece construirse sobre indicadores, cartografías, equipamientos, conectividades y proyecto, pero no tanto desde la participación ciudadana como dimensión constitutiva del problema.

Muy pertinente esa observación porque nombra a los habitantes, a los actores clave del sistema, e incluso en algunos tramos reconoce que la planificación no debería formularse desde la soberbia disciplinar, sino a partir de necesidades planteadas por los propios ciudadanos. Pero cuando uno mira el corazón metodológico del trabajo, la participación aparece más como horizonte deseable que como componente estructurante.

Entonces la intermediación queda formulada sobre todo como una capacidad del sistema y como una herramienta del urbanista.

En gran medida, sí; es muy fuerte cuando lee la red territorial, cuando discute centralidades, bordes, desbordes y crecimiento, y cuando propone instrumentos de representación y diagnóstico. Pero es débil cuando se pregunta cómo se construye socialmente esa intermediación, quién disputa sus sentidos o de qué manera la ciudadanía participa efectivamente en la definición del futuro urbano.

Y eso no es una omisión menor, porque una ciudad no se vuelve intermediaria solo por su posición relativa o por su dotación de equipamiento.

También se vuelve intermediaria por las prácticas políticas, por las capacidades institucionales, por las formas de organización social y por los conflictos que atraviesan su producción cotidiana. Si la mediación queda pensada sobre todo como articulación funcional entre nodos y como verificación proyectual, existe el riesgo de que el concepto se vuelva demasiado técnico, demasiado confiado en la mirada disciplinar, y no lo suficientemente atento a la dimensión democrática de la producción urbana.

Entonces tiene una paradoja interesante: quiere superar la lectura puramente cuantitativa de la ciudad media, pero a veces sigue descansando demasiado en dispositivos de medición y representación producidos desde arriba.

Descubriste la tensión más productiva del trabajo. Su gran aporte es haber formulado la intermediación como categoría capaz de leer el territorio bonaerense de otra manera, más compleja, más relacional y más proyectual. Pero su límite está en que esa potencia conceptual no termina de traducirse con la misma fuerza en una reflexión sobre participación ciudadana, coproducción urbana y conflicto social.

Entonces no habría que leer su investigación como una respuesta cerrada, sino como una plataforma que todavía necesita abrirse.

Tal vez ahí radique su mayor interés actual. La investigación del Dr. Speranza sigue siendo valiosa porque permite pensar a las ciudades intermedias más allá del tamaño y más cerca de la metrópolis, como nodos capaces de construir relaciones y proyecto. Pero hoy esa mirada necesita complementarse con otra pregunta, más incómoda y más política: no solo cómo intermedian las ciudades, sino quiénes tienen derecho a decidir el modo en que esa intermediación se produce.

Bibliografía:

Speranza, Fernando M.  (2018-11-02).  Las ciudades intermedias de la Provincia de Buenos Aires : la intermediación como potenciadora del desarrollo urbano y territorial.    (tesis doctoral).  Universidad de Buenos Aires.  Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. [consultado:  7/7/2026] Disponible en el Repositorio Digital Institucional de la Universidad de Buenos Aires: http://repositoriouba.sisbi.uba.ar/gsdl/cgi-bin/library.cgi?a=d&c=aaqtesis&cl=CL1&d=HWA_7112

10/04/2026

Laboratorio urbano de Loja

Si decimos que el Laboratorio Urbano de Loja es importante, ¿Qué lo vuelve realmente relevante para el debate urbano y no solo para la gestión local?

Lo vuelve relevante el tipo de problema que permite observar. Loja no interesa solo por pertenecer a un programa de ciudades intermedias sostenibles, sino porque ofrece un caso desde el cual discutir cómo se construye la periferia en una ciudad intermedia latinoamericana y bajo qué condiciones esa periferia puede ser pensada como objeto de proyecto urbano, y no únicamente como borde deficitario, zona residual o reserva futura de expansión.

Entonces el punto no sería solo describir un laboratorio, sino usarlo para pensar un problema territorial

Exactamente. En urbanismo, el valor de un caso no depende únicamente de su singularidad, sino de su capacidad para iluminar procesos más amplios. En este caso, la experiencia de Loja permite interrogar la relación entre crecimiento urbano, vulnerabilidad socioespacial, estructura ecológica y formas de gobernanza local. Por eso conviene leer el laboratorio menos como un repertorio de buenas intenciones institucionales y más como una tecnología de producción de conocimiento territorial.

Pero cuando dices “periferia” siento que el término se usa demasiado rápido. Muchas veces se la nombra como si fuera simplemente el borde externo de la ciudad.

Un grupo multidisciplinario realizó el análisis de datos geográficos, indicadores físicos y espaciales, ambientales, sociales y económicos para identificar los sectores periféricos de la ciudad que tengan vulnerabilidad y, poder construir tipologías barriales que beneficien al desarrollo urbano sostenible.

¿Qué es eso de periferia?

Ese es precisamente el problema. Reducir la periferia a una posición geométrica la vuelve un dato cartográfico, cuando en realidad se trata de una condición territorial mucho más compleja. La periferia no es solo un límite; es una forma de urbanización donde se intersectan discontinuidades de infraestructura, desigualdades de acceso, conflictos entre soporte ambiental y ocupación urbana, y relaciones inestables entre tejido consolidado y expansión. En ese sentido, pensadores como Bernardo Secchi ayudan a entender que la ciudad contemporánea no puede leerse solo desde el centro histórico o desde la forma compacta, sino desde sus dispersiones, sus fracturas y sus bordes activos. La periferia no es exterior a la ciudad: es una de las formas en que la ciudad se produce y se revela críticamente.

Entonces, cuando el laboratorio identifica sectores periféricos vulnerables, ¿no bastaría con localizarlos en un mapa?

No. Localizarlos es apenas el comienzo. El reto está en construir una lectura operativa de esa vulnerabilidad. Eso implica preguntarse si estamos frente a una vulnerabilidad morfológica, ambiental, funcional, social o política, o, más probablemente, frente a una superposición de todas ellas. Si no distinguimos esas capas, el diagnóstico se vuelve descriptivo y la intervención, genérica. Ahí es donde muchos discursos urbanos fallan: nombran la complejidad, pero no la desagregan analíticamente.


¿Y el Laboratorio de Loja logra hacerlo?

Lo interesante es que parece intentarlo al cruzar indicadores físicos, espaciales, sociales, económicos y ambientales. Sin embargo, la pregunta crítica no es solo si reúne muchas variables, sino cómo las articula. Un enfoque multidimensional no es automáticamente un enfoque riguroso. La acumulación de datos no equivale a interpretación. Para que exista conocimiento urbano, debe quedar claro qué relaciones se quieren demostrar entre esas variables, qué hipótesis orienta la lectura y qué decisiones metodológicas permiten pasar del dato al criterio de intervención.

O sea que un laboratorio urbano no debería impresionarnos por su lenguaje técnico, sino por la claridad con la que convierte información en argumento.

Exactamente. Y esa es una exigencia fundamental en una lectura académica. De otro modo, el laboratorio corre el riesgo de convertirse en un dispositivo de legitimación institucional más que en un instrumento de crítica territorial. La pregunta no es solo qué datos fueron reunidos, sino qué forma de ciudad se hace visible a través de ellos y qué modelo de intervención se vuelve pensable.

