10/05/2022

El DUG - Diagnóstico Urbano con perspectiva de Género

El DUG contiene una serie de preguntas elaboradas por el Colectivo Punt 6 y que ayuda a generar un análisis de una ciudad desde el punto de vista cotidiano, desde su gente y desde la experiencia de recorrer las calles.

¿Y aplicaste ese diagnóstico en alguna localidad de Ecuador?

01. Vida cotidiana: En el gráfico se muestran los resultados del análisis que realizamos en San Juan de Ilumán, ubicado en la provincia de Imbabura al norte del Ecuador. Primero se hizo un mapeo de la vida cotidiana en cuatro esferas: productiva (producción de bienes y servicios en donde se recibe un salario), reproductiva (actividades de cuidado, sobretodo domésticas), propia (desarrollo personal, deporte, ocio, tiempo libre) y política (participación social, cultura y política).

02. Evaluación: Le sumamos las preguntas con perspectiva de género divididas en seis ámbitos: participación, espacio público, vivienda, equipamientos, movilidad y seguridad, en el caso de estudio obtuvimos más respuestas negativas que positivas y las graficamos en una rueda de análisis.

03. Diagnóstico y Conclusiones: El resultado de los análisis anteriores se condensan en cinco cualidades que debería tener la ciudad: proximidad, diversidad, autonomía, vitalidad y representatividad.

Este estudio nos ayudó a identificar los puntos críticos de la ciudad y plantear soluciones urbanas para mejorar la calidad de vida de las personas de San Juan de Ilumán, desde su vida diaria, desde lo cotidiano.


Bibliografía: 
Casanovas, R., Ciocoletto, A., Fonseca M., Gutiérrez, Z., & Ortiz, S. (2014). Mujeres trabajando. Recuperado de: https://punt6.wordpress.com
Ciocoletto, A. (2014). Espacios para la vida cotidiana. Auditoría de calidad urbana con perspectiva de género. Recuperado de: http://www.punt6.org/wp-content/uploads/2016/08/EspaciosParalaVidaCotidiana.pdf

10/04/2022

Habitar el presente: sociedad, ciudad, tecnología y recursos y conexiones

Yo vi que estabas haciendo una ficha de habitar el presente, y eso ¿qué es?

Para analizar un proyecto de vivienda colectiva, tienes varios indicadores para identificar si cumple con las condiciones de hábitat presentes. Esta ficha sirve como herramienta para proyectar un lugar dónde vivir cómodamente y que responda a valores de sostenibilidad.

Como sabemos, no hay recetas ideales para lograr proyectos de vivienda perfectos, pero sí hay parámetros diversos, y se espera que mínimo se cumplan cuatro ámbitos: sociedad, ciudad, tecnología y recursos.

Pero la ficha que hiciste no era de esos cuatro ámbitos, ¿de qué era?

¿Te refieres a esta ficha de accesibilidad y conexiones?


Sí, la ficha que hablaba de movilidad, aceras, pasillos y la ciudadanía.

Luego de analizar algunos proyectos de vivienda social, me di cuenta que hay varios temas que podrían formar parte de otros ámbitos. Pienso que, podrían haber más y entonces pensé en las conexiones y la accesibilidad que deberían tener toda vivienda colectiva.

En primer lugar, la capacidad de satisfacer las necesidad de movilidad peatonal, en bicicleta, en transporte público y en privado. Luego que las aceras que rodean al proyecto cumplan parámetros de accesibilidad universal, que permitan que una persona no vidente, en silla de ruedas, con bastón o con un coche de bebé pueda circular sin problemas. Que los pasillos comunales y los interiores permitan la circulación horizontal de todas y todos; así mismo la circulación vertical permita salvar desniveles por medio de rampas, ascensores, o salva escaleras y finalmente, que la ciudadanía forma parte del proceso de diseño, es decir, que se genere una conexión social y con es una apropiación del lugar.

Entonces, las herramientas de habitar el presente, te permiten identificar puntos a mejorar en la vivienda colectiva y si está en proceso de diseño, son puntos que deben tomarse en cuenta para generar espacios en donde la ciudadanía si quiera vivir.



