10/03/2022

La ciudad paseable de Pozueta, Lamíquiz y Porto: una conversación sobre movilidad, cuerpo y urbanidad

Ahora me pregunto, ¿cuál es la forma más sostenible de movilizarse por una ciudad?

La más básica y, al mismo tiempo, una de las más olvidadas: desplazarse por medios no motorizados, empezando por caminar. Y cuando caminar no es posible en sentido estricto, entran también otros modos de movilidad corporal asistida, como la silla de ruedas o distintos apoyos que permiten recorrer la ciudad de manera autónoma o acompañada.

Entonces la ciudad paseable no se refiere solo al peatón estándar.

Ese es un punto clave. Una ciudad paseable no es solo aquella donde se puede ir a pie, sino aquella donde el espacio urbano está pensado a escala humana, para que desplazarse sin automóvil sea posible, seguro, cómodo, continuo y digno para cuerpos distintos, velocidades distintas y necesidades distintas.

Y ahí supongo que caminar tiene muchas ventajas.

Sí. Caminar reduce la dependencia de combustibles fósiles, disminuye emisiones y ruido, y además aporta beneficios directos a la salud, al reducir el sedentarismo y favorecer una relación más activa con el cuerpo. También tiene otra virtud menos cuantificable: permite una experiencia sensorial y social de la ciudad que desaparece cuando el desplazamiento se reduce a atravesarla encerrados en un vehículo.

Entonces parecería obvio que deberíamos construir ciudades para caminar.

Parecería, pero ahí aparece la tensión. Durante décadas, muchas ciudades se han organizado desde la lógica de la circulación motorizada: más calzada, más velocidad, más distancia, más fragmentación. En ese modelo, el peatón no desaparece del todo, pero queda relegado a sobras espaciales, cruces incómodos, veredas estrechas, recorridos inseguros o tiempos urbanos pensados para otros.

O sea que el problema no es que caminar sea poco útil, sino que la ciudad ha sido diseñada contra esa posibilidad.

Exactamente. Y esa es la crítica más fuerte que puede abrir la idea de ciudad paseable. No basta con recomendar que la gente camine más, porque el problema no es moral ni individual. Una ciudad no se vuelve paseable por el deseo abstracto de hábitos saludables, sino cuando su forma urbana, sus distancias, sus mezclas de uso, su espacio público y sus prioridades de movilidad hacen viable ese desplazamiento cotidiano.

Entonces la ciudad paseable también cuestiona una idea de modernidad.

Sí. Cuestiona la modernidad urbana que confundió progreso con velocidad, y eficiencia con circulación automotriz. Frente a eso, la ciudad paseable recuerda algo elemental: movernos no es solo llegar rápido, sino habitar el trayecto, encontrarnos con otros, percibir el entorno y sostener una relación menos destructiva con la ciudad y con el planeta.

Entonces caminar no es solo un medio de transporte.

No. Caminar es también una forma de experiencia urbana y una medida del tipo de ciudad que hemos construido. Cuando una ciudad no puede recorrerse a pie —o en movilidad asistida— de manera razonable, lo que queda en evidencia no es una carencia del peatón, sino una falla profunda del propio modelo urbano.

Comprendo, es decir que la ciudad paseable no se limita a elogiar los beneficios de caminar; pone en cuestión un urbanismo que sigue midiendo la ciudad desde la velocidad del automóvil y no desde la experiencia del cuerpo que la recorre.


Bibliografía (APA):
Pozueta, J., Lamíquiz, F., Porto, M. (2013). La ciudad paseable. Recuperado de: https://urbanitasite.files.wordpress.com/2020/01/pozueta-lamiquiz-y-porto-la-ciudad-paseable.pdf