En la versión más simple del texto parecía que la periferia se integraba a la ciudad por medio del espacio público, la estructura verde y la participación. ¿Eso sigue siendo válido?

Sí, pero solo si lo formulamos con más cuidado. No conviene presentar espacio público, estructura verde y participación como bienes en sí mismos, porque eso los convierte en palabras de consenso. Lo importante es examinar cómo operan en una situación concreta. Jane Jacobs, por ejemplo, insistió en que la ciudad no funciona por abstracciones normativas, sino por relaciones densas entre uso, proximidad, diversidad y vigilancia cotidiana. Sin embargo, trasladar esa intuición al caso de una periferia latinoamericana exige cautela: no se trata de repetir el elogio de la calle viva, sino de analizar qué tipo de espacio público puede sostener prácticas urbanas significativas allí donde la urbanización es fragmentaria y las infraestructuras son desiguales.

Entonces no basta con decir que mejorar el espacio público mejora el barrio.

No, porque esa afirmación es demasiado cómoda. Habría que preguntarse qué espacio público, para quiénes, con qué escalas de uso, con qué relación respecto a la movilidad, la topografía y las centralidades existentes. Si seguimos una línea más cercana a Habraken, por ejemplo, podríamos decir que el valor urbano de una intervención depende también de su capacidad para admitir apropiaciones, variaciones y formas de soporte en el tiempo, en vez de imponer soluciones cerradas. Eso desplaza la discusión desde el objeto diseñado hacia las estructuras que permiten transformación y permanencia.

Y cuando aparece la estructura verde, ¿Cómo evitamos que quede reducida a paisaje?

Entendiéndola como estructura territorial y no como adorno ambiental. En una ciudad como Loja, marcada por topografías, quebradas y ríos, la dimensión ecológica no es un complemento del proyecto urbano, sino una de sus condiciones materiales. Aquí la conversación con enfoques latinoamericanos es indispensable, porque nuestras ciudades han crecido muchas veces sobre lógicas de ocupación conflictiva, informalidad, pendientes y sistemas hídricos frágiles. En ese contexto, fortalecer una estructura verde urbana solo tiene sentido si contribuye a reorganizar relaciones entre protección ambiental, accesibilidad, uso cotidiano y contención de la expansión sobre áreas sensibles.

O sea que la naturaleza no aparece como fondo, sino como parte de la forma urbana.

Exacto. Y esa distinción es clave. Cuando la estructura ecológica entra en la discusión como soporte del habitar, deja de ser un elemento decorativo y se convierte en criterio de proyecto. Allí el caso de Loja puede ser fértil para el debate sobre ciudades intermedias, porque obliga a pensar la urbanización no solo desde la continuidad de la mancha construida, sino desde las tensiones entre asentamiento, relieve, agua y sistema de espacios públicos.

Quiero insistir en otra palabra que suele usarse de manera muy rápida: participación. En muchos textos institucionales aparece como si su sola mención probara legitimidad.

Y ese es otro punto donde hace falta vigilancia crítica. Dolores Hayden mostró hace tiempo que la forma urbana no puede pensarse al margen de la vida cotidiana, del trabajo de cuidado y de las desigualdades que organizan la experiencia espacial. Si hablamos de participación, entonces debemos preguntarnos quién participa, en qué momento del proceso, con qué capacidad de incidencia y bajo qué traducción institucional de sus demandas. Sin esas preguntas, la participación se vuelve una retórica de consenso que calma la conciencia del proyecto, pero no transforma necesariamente las relaciones urbanas.

Entonces, cuando se afirma que un proceso participativo “empodera” a la ciudadanía, habría que demostrarlo.

Sin duda. “Empoderamiento” no puede ser una palabra automática. Requiere evidencias: cambios en decisiones, permanencia de las organizaciones, apropiación efectiva de los espacios, modificación de prioridades públicas, o incluso conflicto productivo entre actores. Una lectura rigurosa del laboratorio no debería dar por hecho esos resultados, sino evaluarlos críticamente. La participación no es valiosa por ser participativa, sino por la forma en que redistribuye, o no, capacidad de actuar sobre la ciudad.

Me interesa también la escala. ¿Qué tiene de particular pensar todo esto desde una ciudad intermedia y no desde una metrópoli?

Tiene mucho de particular. La ciudad intermedia no es una metrópoli incompleta; tiene lógicas propias de articulación territorial, proximidad institucional, relación con sistemas naturales y capacidad de coordinación entre actores. Pero tampoco debe idealizarse. Precisamente por su escala, puede hacer más visibles ciertas conexiones entre periferia, gobierno local, academia y proyecto urbano; sin embargo, también puede reproducir desigualdades, fragmentaciones y límites de gestión. La virtud analítica de Loja está en permitir ver esa doble condición: proximidad operativa y fragilidad estructural.

¿Y dónde entraría Solà-Morales en esta conversación?

En la necesidad de pensar los espacios de transición, los vacíos, los intersticios y las condiciones intermedias no como restos pasivos, sino como territorios capaces de ser leídos desde su ambigüedad. Esa sensibilidad resulta útil para no tratar la periferia como una categoría cerrada. Entre el centro consolidado y la expansión dispersa existen umbrales, franjas, bordes habitados y sistemas de relación que exigen una mirada menos binaria. En ese punto, hablar de “espacio intermedio” puede ser más que una metáfora editorial: puede convertirse en una clave de lectura territorial.

Entonces el laboratorio sería valioso si consigue leer esos intermedios y no solo clasificarlos.

Exactamente. Porque clasificar sectores vulnerables es importante, pero no suficiente. Lo decisivo es comprender qué relaciones urbanas emergen en esas zonas, qué conflictos condensan y qué posibilidades de proyecto contienen. Un laboratorio urbano adquiere espesor académico cuando no se limita a ordenar información para intervenir, sino cuando vuelve inteligible una condición territorial que antes aparecía solo como problema difuso.

Si tuvieras que formular una tesis a partir de Loja, ¿cuál sería?

Diría esta: en las ciudades intermedias, la periferia no debe ser abordada como una anomalía marginal, sino como un campo estratégico donde se revela la relación entre estructura ecológica, desigualdad socioespacial y capacidad institucional de producir urbanidad. Desde esa perspectiva, el Laboratorio Urbano de Loja interesa no solo por las propuestas que genera, sino porque muestra que el proyecto urbano contemporáneo necesita operar simultáneamente como lectura crítica del territorio, como mediación entre actores y como construcción de criterios para intervenir sobre bordes inestables.

Esa tesis ya no suena a promoción de un caso, sino a una toma de posición.

Y eso es lo que debería buscar una escritura académica. No repetir que una experiencia es valiosa, sino argumentar por qué lo es, bajo qué condiciones, con qué límites y qué preguntas deja abiertas. En lugar de cerrar el caso con una celebración de Loja, conviene abrirlo como problema para otras ciudades intermedias latinoamericanas: cómo producir integración sin homogeneización, cómo intervenir en la periferia sin colonizarla con soluciones abstractas y cómo articular estructura verde, espacio público y participación sin convertir esas nociones en consignas vacías.

Entonces la tarea no sería admirar el laboratorio, sino usarlo para pensar mejor.

Exactamente. Cuando un caso logra obligarnos a precisar conceptos, revisar escalas, desconfiar de los lugares comunes y formular nuevas preguntas, deja de ser solo un ejemplo local y se convierte en materia de conocimiento urbano.

