10/09/2022

Una conversación sobre la muerte de la arquitectura moderna y una pregunta incómoda, ¿murió por su forma o por la arrogancia de creer que podía ordenar la vida social desde arriba?

¿Cómo que la arquitectura moderna murió?

Esa es una de las frases más famosas de la crítica arquitectónica, cuando comenzaron las demoliciones del conjunto de vivienda Pruitt-Igoe en 1972. La frase es potente, pero también simplificadora.

O sea que no se trata de una muerte literal, sino simbólica.

Exactamente. Pruitt-Igoe se convirtió en símbolo del fracaso de ciertas promesas del movimiento moderno: orden racional, vivienda colectiva estandarizada, zonificación funcional y confianza en que una nueva forma urbana podía corregir los males de la pobreza y del deterioro urbano. Su demolición fue leída como la prueba de que ese paradigma había llegado a un límite.

Y ahí entra también la Carta de Atenas y toda esa idea de dividir la ciudad por funciones.

Sí. La modernidad urbana más ortodoxa apostó por separar habitar, trabajar, circular y recrearse, y por organizar la ciudad según criterios funcionales y abstractos. El problema es que esa claridad técnica muchas veces ignoró la complejidad de la vida urbana real: la mezcla de usos, la densidad de relaciones sociales, los vínculos de barrio, la memoria cotidiana y la capacidad de apropiación de los habitantes.

Entonces el fracaso no fue solo formal.

Ese es el primer matiz importante. Sería demasiado fácil culpar únicamente a la geometría, a la supresión del ornamento o al bloque repetido. En Pruitt-Igoe confluyeron diseño arquitectónico, recortes presupuestarios, políticas públicas deficientes, segregación racial, pobreza urbana, mala gestión y abandono institucional.

O sea que usar Pruitt-Igoe como prueba absoluta contra la arquitectura moderna puede ser engañoso.

Sí. Y ahí está la tensión más interesante. El mito de “la muerte de la arquitectura moderna” fue útil para cuestionar el dogmatismo moderno, pero también simplificó el problema al convertir un fracaso histórico complejo en una condena casi total del proyecto moderno. Si todo se explica por la arquitectura, desaparecen del análisis las estructuras sociales y políticas que también produjeron el desastre.

Pero aun así algo sí fracasó en ese modelo.

Sin duda. Fracasó, sobre todo, la confianza excesiva en que la forma correcta podía producir automáticamente una sociedad mejor. Fracasó la reducción de la ciudad a esquema funcional, la idea de que el habitante podía adaptarse sin conflicto a soluciones estandarizadas, y la pretensión de pensar la vivienda como objeto repetible más que como soporte de vidas diversas.

Entonces el problema fue negar al individuo, pero también negar la ciudad real.

No solo se dejó de lado al individuo en abstracto, sino a la ciudad como sistema social complejo. La escala del planeamiento moderno, muchas veces pensada desde la claridad del plano y no desde la experiencia cotidiana, tendió a producir distancia entre la organización técnica del espacio y las formas reales de habitarlo.

¿Y qué sigue después de esa muerte simbólica?

Esa pregunta importa, pero no como simple sucesión de estilos. Lo importante no es repetir que vino la posmodernidad y ya está, sino preguntarse qué aprendimos de ese colapso. Y ahí la lección más fuerte sigue vigente: no podemos seguir proyectando vivienda y ciudad como si las personas fueran unidades abstractas, idénticas y previsibles.

Entonces el presente exige otra forma de pensar la vivienda.

Sí. Hoy la discusión más fértil no pasa por declarar muertos a unos y victoriosos a otros, sino por asumir que la vivienda debe responder a hogares diversos, cambios en el tiempo, condiciones climáticas, contextos sociales y necesidades reales de adaptación. En ese sentido, lo verdaderamente superado no es la modernidad como estética, sino la ilusión de que la complejidad urbana puede resolverse con soluciones universales impuestas desde arriba.

Bien, Pruitt-Igoe no demuestra simplemente que la arquitectura moderna “murió”, sino que fracasó la pretensión de resolver la vida social mediante una forma urbana abstracta, estandarizada y políticamente ciega.


Bibliografía:
Pujades Arquitectura, (2012). La muerte de la Arquitectura moderna. Recuperado de: https://www.pujadesarquitectura.com/arquitectura-moderna
Hernández, A. (2015). El día que murió la arquitectura moderna. Recuperado de: https://arquine.com/el-dia-que-murio-la-arquitectura-moderna
Ferre, A. (2005). Podcast Teoría de la Arquitectura, . Recuperado de: Spotify