Bibliografía:
Ministerio de Vivienda. (2006). Habitar el presente. Recuperado de: https://issuu.com/laboratoriovivienda

10/03/2022

La ciudad paseable de Pozueta, Lamíquiz y Porto: una conversación sobre movilidad, cuerpo y urbanidad

Ahora me pregunto, ¿cuál es la forma más sostenible de movilizarse por una ciudad?

La más básica y, al mismo tiempo, una de las más olvidadas: desplazarse por medios no motorizados, empezando por caminar. Y cuando caminar no es posible en sentido estricto, entran también otros modos de movilidad corporal asistida, como la silla de ruedas o distintos apoyos que permiten recorrer la ciudad de manera autónoma o acompañada.

Entonces la ciudad paseable no se refiere solo al peatón estándar.

Ese es un punto clave. Una ciudad paseable no es solo aquella donde se puede ir a pie, sino aquella donde el espacio urbano está pensado a escala humana, para que desplazarse sin automóvil sea posible, seguro, cómodo, continuo y digno para cuerpos distintos, velocidades distintas y necesidades distintas.

Y ahí supongo que caminar tiene muchas ventajas.

Sí. Caminar reduce la dependencia de combustibles fósiles, disminuye emisiones y ruido, y además aporta beneficios directos a la salud, al reducir el sedentarismo y favorecer una relación más activa con el cuerpo. También tiene otra virtud menos cuantificable: permite una experiencia sensorial y social de la ciudad que desaparece cuando el desplazamiento se reduce a atravesarla encerrados en un vehículo.

Entonces parecería obvio que deberíamos construir ciudades para caminar.

Parecería, pero ahí aparece la tensión. Durante décadas, muchas ciudades se han organizado desde la lógica de la circulación motorizada: más calzada, más velocidad, más distancia, más fragmentación. En ese modelo, el peatón no desaparece del todo, pero queda relegado a sobras espaciales, cruces incómodos, veredas estrechas, recorridos inseguros o tiempos urbanos pensados para otros.

O sea que el problema no es que caminar sea poco útil, sino que la ciudad ha sido diseñada contra esa posibilidad.

Exactamente. Y esa es la crítica más fuerte que puede abrir la idea de ciudad paseable. No basta con recomendar que la gente camine más, porque el problema no es moral ni individual. Una ciudad no se vuelve paseable por el deseo abstracto de hábitos saludables, sino cuando su forma urbana, sus distancias, sus mezclas de uso, su espacio público y sus prioridades de movilidad hacen viable ese desplazamiento cotidiano.

Entonces la ciudad paseable también cuestiona una idea de modernidad.

Sí. Cuestiona la modernidad urbana que confundió progreso con velocidad, y eficiencia con circulación automotriz. Frente a eso, la ciudad paseable recuerda algo elemental: movernos no es solo llegar rápido, sino habitar el trayecto, encontrarnos con otros, percibir el entorno y sostener una relación menos destructiva con la ciudad y con el planeta.

Entonces caminar no es solo un medio de transporte.

No. Caminar es también una forma de experiencia urbana y una medida del tipo de ciudad que hemos construido. Cuando una ciudad no puede recorrerse a pie —o en movilidad asistida— de manera razonable, lo que queda en evidencia no es una carencia del peatón, sino una falla profunda del propio modelo urbano.

Comprendo, es decir que la ciudad paseable no se limita a elogiar los beneficios de caminar; pone en cuestión un urbanismo que sigue midiendo la ciudad desde la velocidad del automóvil y no desde la experiencia del cuerpo que la recorre.


Bibliografía (APA):
Pozueta, J., Lamíquiz, F., Porto, M. (2013). La ciudad paseable. Recuperado de: https://urbanitasite.files.wordpress.com/2020/01/pozueta-lamiquiz-y-porto-la-ciudad-paseable.pdf

10/02/2022

¿Qué significa pensar la biodiversidad y las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad?

Antes de meternos en lo de “transiciones socioecológicas”, necesito entender lo básico. ¿Qué es exactamente la biodiversidad?