Bibliografía:
Jacobs, Jane. The Death and Life of Great American Cities.
Habraken, N. John. Supports: An Alternative to Mass Housing.
Hayden, Dolores. What Would a Non-Sexist City Be?
Secchi, Bernardo. La città dei ricchi e la città dei poveri.
Solà-Morales, Manuel de. Textos sobre crecimiento urbano, formas de urbanización y espacios de transición.
Municipio de Loja, UTPL y GIZ. Laboratorio Urbano de Loja 2018. Habitar la periferia
Municipio de Loja, UTPL y GIZ. Laboratorio Urbano de Loja 2020. Activar los barrios

10/12/2022

¿Los clústers urbanos construyen ciudad o solo reorganizan la competitividad dentro de ella?

He escuchado mucho eso de los clústers urbanos, pero no termino de entenderlo. ¿Qué son exactamente?

En términos generales, un clúster urbano es una concentración territorial de actividades, empresas, instituciones, conocimiento e infraestructuras vinculadas entre sí dentro de la ciudad o de un área metropolitana. La idea es que la proximidad genere ventajas: intercambio de información, especialización, cooperación, innovación y una masa crítica capaz de dinamizar la economía urbana.

O sea que la cercanía física sigue importando, incluso en una economía muy digitalizada.

Exactamente. Esa es una de las premisas del concepto. La proximidad no solo reduce costos, también favorece redes formales e informales, circulación de conocimiento tácito y articulaciones entre empresas, universidades, gobiernos y actores locales. Por eso muchas ciudades han promovido clústers culturales, tecnológicos, creativos o productivos como estrategia de desarrollo urbano y económico.

Entonces suena como una herramienta muy positiva.

Puede serlo. El discurso del clúster suele presentarse como si toda concentración especializada produjera automáticamente innovación, desarrollo y beneficios colectivos. Y no siempre ocurre así.

¿Qué problemas puede generar?

Varios. La sobreespecialización puede volver frágil a un territorio si depende demasiado de un solo sector. También pueden aumentar el precio del suelo, la competencia por recursos, la homogeneización económica y la exclusión de actividades o poblaciones que no encajan en la identidad productiva promovida por el clúster.

O sea que un clúster urbano no es solo un motor económico; también transforma el espacio.

Exactamente. Y ese punto es central en urbanismo. Un clúster no se instala en el vacío: reorganiza centralidades, atrae inversiones, modifica usos del suelo, cambia el valor inmobiliario y puede alterar profundamente el tejido social de un barrio o de una zona de la ciudad. Por eso no basta con medir su éxito en términos de competitividad o innovación; también hay que mirar sus efectos urbanos y distributivos.

Entonces puede incluso favorecer procesos de exclusión.

Sí. En varios casos, especialmente en clústers culturales o distritos creativos, la retórica de la revitalización ha convivido con desplazamiento, turistificación, encarecimiento y pérdida de diversidad social. Lo que se presenta como regeneración puede terminar funcionando como una forma sofisticada de selección territorial.

Entonces el problema no es la concentración en sí misma, sino cómo se gobierna.

Exactamente. Un clúster puede ser valioso si se articula con políticas urbanas amplias, acceso equitativo a oportunidades, infraestructura pública, mezcla funcional y mecanismos que eviten capturas excluyentes del territorio. Pero si se lo fuerza artificialmente o se lo deja operar solo como estrategia de promoción económica, puede producir una ciudad más especializada, sí, pero también más desigual y menos diversa.

Entonces tampoco habría que confundir clúster con barrio o con comunidad urbana.

Exactamente. Ese es otro matiz importante. La proximidad económica no equivale automáticamente a vida urbana compartida, ni la concentración de talento produce por sí sola tejido social. Un clúster puede activar una zona, pero no necesariamente construir ciudad en sentido pleno si no fortalece espacio público, integración, accesibilidad y vínculos con el resto del tejido urbano.

Bibliografía:
Porter, M. E. (1998). Clusters and the new economics of competition. Harvard Business Review, 76(6), 77–90.
Elizagarate, V. (s. f.). Los clústers urbanos como instrumento de la promoción empresarial e innovación territorial. http://www.victoriaelizagarate.com/wp-content/uploads/2017/08/LOS-CLUSTERS-URBANOS-COMO-INSTRUMENTO-DE-LA-PROMOCI%C3%93N-I.pdf
González, R. (2017). Una crítica al paradigma de desarrollo regional mediante clusters industriales forzados. Ágora, 17(2), 239–256. https://agora.edu.es/descarga/articulo/6164315.pdf

10/11/2022

Crear barrio: una conversación sobre vivienda colectiva y ciudad

Recuerdo que hablaste de esa etapa crítica de la arquitectura moderna, cuando algunos arquitectos y urbanistas empezaron a buscar respuestas más cercanas a las necesidades reales de la sociedad. También mencionaste teorías sistémicas como los mat-building. ¿Esa voluntad de hacer ciudad llegó a traducirse en intervenciones que de verdad construyeran barrio?

Sí, y esa es justamente la pregunta importante. No se trataba solo de corregir la forma del edificio, sino de replantear la relación entre vivienda, espacio público, vida cotidiana y tejido urbano. La crítica de autoras como Jane Jacobs y Dolores Hayden ayudó a desplazar el foco desde la vivienda como unidad aislada hacia el barrio como estructura de convivencia, diversidad y soporte de la vida diaria.

Entonces “crear barrio” no significa simplemente agrupar viviendas.

Ese es el primer punto que conviene aclarar. Un barrio no nace por acumulación de bloques, sino por la posibilidad de sostener relaciones, recorridos, apropiaciones, mezcla de usos, reconocimiento mutuo y continuidad entre lo doméstico y lo urbano. Por eso la vivienda colectiva solo construye ciudad cuando deja de pensarse como enclave y empieza a actuar como parte activa del tejido urbano.

Y ahí encajan mejor las críticas de Jacobs y Hayden.

Sí. Jacobs defendió la mezcla de usos, la vitalidad de la calle, las manzanas pequeñas y la densidad de relaciones cotidianas como condiciones de una vida urbana viva. Hayden, por su parte, amplió la crítica al mostrar que muchas formas urbanas modernas y suburbanas ignoraban tareas de cuidado, desigualdades de género y redes comunitarias, de modo que pensar el barrio implicaba también repensar cómo se organiza la reproducción cotidiana de la vida.

Entonces “crear barrio” también es una cuestión política, no solo espacial.

Exactamente. Y ahí aparece la tensión más interesante. Durante mucho tiempo se creyó que bastaba con introducir plazas, circulaciones comunes o espacios intermedios para producir comunidad. Pero la vida barrial no surge automáticamente de la forma arquitectónica; depende también de gestión, uso, mezcla social, mantenimiento, accesibilidad y capacidad de los habitantes para apropiarse de esos espacios.

O sea que un proyecto puede verse muy urbano y aun así no producir barrio.

Sí. Ese es el riesgo. Muchos conjuntos de vivienda colectiva prometieron comunidad a través del diseño, pero terminaron funcionando como piezas autónomas o como infraestructuras residenciales sin espesor urbano. Por eso, cuando un proyecto se acerca más a la idea de barrio, lo importante no es solo que tenga espacio libre, sino cómo articula lo privado, lo semipúblico y lo público, cómo toca la calle, cómo genera cruces y cómo se inserta en la ciudad existente.

