Dentro de la arquitectura moderna aparece algo llamado teoría de los soportes, asociada a Habraken. Siempre se la resume como “el arquitecto hace la estructura y el usuario decide el interior”, pero suena demasiado simple. ¿Qué estaba realmente en juego?
Tu intuición es correcta: si lo reducimos a “estructura vs. interior” perdemos el filo crítico de la propuesta. Habraken parte de una pregunta incómoda para la arquitectura moderna de vivienda: ¿quién controla el entorno construido y en qué nivel de decisión? La teoría de los soportes no es solo una solución técnica, sino una crítica a la idea de que el arquitecto, el Estado o el promotor pueden definirlo todo, dejando al habitante en el rol pasivo de mero ocupante.
¿Y ese cuestionamiento aparece directamente ligado a la posguerra y la vivienda masiva?
Sí, pero conviene precisar el contexto. En los años sesenta, buena parte de Europa estaba todavía marcada por procesos de reconstrucción y por la necesidad de producir vivienda en grandes cantidades y en poco tiempo. La respuesta dominante había sido la vivienda en serie, fuertemente estandarizada, en la que el usuario recibía un producto terminado, sin margen real de transformación. Habraken observa que esa lógica industrial sacrifica algo fundamental: la capacidad del habitante de apropiarse del espacio y adaptarlo a sus formas de vida.
O sea, el problema no es solo estético ni de repetición formal, sino de poder: quién decide y quién puede cambiar la vivienda.
Exactamente. Por eso la distinción entre “soporte” y “relleno” —o entre estructura y unidades de decisión del usuario— va más allá de una división constructiva. El soporte reúne las decisiones de largo plazo: estructura portante, circulación vertical, envolvente básica, infraestructura común. Sobre esa base, el habitante debería poder intervenir, modificar, combinar, subdividir o incluso reconfigurar partes de su vivienda a lo largo del tiempo.
Pero en tu explicación no parece que el arquitecto desaparezca, más bien cambia de papel.
Ese es un punto clave. Habraken no propone que el arquitecto renuncie al proyecto, sino que asuma otro tipo de responsabilidad. En lugar de diseñar viviendas cerradas, diseña sistemas abiertos: define marcos, niveles de decisión, reglas de juego. Podría decirse que desplaza la creatividad desde el objeto terminado hacia la capacidad del sistema para admitir variaciones y apropiaciones posteriores.
En tu primera versión para el blog, mencionabas que “el diseñador toma las decisiones estructurales y de circulación, y el habitante las espaciales” y lo dejabas ahí. Ahora parece que falta algo más: ¿qué pasa con el tiempo?
Falta justamente la dimensión temporal. La teoría de los soportes entiende la vivienda como proceso, no como estado final. El habitar se concibe como una secuencia de acciones y transformaciones: cambios de composición familiar, de usos, de economía doméstica, de accesibilidad. Si el edificio no admite esa variación, tarde o temprano se vuelve rígido frente a la vida. Por eso la teoría insiste en que las decisiones de diseño no pueden clausurar todas las posibilidades de cambio.
¿Y qué relación tiene esto con la crítica más general a la arquitectura moderna que se hacía en esos años?
Tiene una afinidad clara con varias críticas contemporáneas, pero con un foco específico. Mientras otras corrientes cuestionaban la relación entre forma y ciudad, o entre zonificación y vida urbana, Habraken se concentra en la unidad básica de la vivienda y en cómo se produce. Su pregunta es: ¿es posible una vivienda colectiva que reconozca la diversidad de modos de habitar sin renunciar a cierto orden constructivo? La teoría de los soportes responde que sí, siempre que se distingan niveles de decisión y se reconozca que el usuario no es un “destinatario” sino un agente.
La frase “el acto de habitar es una necesidad humana que transforma el espacio en posesión particular”. ¿No corre el riesgo de sonar demasiado romántica?
Lo corría, sobre todo si se la dejaba sin desarrollar. Lo interesante de Habraken no es decir que habitar es “algo muy humano” —eso sería trivial—, sino mostrar que el acto de habitar implica apropiación y transformación. El espacio solo se vuelve verdaderamente vivienda cuando permite que sus habitantes inscriban en él sus propias lógicas de uso, sus ritmos y sus cambios. En ese sentido, la “posesión” no se reduce a propiedad jurídica, sino a capacidad efectiva de intervenir en el entorno.
Me gusta esa idea, pero me surge una objeción: ¿hasta dónde se puede abrir el diseño sin comprometer la integridad del edificio o sin encarecerlo demasiado?
Esa es una de las objeciones más fuertes que recibió la teoría, y también uno de sus méritos: obliga a pensar el límite. La propuesta nunca fue “todo es libre”; por eso insiste en la separación entre soporte y relleno. El soporte concentra aquello que, por razones estructurales, técnicas o urbanas, no puede modificarse fácilmente. El resto debería tener un grado de indeterminación mayor. La discusión contemporánea sobre vivienda adaptable, por ejemplo, sigue lidiando con esa tensión entre apertura y viabilidad.
Entonces no se trata de dejar que cada habitante haga lo que quiera, sino de diseñar estructuras que anticipen la posibilidad de cambio.
Exacto. Hablar de soportes no es renunciar al orden, sino redefinirlo. En lugar de imponer una configuración única, el proyecto establece un marco que, aun siendo firme, admite múltiples configuraciones posibles. Esa idea ha influido en muchas propuestas posteriores de vivienda incremental, ampliable o transformable, incluso cuando no se menciona directamente a Habraken.
Y en el contexto actual de vivienda, ¿por qué seguir leyendo esta teoría?
Porque varios de los problemas que la originaron siguen vigentes, aunque se presenten con otros nombres: producción masiva de conjuntos homogéneos, poca capacidad de adaptación de la vivienda colectiva, separación radical entre quienes la diseñan y quienes la habitan. La teoría de los soportes ofrece una herramienta conceptual para discutir hasta qué punto los proyectos contemporáneos incorporan el tiempo, la diversidad de modos de vida y la capacidad de decisión de los habitantes, o si siguen entendiendo la vivienda como producto cerrado.
Entonces la pregunta que deja abierta no es solo “cómo diseñar soportes”, sino “cómo distribuir el poder de decidir en la vivienda”.
Exactamente. Esa es, en el fondo, la cuestión política que recorre la propuesta. La teoría de los soportes obliga a la arquitectura a mirar más allá del momento de la entrega de llaves y preguntarse quién podrá seguir transformando el lugar, bajo qué reglas y con qué límites. Cuando el diseño se concibe como sistema abierto, el habitar deja de ser un mero uso y se vuelve, otra vez, un acto productivo.
Ahora sí siento que la teoría aparece menos como curiosidad histórica y más como un instrumento para pensar la vivienda que queremos hoy.
Ese debería ser el propósito de recuperarla: no repetir su vocabulario, sino usarla como lente para interrogar la manera en que seguimos produciendo vivienda colectiva y la medida en que permitimos —o no— que quienes la habitan puedan realmente apropiársela y transformarla.
Bibliografía:
Habraken, N. (2000). El diseño de soportes. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=300231
