10/08/2022

La ciudad compacta: una conversación sobre proximidad, densidad y sostenibilidad

Hace varios meses que esperaba esa explicación sobre la compacidad.

Y con razón, porque es una idea central en muchos debates sobre sostenibilidad urbana. La ciudad compacta aparece como un modelo que busca reducir dispersión, acortar distancias, favorecer la mezcla de usos, fortalecer el espacio público y hacer más eficiente el funcionamiento urbano.

O sea que no se trata solo de meter más gente en menos espacio.

Ese es el primer error que conviene evitar. La compacidad no es hacinamiento ni simple acumulación de edificios; es una forma de organización urbana donde vivienda, trabajo, comercio, equipamientos y servicios mantienen relaciones de proximidad que hacen posible una vida menos dependiente del automóvil y más apoyada en la convivencia cotidiana.

Entonces, cuando se critica a la ciudad dispersa, ¿se la critica por su baja densidad?

Sí, pero no solo por eso. Se la critica porque suele fragmentar el territorio, alargar recorridos, encarecer infraestructuras y reforzar la dependencia del vehículo privado. Cuando las actividades urbanas quedan demasiado separadas, la vida cotidiana se vuelve más costosa en tiempo, energía y recursos, y eso tiene consecuencias sociales y ambientales.

Ahí entiendo mejor por qué la ciudad compacta se presenta como una alternativa sostenible.

Claro. En esa discusión aparecen ideas como las de Rueda: compacidad, complejidad, eficiencia, integración socioespacial y verde urbano. La propuesta no es solo aumentar densidad, sino articular proximidad, diversidad funcional, uso responsable de recursos, mezcla social y presencia de naturaleza en la ciudad.

Entonces suena bastante convincente. ¿Dónde aparece la tensión?

Aparece cuando la ciudad compacta se convierte en consigna. Porque densificar no siempre mejora la ciudad. Una ciudad puede volverse más densa y seguir siendo excluyente, especulativa, cara, desigual o carente de espacio público de calidad. Si la compacidad se reduce a una operación inmobiliaria, deja de ser proyecto urbano y se vuelve simplemente intensificación del suelo.

O sea que una ciudad compacta también puede producir problemas.

Puede hacerlo si concentra población sin ampliar equipamientos, si reduce áreas libres sin mejorar el espacio público, si mezcla usos solo para ciertos sectores sociales o si convierte la proximidad en privilegio de unos pocos. La compacidad solo tiene sentido como ideal urbano cuando se combina con accesibilidad, justicia espacial, servicios suficientes, vegetación y posibilidad real de encuentro entre grupos diversos.

Entonces el problema no es solo cuánta ciudad hay, sino qué tipo de ciudad se compacta.

Exactamente. Esa es la pregunta importante. No toda densidad produce urbanidad, ni toda cercanía produce convivencia. La ciudad compacta vale como horizonte cuando logra sostener vida colectiva, reducir dependencias materiales y energéticas, y ofrecer condiciones urbanas más equitativas.

Entonces tampoco bastaría con repetir que el bien común debe prevalecer sobre el particular.

No basta con repetirlo; hay que materializarlo. La ciudad compacta solo deja de ser una consigna cuando la proximidad, la mezcla de usos, la integración social y el verde urbano se convierten en condiciones efectivas de la vida cotidiana y no en argumentos abstractos de sostenibilidad.

Bibliografía:
Alarcon, J. (2020). The compact city and the dispersed city: An approach from the perspectives of coexistence and sustainability. Recuperado de: http://scielo.senescyt.gob.ec/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2528-79072020000200001#B24
Glaeser, E. (2011). El Triunfo de las ciudades. Madrid, España: Penguin Random House Grupo Editorial. S.A.U.
Rueda, S. (2005). Un nuevo urbanismo para una ciudad más sostenible, I Encuentro de Redes de Desarrollo Sostenible y de Lucha contra el Cambio Climático. Victoria, Gasteiz.