Y ahí entra el caso de Alejandro Zohn.

Exactamente. En el análisis de la unidad habitacional CTM “Fidel Velázquez”, Brau muestra cómo Zohn entendía la vivienda colectiva como proyecto urbano y social, no solo como problema tipológico. El valor del conjunto está en la articulación entre espacios públicos y semipúblicos, en su voluntad de encajarse en el contexto y en la búsqueda de relaciones humanas más cercanas mediante calles, quiebres, encuentros y continuidad con la ciudad.

Entonces la planta baja importa mucho.

Muchísimo. La planta baja es decisiva porque es el lugar donde la vivienda deja de ser pura interioridad y entra en contacto con la ciudad. Allí se juega la posibilidad de extender la vida doméstica hacia lo colectivo sin disolverla, y de convertir el conjunto en parte del barrio en lugar de separarlo de él.

Pero tampoco habría que romantizarlo, ¿no?

Ese es el matiz crítico que conviene sostener. No todo espacio intermedio crea comunidad, no todo bloque desalineado genera identificación y no toda voluntad de conexión social se traduce en barrio vivido. La arquitectura puede ofrecer condiciones favorables, pero el barrio siempre excede al proyecto: se produce también en el tiempo, en el conflicto, en el uso, en la mezcla y en la posibilidad de permanencia de quienes lo habitan.

Entonces “crear barrio” no es diseñar una imagen urbana amable.

No. Crear barrio significa proyectar condiciones para que la vivienda colectiva participe de la ciudad y no se limite a ocupar suelo dentro de ella. Y eso exige algo más difícil que una buena composición: exige pensar la vivienda como infraestructura de relaciones sociales, de proximidad cotidiana y de urbanidad compartida.


Bibliografía:
Brau, G. (2021). ALEJANDRO ZOHN: VIVIENDA COLECTIVA COMO PROYECTO URBANO Y SOCIAL: Análisis de la Unidad Habitacional Avenida del Trabajo CTM “Fidel Velázquez”. Arquitectura Y Sociedad, 1(20), 74–95. https://doi.org/10.29166/ays.v1i20.3494

10/10/2022

Encajes urbanos: ¿puede la arquitectura dejar de ser objeto aislado para volverse soporte de relaciones cambiantes?

Si la época moderna separó los usos de la ciudad, ¿Qué hicieron algunos arquitectos de ese mismo tiempo para responder a ese problema?

Algunos empezaron a desconfiar de la zonificación funcionalista y de la idea de que la ciudad podía ordenarse como un sistema de piezas separadas y perfectamente previsibles. Alison Smithson, dentro del clima crítico que siguió al CIAM y a la revisión impulsada por Team 10, buscó otras formas de pensar la relación entre arquitectura, crecimiento, uso y vida cotidiana.

¿Y ahí aparece el concepto de mat-building?

Sí. El mat-building no es simplemente una forma arquitectónica extendida en horizontal, sino una manera de proyectar basada en interconexión, crecimiento, cambio y orden interno abierto. Smithson lo describía como un tipo de edificio capaz de “personalizar el anónimo colectivo”, donde un nuevo orden cambiante, basado en patrones densos de asociación, permite crecimiento, disminución y transformación en el tiempo.

O sea que no se trata de un objeto terminado, sino de un sistema.

Exactamente. Esa es una de sus claves más potentes. El mat-building rompe con la obsesión por la forma cerrada y autosuficiente, y se acerca a una lógica más combinatoria, relacional y adaptable. Por eso muchas veces se lo entiende como una “alfombra” de relaciones, más interesada en los encajes entre partes que en la imagen final del edificio como pieza aislada.

Entonces ahí ya hay una crítica clara a la ciudad moderna sectorizada.

Sí. Los mat-building rechazan la separación rígida entre usos y también la fractura entre arquitectura y urbanismo. Frente al urbanismo racionalista que segregaba funciones y producía objetos desligados del tejido urbano, proponen una continuidad más compleja entre circulación, ocupación, crecimiento y contexto.

¿Y eso se aplicó realmente en algún proyecto?

Sí, aunque no siempre del mismo modo. Uno de los paradigmas más citados es la Freie Universität de Berlín, de Candilis, Josic y Woods, que suele considerarse un ejemplo canónico del mat-building por su baja altura, alta densidad, orden interno fuerte e indeterminación formal. También se ha leído en esa clave el Hospital de Venecia de Le Corbusier, donde el edificio deja de pensarse como objeto autónomo y empieza a operar como una extensión del tejido urbano.

Entonces el mat-building parece una respuesta muy fértil: crecimiento, cambio, interconexión, libertad de uso.

Lo es, pero ahí aparece la tensión crítica. Si se lo celebra demasiado rápido, puede parecer que basta con producir una retícula flexible o una agregación modular para resolver el problema del habitar contemporáneo. Y no es así. La flexibilidad espacial no garantiza por sí sola libertad real, ni adaptación social, ni justicia urbana.

O sea que un sistema abierto también puede seguir siendo muy abstracto.

El mat-building critica con razón el objeto cerrado y la zonificación dura, pero puede seguir operando desde una lógica estructural muy controlada si no incorpora realmente la conflictividad, la desigualdad, la apropiación cotidiana y las condiciones materiales del cambio en la vida urbana. En otras palabras, no toda arquitectura transformable es necesariamente más democrática o más habitable.

Entonces el valor del mat-building no está solo en su forma, sino en la pregunta que abre.

Su importancia está en haber desplazado el foco desde el edificio como imagen al edificio como campo de relaciones. Pero su vigencia actual depende de si esa apertura se entiende no solo como capacidad técnica de crecimiento o cambio, sino como posibilidad de alojar vidas diversas, usos imprevisibles y formas menos rígidas de producir ciudad.

Entonces, más que una alfombra de funciones, sería una estructura de posibilidades.

Sí, y esa formulación es mejor. Porque si decimos solo “alfombra de funciones”, corremos el riesgo de volver al lenguaje funcionalista que precisamente quería superarse. En cambio, entendido como una trama de relaciones espaciales y programáticas capaz de crecer, transformarse y alojar usos cambiantes, el mat-building sigue siendo sugerente porque nos obliga a pensar una arquitectura menos obsesionada con el objeto terminado y más atenta al tiempo, al uso y a la mutabilidad del habitar.



Bibliografía:
Ocampo, J, (2020). El mat-building aplicado en vivienda. Recuperado de: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cvyu/article/view/32969
Smithson, A. (1974, septiembre). How to recognize and read mat-building: mainstream architecture as it has developed towards the mat-building.

10/03/2022

La ciudad paseable de Pozueta, Lamíquiz y Porto: una conversación sobre movilidad, cuerpo y urbanidad

Ahora me pregunto, ¿cuál es la forma más sostenible de movilizarse por una ciudad?

La más básica y, al mismo tiempo, una de las más olvidadas: desplazarse por medios no motorizados, empezando por caminar. Y cuando caminar no es posible en sentido estricto, entran también otros modos de movilidad corporal asistida, como la silla de ruedas o distintos apoyos que permiten recorrer la ciudad de manera autónoma o acompañada.

Entonces la ciudad paseable no se refiere solo al peatón estándar.

