10/09/2021

¿Qué relación tiene el desarrollo urbano con la ciudad del conocimiento?

Cuando escucho “desarrollo urbano”, me confundo un poco. ¿No están ya desarrolladas las ciudades, simplemente porque existen y crecen?

No exactamente. Que una ciudad crezca no significa que se desarrolle. El crecimiento puede traducirse en más población, más suelo urbanizado, más edificios y más infraestructuras; pero el desarrollo urbano implica otra cosa: la capacidad de una ciudad para mejorar las condiciones de vida de su población, distribuir oportunidades, sostener sus recursos y organizar de manera más justa su espacio.

Entonces desarrollo no es solo expansión.

Esa es la primera aclaración importante. Las ciudades no nacieron como hoy las conocemos: surgieron cuando ciertos grupos humanos dejaron el nomadismo, se asentaron, produjeron alimentos, organizaron intercambios y construyeron formas de gobierno. Con el tiempo, esos asentamientos se complejizaron, y siglos después la industrialización aceleró el crecimiento urbano de manera brutal, concentrando población, trabajo, infraestructura y también desigualdades.

O sea que la ciudad moderna creció mucho, pero también produjo problemas.

Sí. El crecimiento urbano acelerado no solo trajo concentración económica, sino también periferias precarias, largas distancias cotidianas, contaminación, segregación y desigual acceso a los servicios. Por eso hoy hablar de desarrollo urbano no puede significar simplemente “hacer la ciudad más grande”, sino pensar cómo hacerla más habitable, más equitativa, más accesible y más sostenible.

¿Y ahí entra la ciudad del conocimiento?

Sí, pero conviene aclarar de qué estamos hablando. La ciudad del conocimiento no es únicamente una ciudad con internet, sensores o plataformas digitales. Es una ciudad que usa información, innovación, formación, investigación y capacidades tecnológicas para mejorar su funcionamiento, gestionar mejor sus recursos y ampliar las oportunidades de su población.

Entonces se relaciona con el desarrollo urbano porque puede ayudar a resolver problemas de la ciudad.

Exactamente. En principio, la relación está ahí: una ciudad que produce y gestiona conocimiento puede optimizar movilidad, energía, agua, residuos, servicios públicos y planificación territorial. También puede anticipar riesgos, hacer más eficiente la administración y tomar decisiones mejor informadas. En ese sentido, el conocimiento aparece como un recurso estratégico para el desarrollo urbano contemporáneo.

Hasta ahí suena bastante bien. Pero siento que hay una trampa en esa idea.

Y la hay. El problema empieza cuando se confunde ciudad del conocimiento con ciudad tecnificada. No toda ciudad llena de datos, redes y dispositivos es una ciudad mejor. Una ciudad puede ser muy eficiente en su gestión digital y seguir siendo profundamente desigual en vivienda, espacio público, movilidad peatonal o acceso a servicios básicos.

O sea que la tecnología no garantiza justicia urbana.

Ese es el punto crítico. Muchas veces el discurso sobre ciudades inteligentes o del conocimiento promete eficiencia, innovación y competitividad, pero deja en segundo plano preguntas más incómodas: quién produce ese conocimiento, para quién se usa, qué problemas se priorizan y quiénes quedan fuera de sus beneficios. Si el conocimiento se reduce a información técnica o a oportunidad de inversión, la ciudad corre el riesgo de volverse más gestionable, pero no necesariamente más justa.

Entonces una ciudad del conocimiento también puede excluir.

Sí. Puede hacerlo si concentra innovación en ciertos sectores, si fortalece solo áreas rentables, si deja fuera a quienes no tienen acceso a conectividad, educación o alfabetización digital, o si reemplaza la discusión política sobre la ciudad por una fe excesiva en la gestión tecnocrática. En ese caso, el conocimiento deja de ser un bien colectivo y se convierte en un nuevo filtro de desigualdad.

Entonces la relación entre desarrollo urbano y ciudad del conocimiento no es automática.

Puede haber relación, pero no equivalencia. El conocimiento puede contribuir al desarrollo urbano cuando mejora la vida cotidiana, amplía derechos, redistribuye oportunidades y ayuda a construir ciudades más sostenibles y democráticas. Pero cuando se usa solo para optimizar consumos, atraer capital o producir imágenes de modernidad, sin tocar las desigualdades estructurales, su aporte es mucho más limitado de lo que promete.

Entonces no basta con decir que vivimos en la era de la información.

No. La cuestión de fondo no es si la ciudad tiene más tecnología, sino qué proyecto urbano guía el uso de ese conocimiento. La ciudad del conocimiento solo aporta al desarrollo urbano cuando el conocimiento se orienta al bien común y no se limita a hacer más eficiente una ciudad que sigue siendo injusta.



Bibliografía:
Fernández, D. (2017). Factores de Desarrollo de las ciudades inteligentes. Recuperado de: https://www.redalyc.org/journal/3832/383252125007
Banco Mundial. (2020). Panorama General del Desarrollo Urbano .Recuperado de: https://www.bancomundial.org/es/topic/urbandevelopment

10/08/2021

¿Qué ideas de sostenibilidad contiene realmente una ciudad sostenible?

Cuando se habla de ciudad sostenible, la expresión suena correcta, nadie parece estar en contra. Pero justamente por eso me interesa empezar por lo más básico: ¿Qué significa en realidad sostenibilidad?