Bien, biodiversidad es la variedad de la vida en todas sus formas: especies, genes, ecosistemas y relaciones ecológicas. Y un ecosistema no es solo un conjunto de organismos, sino la red de interacciones entre esos seres vivos y su entorno físico, de modo que la biodiversidad no se reduce a una lista de especies, sino que incluye estructuras, funciones y conexiones.

O sea que no se trata solo de contar plantas, animales o microorganismos.

Exactamente. La biodiversidad importa también por cómo está organizada, por cómo funciona y por los procesos que sostiene: polinización, regulación hídrica, formación de suelos, control biológico, ciclos ecológicos y resiliencia territorial. Por eso, cuando se pierde biodiversidad, no desaparecen solo especies aisladas; se debilitan sistemas enteros de soporte de la vida.

Y ahí Ecuador aparece como un caso muy singular.

Sí. Ecuador suele ser reconocido como un país megadiverso por la concentración extraordinaria de ecosistemas, especies y gradientes ecológicos en un territorio relativamente pequeño, favorecida por la interacción entre Andes, costa, Amazonía e islas, además de la diversidad de pisos altitudinales y climáticos. Esa condición no es solo biológica: también es territorial, histórica y cultural, porque involucra múltiples formas de habitar y usar la naturaleza.

Entonces, en principio, parecería que la biodiversidad es una gran ventaja para el país.

Lo es, pero ahí empieza el problema. La megadiversidad no garantiza por sí sola sostenibilidad. También puede coexistir con deforestación, pérdida de hábitat, contaminación, presión extractiva, expansión urbana desordenada y fragmentación ecológica. Justamente por eso hoy se habla de gestión integral de la biodiversidad.

¿Qué significa “gestión integral” en este contexto?

Significa dejar de pensar la biodiversidad como un asunto restringido a áreas protegidas o a políticas de conservación aisladas. En el enfoque de gestión integral, la biodiversidad se entiende dentro de procesos de cambio territorial, uso del suelo, restauración, producción, gobernanza, conectividad ecológica y decisiones públicas que atraviesan todo el territorio.

O sea que proteger biodiversidad no es solo “cuidar lugares naturales”, sino intervenir en cómo cambia el territorio.

Correcto. Y ahí aparecen las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad. Este concepto parte de reconocer que sociedad y naturaleza no son esferas separadas, sino partes de sistemas socioecológicos profundamente interdependientes. Hablar de transición significa entonces pensar cómo cambiar los modos de ocupación, producción, consumo y gobernanza para que el territorio deje de erosionar sus bases ecológicas y pueda sostener la vida en el tiempo.

Entonces “transición” no es una palabra bonita para decir que debemos portarnos mejor con la naturaleza.

No. En sentido fuerte, una transición socioecológica no es un ajuste menor ni una corrección ambiental periférica. Implica transformar relaciones entre economía, política, cultura, usos del suelo, infraestructura y biodiversidad. Por eso el concepto resulta tan exigente: no habla solo de conservar, sino de reorganizar el territorio desde otra racionalidad.

Y ahí imagino que entran los distintos tipos de territorios y usos del suelo.

Sí. El enfoque de transiciones socioecológicas obliga a mirar territorios silvestres, rurales, urbanos, energéticos, productivos, degradados, étnicos o anfibios no como compartimentos aislados, sino como configuraciones interdependientes. La sostenibilidad no se juega solo en la selva o en el parque nacional, sino también en la ciudad, en la frontera agrícola, en la infraestructura, en la gestión hídrica y en las decisiones cotidianas sobre qué se expande, qué se protege y qué se sacrifica.

Entonces la ciudad también entra en esta discusión, aunque muchas veces parezca separada de la biodiversidad.

Exactamente. Ese es un punto decisivo. Las ciudades concentran población, infraestructuras, consumo de recursos, residuos y decisiones políticas, de modo que no están fuera del problema ecológico, sino en su centro. La biodiversidad urbana y periurbana no es un lujo estético, sino parte de las condiciones materiales de la sostenibilidad: agua, suelo, regulación climática, conectividad ecológica, salud y habitabilidad.