Ese es un punto clave. Una ciudad paseable no es solo aquella donde se puede ir a pie, sino aquella donde el espacio urbano está pensado a escala humana, para que desplazarse sin automóvil sea posible, seguro, cómodo, continuo y digno para cuerpos distintos, velocidades distintas y necesidades distintas.

Y ahí supongo que caminar tiene muchas ventajas.

Sí. Caminar reduce la dependencia de combustibles fósiles, disminuye emisiones y ruido, y además aporta beneficios directos a la salud, al reducir el sedentarismo y favorecer una relación más activa con el cuerpo. También tiene otra virtud menos cuantificable: permite una experiencia sensorial y social de la ciudad que desaparece cuando el desplazamiento se reduce a atravesarla encerrados en un vehículo.

Entonces parecería obvio que deberíamos construir ciudades para caminar.

Parecería, pero ahí aparece la tensión. Durante décadas, muchas ciudades se han organizado desde la lógica de la circulación motorizada: más calzada, más velocidad, más distancia, más fragmentación. En ese modelo, el peatón no desaparece del todo, pero queda relegado a sobras espaciales, cruces incómodos, veredas estrechas, recorridos inseguros o tiempos urbanos pensados para otros.

O sea que el problema no es que caminar sea poco útil, sino que la ciudad ha sido diseñada contra esa posibilidad.

Exactamente. Y esa es la crítica más fuerte que puede abrir la idea de ciudad paseable. No basta con recomendar que la gente camine más, porque el problema no es moral ni individual. Una ciudad no se vuelve paseable por el deseo abstracto de hábitos saludables, sino cuando su forma urbana, sus distancias, sus mezclas de uso, su espacio público y sus prioridades de movilidad hacen viable ese desplazamiento cotidiano.

Entonces la ciudad paseable también cuestiona una idea de modernidad.

Sí. Cuestiona la modernidad urbana que confundió progreso con velocidad, y eficiencia con circulación automotriz. Frente a eso, la ciudad paseable recuerda algo elemental: movernos no es solo llegar rápido, sino habitar el trayecto, encontrarnos con otros, percibir el entorno y sostener una relación menos destructiva con la ciudad y con el planeta.

Entonces caminar no es solo un medio de transporte.

No. Caminar es también una forma de experiencia urbana y una medida del tipo de ciudad que hemos construido. Cuando una ciudad no puede recorrerse a pie —o en movilidad asistida— de manera razonable, lo que queda en evidencia no es una carencia del peatón, sino una falla profunda del propio modelo urbano.

Comprendo, es decir que la ciudad paseable no se limita a elogiar los beneficios de caminar; pone en cuestión un urbanismo que sigue midiendo la ciudad desde la velocidad del automóvil y no desde la experiencia del cuerpo que la recorre.


Bibliografía (APA):
Pozueta, J., Lamíquiz, F., Porto, M. (2013). La ciudad paseable. Recuperado de: https://urbanitasite.files.wordpress.com/2020/01/pozueta-lamiquiz-y-porto-la-ciudad-paseable.pdf

10/02/2022

¿Qué significa pensar la biodiversidad y las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad?

Antes de meternos en lo de “transiciones socioecológicas”, necesito entender lo básico. ¿Qué es exactamente la biodiversidad?

Bien, biodiversidad es la variedad de la vida en todas sus formas: especies, genes, ecosistemas y relaciones ecológicas. Y un ecosistema no es solo un conjunto de organismos, sino la red de interacciones entre esos seres vivos y su entorno físico, de modo que la biodiversidad no se reduce a una lista de especies, sino que incluye estructuras, funciones y conexiones.

O sea que no se trata solo de contar plantas, animales o microorganismos.

Exactamente. La biodiversidad importa también por cómo está organizada, por cómo funciona y por los procesos que sostiene: polinización, regulación hídrica, formación de suelos, control biológico, ciclos ecológicos y resiliencia territorial. Por eso, cuando se pierde biodiversidad, no desaparecen solo especies aisladas; se debilitan sistemas enteros de soporte de la vida.

Y ahí Ecuador aparece como un caso muy singular.

Sí. Ecuador suele ser reconocido como un país megadiverso por la concentración extraordinaria de ecosistemas, especies y gradientes ecológicos en un territorio relativamente pequeño, favorecida por la interacción entre Andes, costa, Amazonía e islas, además de la diversidad de pisos altitudinales y climáticos. Esa condición no es solo biológica: también es territorial, histórica y cultural, porque involucra múltiples formas de habitar y usar la naturaleza.

Entonces, en principio, parecería que la biodiversidad es una gran ventaja para el país.

Lo es, pero ahí empieza el problema. La megadiversidad no garantiza por sí sola sostenibilidad. También puede coexistir con deforestación, pérdida de hábitat, contaminación, presión extractiva, expansión urbana desordenada y fragmentación ecológica. Justamente por eso hoy se habla de gestión integral de la biodiversidad.

¿Qué significa “gestión integral” en este contexto?

Significa dejar de pensar la biodiversidad como un asunto restringido a áreas protegidas o a políticas de conservación aisladas. En el enfoque de gestión integral, la biodiversidad se entiende dentro de procesos de cambio territorial, uso del suelo, restauración, producción, gobernanza, conectividad ecológica y decisiones públicas que atraviesan todo el territorio.

O sea que proteger biodiversidad no es solo “cuidar lugares naturales”, sino intervenir en cómo cambia el territorio.

Correcto. Y ahí aparecen las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad. Este concepto parte de reconocer que sociedad y naturaleza no son esferas separadas, sino partes de sistemas socioecológicos profundamente interdependientes. Hablar de transición significa entonces pensar cómo cambiar los modos de ocupación, producción, consumo y gobernanza para que el territorio deje de erosionar sus bases ecológicas y pueda sostener la vida en el tiempo.

Entonces “transición” no es una palabra bonita para decir que debemos portarnos mejor con la naturaleza.

No. En sentido fuerte, una transición socioecológica no es un ajuste menor ni una corrección ambiental periférica. Implica transformar relaciones entre economía, política, cultura, usos del suelo, infraestructura y biodiversidad. Por eso el concepto resulta tan exigente: no habla solo de conservar, sino de reorganizar el territorio desde otra racionalidad.

Y ahí imagino que entran los distintos tipos de territorios y usos del suelo.

Sí. El enfoque de transiciones socioecológicas obliga a mirar territorios silvestres, rurales, urbanos, energéticos, productivos, degradados, étnicos o anfibios no como compartimentos aislados, sino como configuraciones interdependientes. La sostenibilidad no se juega solo en la selva o en el parque nacional, sino también en la ciudad, en la frontera agrícola, en la infraestructura, en la gestión hídrica y en las decisiones cotidianas sobre qué se expande, qué se protege y qué se sacrifica.

Entonces la ciudad también entra en esta discusión, aunque muchas veces parezca separada de la biodiversidad.

Exactamente. Ese es un punto decisivo. Las ciudades concentran población, infraestructuras, consumo de recursos, residuos y decisiones políticas, de modo que no están fuera del problema ecológico, sino en su centro. La biodiversidad urbana y periurbana no es un lujo estético, sino parte de las condiciones materiales de la sostenibilidad: agua, suelo, regulación climática, conectividad ecológica, salud y habitabilidad.

Hasta aquí el planteo es muy fuerte.

