10/11/2022

Crear barrio: una conversación sobre vivienda colectiva y ciudad

Recuerdo que hablaste de esa etapa crítica de la arquitectura moderna, cuando algunos arquitectos y urbanistas empezaron a buscar respuestas más cercanas a las necesidades reales de la sociedad. También mencionaste teorías sistémicas como los mat-building. ¿Esa voluntad de hacer ciudad llegó a traducirse en intervenciones que de verdad construyeran barrio?

Sí, y esa es justamente la pregunta importante. No se trataba solo de corregir la forma del edificio, sino de replantear la relación entre vivienda, espacio público, vida cotidiana y tejido urbano. La crítica de autoras como Jane Jacobs y Dolores Hayden ayudó a desplazar el foco desde la vivienda como unidad aislada hacia el barrio como estructura de convivencia, diversidad y soporte de la vida diaria.

Entonces “crear barrio” no significa simplemente agrupar viviendas.

Ese es el primer punto que conviene aclarar. Un barrio no nace por acumulación de bloques, sino por la posibilidad de sostener relaciones, recorridos, apropiaciones, mezcla de usos, reconocimiento mutuo y continuidad entre lo doméstico y lo urbano. Por eso la vivienda colectiva solo construye ciudad cuando deja de pensarse como enclave y empieza a actuar como parte activa del tejido urbano.

Y ahí encajan mejor las críticas de Jacobs y Hayden.

Sí. Jacobs defendió la mezcla de usos, la vitalidad de la calle, las manzanas pequeñas y la densidad de relaciones cotidianas como condiciones de una vida urbana viva. Hayden, por su parte, amplió la crítica al mostrar que muchas formas urbanas modernas y suburbanas ignoraban tareas de cuidado, desigualdades de género y redes comunitarias, de modo que pensar el barrio implicaba también repensar cómo se organiza la reproducción cotidiana de la vida.

Entonces “crear barrio” también es una cuestión política, no solo espacial.

Exactamente. Y ahí aparece la tensión más interesante. Durante mucho tiempo se creyó que bastaba con introducir plazas, circulaciones comunes o espacios intermedios para producir comunidad. Pero la vida barrial no surge automáticamente de la forma arquitectónica; depende también de gestión, uso, mezcla social, mantenimiento, accesibilidad y capacidad de los habitantes para apropiarse de esos espacios.

O sea que un proyecto puede verse muy urbano y aun así no producir barrio.

Sí. Ese es el riesgo. Muchos conjuntos de vivienda colectiva prometieron comunidad a través del diseño, pero terminaron funcionando como piezas autónomas o como infraestructuras residenciales sin espesor urbano. Por eso, cuando un proyecto se acerca más a la idea de barrio, lo importante no es solo que tenga espacio libre, sino cómo articula lo privado, lo semipúblico y lo público, cómo toca la calle, cómo genera cruces y cómo se inserta en la ciudad existente.

Y ahí entra el caso de Alejandro Zohn.

Exactamente. En el análisis de la unidad habitacional CTM “Fidel Velázquez”, Brau muestra cómo Zohn entendía la vivienda colectiva como proyecto urbano y social, no solo como problema tipológico. El valor del conjunto está en la articulación entre espacios públicos y semipúblicos, en su voluntad de encajarse en el contexto y en la búsqueda de relaciones humanas más cercanas mediante calles, quiebres, encuentros y continuidad con la ciudad.

Entonces la planta baja importa mucho.

Muchísimo. La planta baja es decisiva porque es el lugar donde la vivienda deja de ser pura interioridad y entra en contacto con la ciudad. Allí se juega la posibilidad de extender la vida doméstica hacia lo colectivo sin disolverla, y de convertir el conjunto en parte del barrio en lugar de separarlo de él.

Pero tampoco habría que romantizarlo, ¿no?

Ese es el matiz crítico que conviene sostener. No todo espacio intermedio crea comunidad, no todo bloque desalineado genera identificación y no toda voluntad de conexión social se traduce en barrio vivido. La arquitectura puede ofrecer condiciones favorables, pero el barrio siempre excede al proyecto: se produce también en el tiempo, en el conflicto, en el uso, en la mezcla y en la posibilidad de permanencia de quienes lo habitan.

Entonces “crear barrio” no es diseñar una imagen urbana amable.

No. Crear barrio significa proyectar condiciones para que la vivienda colectiva participe de la ciudad y no se limite a ocupar suelo dentro de ella. Y eso exige algo más difícil que una buena composición: exige pensar la vivienda como infraestructura de relaciones sociales, de proximidad cotidiana y de urbanidad compartida.


Bibliografía:
Brau, G. (2021). ALEJANDRO ZOHN: VIVIENDA COLECTIVA COMO PROYECTO URBANO Y SOCIAL: Análisis de la Unidad Habitacional Avenida del Trabajo CTM “Fidel Velázquez”. Arquitectura Y Sociedad, 1(20), 74–95. https://doi.org/10.29166/ays.v1i20.3494