Conviene empezar por ahí. En su acepción más difundida, la sostenibilidad remite a la capacidad de mantener procesos, bienes o formas de vida a lo largo del tiempo sin agotar los recursos ni producir daños graves al entorno, y en el campo urbano esa idea se vincula con la posibilidad de garantizar calidad de vida presente sin comprometer las condiciones de las generaciones futuras.

Entonces una ciudad sostenible no sería solo una ciudad “verde”.

Exactamente. Ese es el primer malentendido que hay que despejar. La sostenibilidad urbana no se reduce a poner árboles, incorporar tecnologías limpias o bajar consumos energéticos, aunque todo eso importe; también implica equidad, acceso a servicios, calidad del espacio urbano, redistribución de recursos, habitabilidad y capacidad colectiva para sostener la vida urbana en el tiempo.

Y eso se vuelve especialmente urgente porque las ciudades concentran una parte enorme del problema.

Sí. Las ciudades ocupan apenas el 3% de la superficie terrestre, pero concentran entre el 60% y el 80% del consumo energético y alrededor del 75% de las emisiones de carbono, de modo que cualquier discusión seria sobre sostenibilidad pasa inevitablemente por transformar la forma en que construimos y gestionamos el espacio urbano.

Entonces, cuando Verdaguer habla de sostenibilidad urbana, ¿Qué es lo que pone en el centro?

Verdaguer insiste en que el concepto solo sirve si se lo dota de contenido riguroso y no se lo deja caer en formulaciones vacías. Desde ahí propone, como principios generales de sostenibilidad, el bienestar humano ligado a la equidad y la solidaridad, el carácter relacional de todos los procesos, la prevención, la desmaterialización de procesos mediante información y coordinación, la consideración de los ciclos completos, la sinergia, la subsidiariedad y la participación.

O sea que la sostenibilidad no es un principio único, sino una constelación de criterios.

Sí, y esa precisión es importante. En Verdaguer no aparece como una receta cerrada, sino como una articulación de principios que obligan a pensar al mismo tiempo recursos, territorio, escalas, conflictos y actores. Por eso insiste en que una intervención será más sostenible cuanto más logre aproximarse a procesos cíclicos, anticipar impactos, coordinar conocimientos distintos y resolver varios problemas a la vez.

¿Y cómo se traduce eso específicamente a la ciudad?

En el plano urbano, Verdaguer sintetiza esos criterios en varias nociones muy concretas: conservación de recursos energéticos y materiales, reequilibrio entre naturaleza y ciudad, redistribución de recursos y servicios en el territorio, desarrollo local, habitabilidad y cohesión social. Además, subraya que ninguna intervención puede considerarse realmente sostenible si mejora un aspecto aislado pero empeora otros o si produce beneficios locales a costa de impactos globales.

Hasta ahí todo parece muy consistente. Pero también demasiado consensual. ¿Dónde empieza el problema?

Empieza justamente en el éxito del término. Verdaguer advierte que la sostenibilidad se ha generalizado tanto que corre el riesgo de vaciarse de contenido, de convertirse en una palabra adaptable a cualquier discurso urbano, incluso a operaciones que mantienen intactas las lógicas de expansión, consumo excesivo y desigualdad.

O sea que no basta con decir “ciudad sostenible”; hay que ver qué se está sosteniendo realmente.

Exactamente. Ese es el giro crítico del texto. Una ciudad puede presentarse como sostenible porque recicla, porque tiene un parque o porque incorpora tecnologías eficientes, y sin embargo seguir expandiendo la mancha urbana, reforzando dependencias del automóvil, desplazando población o distribuyendo de forma profundamente desigual los costos y beneficios ambientales. Por eso Verdaguer recomienda no quedarse atrapado en el debate de las etiquetas y discutir más bien los contenidos concretos de cada propuesta.

Ahí la sostenibilidad deja de ser una imagen amable y se vuelve un campo de disputa.

Sí, porque obliga a preguntar quién gana, quién pierde, qué recursos se preservan, qué escalas se afectan y qué tipo de ciudad se está promoviendo. En ese sentido, una definición seria de ciudad sostenible incorpora participación, información compartida, seguimiento en el tiempo y capacidad de corrección, no solo metas ambientales abstractas.

Y por eso aparece también la compacidad.

Sí, pero no como dogma morfológico, sino como respuesta a una tensión concreta. Verdaguer vincula la sostenibilidad urbana con barrios densos, mezcla de usos, prioridad peatonal, ciclista y de transporte público, y freno a la extensión incontrolada de lo urbano, precisamente porque entiende que muchas veces el discurso ambiental se usa para justificar nuevos crecimientos dispersos en vez de regenerar lo ya construido.

Entonces la crítica propia que deja este tema no sería “hay que ser sostenibles”, sino algo más incómodo.

La cuestión no es adherirse a la sostenibilidad como consigna, sino exigirle contenido. Si una definición de ciudad sostenible no incorpora equidad, redistribución, participación, habitabilidad, límites a la expansión y revisión crítica de sus impactos territoriales, puede funcionar más como retórica legitimadora que como verdadera transformación urbana.

Bibliografía:
Verdaguer, C. (2000). De la sostenibilidad a los ecobarrios. Documentación Social. Revista de estudios sociales y sociología aplicada, (119), 59-78. Recuperado de: http://oa.upm.es/5827/1/De_la_sostenibilidad_a_los_ecobarrios.pdf