El discurso sobre biodiversidad suele ser más avanzado que la transformación real del territorio. Es fácil celebrar que Ecuador sea megadiverso; mucho más difícil es revisar el modelo de urbanización, de extracción, de expansión productiva y de ocupación del suelo que sigue deteriorando esa misma riqueza. En otras palabras, la transición socioecológica se vuelve vacía si solo añade conservación al margen de un sistema territorial que continúa funcionando contra sus propios soportes ecológicos.

O sea que no basta con inventariar especies o declarar áreas protegidas.

No basta. Todo eso importa, pero es insuficiente si no se traduce en indicadores, gestión territorial, restauración, límites a la degradación, planificación urbana y nuevas formas de relación entre asentamientos humanos y ecosistemas. La sostenibilidad no se alcanza porque sepamos más sobre la biodiversidad, sino porque cambiemos las prácticas espaciales, productivas e institucionales que la están erosionando.

Entonces la cuestión de fondo no es solo conservar la naturaleza, sino aprender a habitar sin destruirla.

Y ahí está el verdadero desafío. Una transición socioecológica no consiste en reconciliar simbólicamente ciudad y naturaleza, sino en reorganizar la vida territorial para que los sistemas ecológicos sigan sosteniendo la vida humana sin quedar subordinados por completo a la lógica de explotación, consumo y crecimiento.


Bibliografía:
INEFAN. (1998). Biodiversidad del Ecuador. Recuperado de: https://www.cbd.int/doc/world/ec/ec-nr-01-es.pdf
Ministerio del Ambiente del Ecuador. (2017). Ecuador es el país más diverso en especies de anfibios. Recuperado de: https://www.ambiente.gob.ec/ecuador-es-el-pais-mas-diverso-en-especies-de-anfibios
Ministerio del Ambiente del Ecuador. (2021). Mapa de Ecosistemas del Ecuador Continental’ permite una gestión ambiental estratégica. Recuperado de: https://www.ambiente.gob.ec/mapa-de-ecosistemas-del-ecuador-continental-permite-una-gestion-ambiental-estrategica

PNUD. (2020). Ecuador restaurará áreas deforestadas y degradadas y promoverá la producción sostenible. Recuperado de: https://www.ec.undp.org/content/ecuador/es/home/presscenter/articles/2020/ecuador-restaurara-areas-deforestadas-y-degradadas-y-promovera-l.html
Torres, B. (2021). Deforestación en paisajes forestales del Ecuador. Recuperado de: https://www.amazoniasocioambiental.org/es/radar/encorto-tres-datos-para-entender-la-gravedad-de-la-deforestacion-en-ecuador
UNICEF. (2004). Nacionalidades y Pueblos Indígenas, y políticas interculturales en Ecuador: Una mirada desde la Educación. Recuperado de: http://www.mdgfund.org/sites/default/files/nacionalidades_y_pueblos_indigenas_web(1).pdf




10/01/2022

¿En qué consiste el concepto de Soluciones Basadas en la Naturaleza en el desarrollo urbano?

De seguro hay mucho que tenemos que aprender de la naturaleza.

Sí, pero conviene empezar con cuidado. Las Soluciones Basadas en la Naturaleza, o SbN, son acciones orientadas a proteger, restaurar o gestionar de manera sostenible ecosistemas y procesos naturales para responder a desafíos sociales y ambientales, entre ellos el cambio climático, la gestión del agua, la calidad del aire, la pérdida de biodiversidad y la habitabilidad urbana.

O sea que no se trata solo de parques y árboles.

Exactamente. Ese es el primer error que conviene evitar. Las SbN pueden incluir infraestructura verde y azul, restauración de ríos y humedales, corredores ecológicos, techos y fachadas verdes, sistemas de infiltración, suelos permeables, arbolado urbano o agricultura urbana, pero lo importante no es el objeto aislado, sino la lógica con la que se integran procesos ecológicos al desarrollo urbano.

Entonces su valor está en que la naturaleza deja de ser decoración.

Sí. En este enfoque, la naturaleza no aparece como ornamento ni como resto pintoresco dentro de la ciudad, sino como parte activa de su funcionamiento. Las SbN buscan que los ecosistemas urbanos y periurbanos vuelvan a producir servicios esenciales —regulación térmica, infiltración de agua, captura de contaminantes, soporte de biodiversidad, espacios de bienestar— que la urbanización intensiva ha deteriorado o interrumpido.

¿Y por eso se relacionan con el desarrollo urbano?

Claro. Se relacionan porque ofrecen una forma de enfrentar retos urbanos complejos sin depender exclusivamente de soluciones grises de ingeniería. En muchos casos, combinadas con infraestructura convencional, permiten aumentar resiliencia, reducir riesgos, generar co-beneficios sociales y ambientales y mejorar la calidad de vida urbana.

Hasta ahí suena muy convincente. ¿Dónde aparece la tensión?

Aparece cuando las SbN se convierten en una etiqueta demasiado cómoda. No toda intervención verde es una Solución Basada en la Naturaleza en sentido fuerte. Para que lo sea, no basta con incorporar vegetación; tiene que haber mejora ecológica real, beneficios sociales verificables, atención a la biodiversidad, gobernanza adecuada y una integración seria en la planificación urbana.

O sea que un proyecto puede verse muy “natural” y no ser tan transformador.

Ese es el problema. Muchas veces las SbN se usan como lenguaje atractivo para legitimar intervenciones urbanas sin discutir sus efectos territoriales, su mantenimiento, su financiamiento, ni quién accede realmente a sus beneficios. Incluso pueden terminar concentrándose en áreas valorizadas de la ciudad y reforzando desigualdades espaciales si no se las piensa desde la justicia urbana.

Entonces tampoco basta con decir que participa la ciudadanía y el gobierno.

No. La participación importa, pero no como fórmula vacía. Las SbN exigen coordinación entre ciudadanía, gobierno, actores técnicos, financistas y organizaciones sociales, pero su valor depende de si esa gobernanza logra sostener los proyectos en el tiempo, repartir beneficios, evitar exclusiones y hacer de la naturaleza un componente estructural del desarrollo urbano, no solo una imagen verde de buena voluntad.

Entonces la relación con el desarrollo urbano no es simplemente ambiental.

Exactamente. Las SbN interesan al desarrollo urbano porque obligan a repensar la relación entre ciudad, infraestructura, riesgo, bienestar y biodiversidad. Su mejor versión no consiste en “naturalizar” superficialmente la ciudad, sino en reconocer que una urbanización que destruye sistemáticamente sus soportes ecológicos termina erosionando también sus condiciones de habitabilidad.




Bibliografía:
Ozment, S., Gonzalez M., Schumacher A., Oliver E., Morales G., Gartner T., Silva M., Watson G. y Grünwaldt A. (2021). Soluciones basadas en la naturaleza en América Latina y el Caribe: situación regional y prioridades para el crecimiento. Recuperado de: http://dx.doi.org/10.18235/0003687

10/10/2021

¿Por qué importa evaluar políticas públicas en urbanismo?

Espera un momento, ¿Cómo que políticas públicas? Esto es un blog de urbanismo.

Precisamente por eso. El urbanismo no se agota en la forma física de la ciudad, porque también depende de decisiones públicas sobre vivienda, transporte, espacio público, infraestructuras, equipamientos, suelo y presupuesto. Las políticas públicas urbanas son parte del modo en que la ciudad se organiza, se transforma y distribuye sus recursos.

Es decir que una avenida, un parque o una red de transporte no son solo obras, sino resultados de decisiones previas.