Hasta aquí el planteo es muy fuerte.

El discurso sobre biodiversidad suele ser más avanzado que la transformación real del territorio. Es fácil celebrar que Ecuador sea megadiverso; mucho más difícil es revisar el modelo de urbanización, de extracción, de expansión productiva y de ocupación del suelo que sigue deteriorando esa misma riqueza. En otras palabras, la transición socioecológica se vuelve vacía si solo añade conservación al margen de un sistema territorial que continúa funcionando contra sus propios soportes ecológicos.

O sea que no basta con inventariar especies o declarar áreas protegidas.

No basta. Todo eso importa, pero es insuficiente si no se traduce en indicadores, gestión territorial, restauración, límites a la degradación, planificación urbana y nuevas formas de relación entre asentamientos humanos y ecosistemas. La sostenibilidad no se alcanza porque sepamos más sobre la biodiversidad, sino porque cambiemos las prácticas espaciales, productivas e institucionales que la están erosionando.

Entonces la cuestión de fondo no es solo conservar la naturaleza, sino aprender a habitar sin destruirla.

Y ahí está el verdadero desafío. Una transición socioecológica no consiste en reconciliar simbólicamente ciudad y naturaleza, sino en reorganizar la vida territorial para que los sistemas ecológicos sigan sosteniendo la vida humana sin quedar subordinados por completo a la lógica de explotación, consumo y crecimiento.


Bibliografía:
INEFAN. (1998). Biodiversidad del Ecuador. Recuperado de: https://www.cbd.int/doc/world/ec/ec-nr-01-es.pdf
Ministerio del Ambiente del Ecuador. (2017). Ecuador es el país más diverso en especies de anfibios. Recuperado de: https://www.ambiente.gob.ec/ecuador-es-el-pais-mas-diverso-en-especies-de-anfibios
Ministerio del Ambiente del Ecuador. (2021). Mapa de Ecosistemas del Ecuador Continental’ permite una gestión ambiental estratégica. Recuperado de: https://www.ambiente.gob.ec/mapa-de-ecosistemas-del-ecuador-continental-permite-una-gestion-ambiental-estrategica

PNUD. (2020). Ecuador restaurará áreas deforestadas y degradadas y promoverá la producción sostenible. Recuperado de: https://www.ec.undp.org/content/ecuador/es/home/presscenter/articles/2020/ecuador-restaurara-areas-deforestadas-y-degradadas-y-promovera-l.html
Torres, B. (2021). Deforestación en paisajes forestales del Ecuador. Recuperado de: https://www.amazoniasocioambiental.org/es/radar/encorto-tres-datos-para-entender-la-gravedad-de-la-deforestacion-en-ecuador
UNICEF. (2004). Nacionalidades y Pueblos Indígenas, y políticas interculturales en Ecuador: Una mirada desde la Educación. Recuperado de: http://www.mdgfund.org/sites/default/files/nacionalidades_y_pueblos_indigenas_web(1).pdf




10/01/2022

¿En qué consiste el concepto de Soluciones Basadas en la Naturaleza en el desarrollo urbano?

De seguro hay mucho que tenemos que aprender de la naturaleza.

Sí, pero conviene empezar con cuidado. Las Soluciones Basadas en la Naturaleza, o SbN, son acciones orientadas a proteger, restaurar o gestionar de manera sostenible ecosistemas y procesos naturales para responder a desafíos sociales y ambientales, entre ellos el cambio climático, la gestión del agua, la calidad del aire, la pérdida de biodiversidad y la habitabilidad urbana.

O sea que no se trata solo de parques y árboles.

Exactamente. Ese es el primer error que conviene evitar. Las SbN pueden incluir infraestructura verde y azul, restauración de ríos y humedales, corredores ecológicos, techos y fachadas verdes, sistemas de infiltración, suelos permeables, arbolado urbano o agricultura urbana, pero lo importante no es el objeto aislado, sino la lógica con la que se integran procesos ecológicos al desarrollo urbano.

Entonces su valor está en que la naturaleza deja de ser decoración.