Y si esas decisiones producen ciudad, entonces también deben ser evaluadas. La evaluación de políticas públicas no consiste solo en revisar si algo “se hizo”, sino en analizar si tenía sentido hacerlo, si se implementó como se prometió, si alcanzó sus objetivos y con qué costo.

¿Y esa evaluación ocurre solo al final?

No. Una política pública puede evaluarse antes de ejecutarse, durante su implementación y después de terminada. La evaluación ex ante examina el diseño, la lógica causal y la pertinencia de la intervención; la evaluación durante la implementación observa su marcha y sus ajustes; y la ex post analiza resultados e impactos, incluso los no previstos.

Entonces evaluar no es un trámite administrativo, sino una forma de pensar la política.

Exactamente. Y ahí entran los criterios clásicos que mencionas. En términos generales, la efectividad observa si la intervención produjo los efectos previstos en su implementación; la eficacia compara los objetivos con los resultados alcanzados; y la eficiencia examina la relación entre los recursos invertidos y los productos obtenidos. Además, puede evaluarse la pertinencia, es decir, si la política realmente responde al problema que dice abordar.

O sea que todo se relaciona, pero no es lo mismo.

No, y esa distinción importa mucho en urbanismo. Una política puede ser eficiente porque ejecuta rápido y con poco gasto, pero poco eficaz si no resuelve el problema urbano al que apuntaba. También puede ser eficaz en ciertos resultados visibles, pero impertinente si parte de un diagnóstico equivocado, o efectiva en algunos sectores y excluyente para otros.

Entonces una política urbana no debería juzgarse solo porque construyó algo.

Ese es uno de los errores más frecuentes. En ciudades marcadas por la urgencia de mostrar obra, se tiende a confundir ejecución con transformación. Pero una política urbana no vale únicamente por sus outputs —calles pavimentadas, estaciones construidas, metros de vereda, viviendas entregadas—, sino por sus outcomes e impactos: cómo cambia la vida cotidiana, quién se beneficia, quién queda fuera y si realmente modifica el problema público que justificó su existencia.

Hasta ahí todo parece bastante lógico.

Evaluar una política también implica definir qué cuenta como éxito, qué indicadores importan, quién produce la información y desde qué visión de ciudad se juzga una intervención. En urbanismo, eso es crucial, porque una misma política puede ser presentada como exitosa por su eficiencia financiera y al mismo tiempo ser criticable por profundizar desigualdades territoriales o sociales.

Entonces los criterios técnicos no bastan.

No bastan por sí solos. Son necesarios, pero insuficientes. La evaluación de una política pública urbana también debería preguntar por sus efectos distributivos, por su dimensión democrática, por la calidad de la participación y por las relaciones de poder que reproduce o transforma en la ciudad.

Y ahí entiendo mejor por qué esto sí pertenece al urbanismo.

Claro. El urbanismo no trata solo de proyectar objetos espaciales, sino de intervenir en procesos urbanos complejos donde actúan gobiernos, técnicos, actores privados y ciudadanía. Por eso las políticas públicas no son un tema externo al urbanismo: son uno de sus instrumentos más decisivos.

Entonces eso de que “las políticas públicas son teorías” habría que matizarlo.

Sí. Más que teorías puras, son hipótesis de intervención sobre la realidad. Proponen que si el Estado actúa de cierta manera, entonces un problema público podrá modificarse. La evaluación sirve justamente para poner a prueba esa promesa, no solo al final, sino a lo largo del proceso.

Entonces la crítica propia sería que evaluar no es solo medir cumplimiento.

Evaluar políticas públicas en urbanismo no debería reducirse a verificar si una obra se ejecutó en tiempo y forma. La cuestión más profunda es si esa política produjo una ciudad mejor, para quién, a qué costo y bajo qué idea de justicia urbana.



Bibliografía:
Subirats, J., Peter, K., Corinne, L., y Frédéric V. (2012). Análisis y gestión de políticas públicas. Recuperado de: https://igop.uab.cat/wp-content/uploads/2014/01/subirats2aparte1.pdf

10/09/2021

¿Qué relación tiene el desarrollo urbano con la ciudad del conocimiento?

Cuando escucho “desarrollo urbano”, me confundo un poco. ¿No están ya desarrolladas las ciudades, simplemente porque existen y crecen?

No exactamente. Que una ciudad crezca no significa que se desarrolle. El crecimiento puede traducirse en más población, más suelo urbanizado, más edificios y más infraestructuras; pero el desarrollo urbano implica otra cosa: la capacidad de una ciudad para mejorar las condiciones de vida de su población, distribuir oportunidades, sostener sus recursos y organizar de manera más justa su espacio.

Entonces desarrollo no es solo expansión.

Esa es la primera aclaración importante. Las ciudades no nacieron como hoy las conocemos: surgieron cuando ciertos grupos humanos dejaron el nomadismo, se asentaron, produjeron alimentos, organizaron intercambios y construyeron formas de gobierno. Con el tiempo, esos asentamientos se complejizaron, y siglos después la industrialización aceleró el crecimiento urbano de manera brutal, concentrando población, trabajo, infraestructura y también desigualdades.

O sea que la ciudad moderna creció mucho, pero también produjo problemas.

Sí. El crecimiento urbano acelerado no solo trajo concentración económica, sino también periferias precarias, largas distancias cotidianas, contaminación, segregación y desigual acceso a los servicios. Por eso hoy hablar de desarrollo urbano no puede significar simplemente “hacer la ciudad más grande”, sino pensar cómo hacerla más habitable, más equitativa, más accesible y más sostenible.

¿Y ahí entra la ciudad del conocimiento?

Sí, pero conviene aclarar de qué estamos hablando. La ciudad del conocimiento no es únicamente una ciudad con internet, sensores o plataformas digitales. Es una ciudad que usa información, innovación, formación, investigación y capacidades tecnológicas para mejorar su funcionamiento, gestionar mejor sus recursos y ampliar las oportunidades de su población.

Entonces se relaciona con el desarrollo urbano porque puede ayudar a resolver problemas de la ciudad.

Exactamente. En principio, la relación está ahí: una ciudad que produce y gestiona conocimiento puede optimizar movilidad, energía, agua, residuos, servicios públicos y planificación territorial. También puede anticipar riesgos, hacer más eficiente la administración y tomar decisiones mejor informadas. En ese sentido, el conocimiento aparece como un recurso estratégico para el desarrollo urbano contemporáneo.

Hasta ahí suena bastante bien. Pero siento que hay una trampa en esa idea.

Y la hay. El problema empieza cuando se confunde ciudad del conocimiento con ciudad tecnificada. No toda ciudad llena de datos, redes y dispositivos es una ciudad mejor. Una ciudad puede ser muy eficiente en su gestión digital y seguir siendo profundamente desigual en vivienda, espacio público, movilidad peatonal o acceso a servicios básicos.

O sea que la tecnología no garantiza justicia urbana.

Ese es el punto crítico. Muchas veces el discurso sobre ciudades inteligentes o del conocimiento promete eficiencia, innovación y competitividad, pero deja en segundo plano preguntas más incómodas: quién produce ese conocimiento, para quién se usa, qué problemas se priorizan y quiénes quedan fuera de sus beneficios. Si el conocimiento se reduce a información técnica o a oportunidad de inversión, la ciudad corre el riesgo de volverse más gestionable, pero no necesariamente más justa.

Entonces una ciudad del conocimiento también puede excluir.

Sí. Puede hacerlo si concentra innovación en ciertos sectores, si fortalece solo áreas rentables, si deja fuera a quienes no tienen acceso a conectividad, educación o alfabetización digital, o si reemplaza la discusión política sobre la ciudad por una fe excesiva en la gestión tecnocrática. En ese caso, el conocimiento deja de ser un bien colectivo y se convierte en un nuevo filtro de desigualdad.

Entonces la relación entre desarrollo urbano y ciudad del conocimiento no es automática.

Puede haber relación, pero no equivalencia. El conocimiento puede contribuir al desarrollo urbano cuando mejora la vida cotidiana, amplía derechos, redistribuye oportunidades y ayuda a construir ciudades más sostenibles y democráticas. Pero cuando se usa solo para optimizar consumos, atraer capital o producir imágenes de modernidad, sin tocar las desigualdades estructurales, su aporte es mucho más limitado de lo que promete.

Entonces no basta con decir que vivimos en la era de la información.

No. La cuestión de fondo no es si la ciudad tiene más tecnología, sino qué proyecto urbano guía el uso de ese conocimiento. La ciudad del conocimiento solo aporta al desarrollo urbano cuando el conocimiento se orienta al bien común y no se limita a hacer más eficiente una ciudad que sigue siendo injusta.



Bibliografía:
Fernández, D. (2017). Factores de Desarrollo de las ciudades inteligentes. Recuperado de: https://www.redalyc.org/journal/3832/383252125007
Banco Mundial. (2020). Panorama General del Desarrollo Urbano .Recuperado de: https://www.bancomundial.org/es/topic/urbandevelopment

10/08/2021

¿Qué ideas de sostenibilidad contiene realmente una ciudad sostenible?

Cuando se habla de ciudad sostenible, la expresión suena correcta, nadie parece estar en contra. Pero justamente por eso me interesa empezar por lo más básico: ¿Qué significa en realidad sostenibilidad?

Conviene empezar por ahí. En su acepción más difundida, la sostenibilidad remite a la capacidad de mantener procesos, bienes o formas de vida a lo largo del tiempo sin agotar los recursos ni producir daños graves al entorno, y en el campo urbano esa idea se vincula con la posibilidad de garantizar calidad de vida presente sin comprometer las condiciones de las generaciones futuras.

Entonces una ciudad sostenible no sería solo una ciudad “verde”.

Exactamente. Ese es el primer malentendido que hay que despejar. La sostenibilidad urbana no se reduce a poner árboles, incorporar tecnologías limpias o bajar consumos energéticos, aunque todo eso importe; también implica equidad, acceso a servicios, calidad del espacio urbano, redistribución de recursos, habitabilidad y capacidad colectiva para sostener la vida urbana en el tiempo.

Y eso se vuelve especialmente urgente porque las ciudades concentran una parte enorme del problema.

Sí. Las ciudades ocupan apenas el 3% de la superficie terrestre, pero concentran entre el 60% y el 80% del consumo energético y alrededor del 75% de las emisiones de carbono, de modo que cualquier discusión seria sobre sostenibilidad pasa inevitablemente por transformar la forma en que construimos y gestionamos el espacio urbano.

Entonces, cuando Verdaguer habla de sostenibilidad urbana, ¿Qué es lo que pone en el centro?

Verdaguer insiste en que el concepto solo sirve si se lo dota de contenido riguroso y no se lo deja caer en formulaciones vacías. Desde ahí propone, como principios generales de sostenibilidad, el bienestar humano ligado a la equidad y la solidaridad, el carácter relacional de todos los procesos, la prevención, la desmaterialización de procesos mediante información y coordinación, la consideración de los ciclos completos, la sinergia, la subsidiariedad y la participación.

O sea que la sostenibilidad no es un principio único, sino una constelación de criterios.

Sí, y esa precisión es importante. En Verdaguer no aparece como una receta cerrada, sino como una articulación de principios que obligan a pensar al mismo tiempo recursos, territorio, escalas, conflictos y actores. Por eso insiste en que una intervención será más sostenible cuanto más logre aproximarse a procesos cíclicos, anticipar impactos, coordinar conocimientos distintos y resolver varios problemas a la vez.

¿Y cómo se traduce eso específicamente a la ciudad?

En el plano urbano, Verdaguer sintetiza esos criterios en varias nociones muy concretas: conservación de recursos energéticos y materiales, reequilibrio entre naturaleza y ciudad, redistribución de recursos y servicios en el territorio, desarrollo local, habitabilidad y cohesión social. Además, subraya que ninguna intervención puede considerarse realmente sostenible si mejora un aspecto aislado pero empeora otros o si produce beneficios locales a costa de impactos globales.

Hasta ahí todo parece muy consistente. Pero también demasiado consensual. ¿Dónde empieza el problema?

Empieza justamente en el éxito del término. Verdaguer advierte que la sostenibilidad se ha generalizado tanto que corre el riesgo de vaciarse de contenido, de convertirse en una palabra adaptable a cualquier discurso urbano, incluso a operaciones que mantienen intactas las lógicas de expansión, consumo excesivo y desigualdad.

O sea que no basta con decir “ciudad sostenible”; hay que ver qué se está sosteniendo realmente.

Exactamente. Ese es el giro crítico del texto. Una ciudad puede presentarse como sostenible porque recicla, porque tiene un parque o porque incorpora tecnologías eficientes, y sin embargo seguir expandiendo la mancha urbana, reforzando dependencias del automóvil, desplazando población o distribuyendo de forma profundamente desigual los costos y beneficios ambientales. Por eso Verdaguer recomienda no quedarse atrapado en el debate de las etiquetas y discutir más bien los contenidos concretos de cada propuesta.

Ahí la sostenibilidad deja de ser una imagen amable y se vuelve un campo de disputa.

Sí, porque obliga a preguntar quién gana, quién pierde, qué recursos se preservan, qué escalas se afectan y qué tipo de ciudad se está promoviendo. En ese sentido, una definición seria de ciudad sostenible incorpora participación, información compartida, seguimiento en el tiempo y capacidad de corrección, no solo metas ambientales abstractas.

Y por eso aparece también la compacidad.

Sí, pero no como dogma morfológico, sino como respuesta a una tensión concreta. Verdaguer vincula la sostenibilidad urbana con barrios densos, mezcla de usos, prioridad peatonal, ciclista y de transporte público, y freno a la extensión incontrolada de lo urbano, precisamente porque entiende que muchas veces el discurso ambiental se usa para justificar nuevos crecimientos dispersos en vez de regenerar lo ya construido.

Entonces la crítica propia que deja este tema no sería “hay que ser sostenibles”, sino algo más incómodo.

La cuestión no es adherirse a la sostenibilidad como consigna, sino exigirle contenido. Si una definición de ciudad sostenible no incorpora equidad, redistribución, participación, habitabilidad, límites a la expansión y revisión crítica de sus impactos territoriales, puede funcionar más como retórica legitimadora que como verdadera transformación urbana.

Bibliografía:
Verdaguer, C. (2000). De la sostenibilidad a los ecobarrios. Documentación Social. Revista de estudios sociales y sociología aplicada, (119), 59-78. Recuperado de: http://oa.upm.es/5827/1/De_la_sostenibilidad_a_los_ecobarrios.pdf