Sí. En este enfoque, la naturaleza no aparece como ornamento ni como resto pintoresco dentro de la ciudad, sino como parte activa de su funcionamiento. Las SbN buscan que los ecosistemas urbanos y periurbanos vuelvan a producir servicios esenciales —regulación térmica, infiltración de agua, captura de contaminantes, soporte de biodiversidad, espacios de bienestar— que la urbanización intensiva ha deteriorado o interrumpido.

¿Y por eso se relacionan con el desarrollo urbano?

Claro. Se relacionan porque ofrecen una forma de enfrentar retos urbanos complejos sin depender exclusivamente de soluciones grises de ingeniería. En muchos casos, combinadas con infraestructura convencional, permiten aumentar resiliencia, reducir riesgos, generar co-beneficios sociales y ambientales y mejorar la calidad de vida urbana.

Hasta ahí suena muy convincente. ¿Dónde aparece la tensión?

Aparece cuando las SbN se convierten en una etiqueta demasiado cómoda. No toda intervención verde es una Solución Basada en la Naturaleza en sentido fuerte. Para que lo sea, no basta con incorporar vegetación; tiene que haber mejora ecológica real, beneficios sociales verificables, atención a la biodiversidad, gobernanza adecuada y una integración seria en la planificación urbana.

O sea que un proyecto puede verse muy “natural” y no ser tan transformador.

Ese es el problema. Muchas veces las SbN se usan como lenguaje atractivo para legitimar intervenciones urbanas sin discutir sus efectos territoriales, su mantenimiento, su financiamiento, ni quién accede realmente a sus beneficios. Incluso pueden terminar concentrándose en áreas valorizadas de la ciudad y reforzando desigualdades espaciales si no se las piensa desde la justicia urbana.

Entonces tampoco basta con decir que participa la ciudadanía y el gobierno.

No. La participación importa, pero no como fórmula vacía. Las SbN exigen coordinación entre ciudadanía, gobierno, actores técnicos, financistas y organizaciones sociales, pero su valor depende de si esa gobernanza logra sostener los proyectos en el tiempo, repartir beneficios, evitar exclusiones y hacer de la naturaleza un componente estructural del desarrollo urbano, no solo una imagen verde de buena voluntad.

Entonces la relación con el desarrollo urbano no es simplemente ambiental.

Exactamente. Las SbN interesan al desarrollo urbano porque obligan a repensar la relación entre ciudad, infraestructura, riesgo, bienestar y biodiversidad. Su mejor versión no consiste en “naturalizar” superficialmente la ciudad, sino en reconocer que una urbanización que destruye sistemáticamente sus soportes ecológicos termina erosionando también sus condiciones de habitabilidad.




Bibliografía:
Ozment, S., Gonzalez M., Schumacher A., Oliver E., Morales G., Gartner T., Silva M., Watson G. y Grünwaldt A. (2021). Soluciones basadas en la naturaleza en América Latina y el Caribe: situación regional y prioridades para el crecimiento. Recuperado de: http://dx.doi.org/10.18235/0003687

10/12/2021

Caso de estudio de planificación para el cambio climático

¿Me imagino que existen casos de estudio que realizaste sobre los planteamientos urbanos para mitigar los efectos del cambio climático?

Por supuesto, déjame contarte en un video sobre el macroproyecto "Parque Lineal Ronda del Sinú", el cual se convirtió en un ejemplo de planteamiento urbano y mitigación por su inclusión y responsabilidad, a pesar de que no existió participación ciudadana en su planificación.

 


10/11/2021

¿Qué son los instrumentos de Climate Proof Urban Development?

¿Qué son exactamente los instrumentos de Climate Proof Urban Development?

Son instrumentos de planificación, gestión y decisión urbana orientados a incorporar el cambio climático en el desarrollo de la ciudad de una manera integrada. No buscan solo reducir emisiones o solo adaptarse a impactos futuros, sino articular mitigación y adaptación para que el desarrollo urbano sea, al mismo tiempo, más resiliente frente a riesgos climáticos y menos intensivo en carbono.

O sea que no se trata de sumar una capa “verde” al urbanismo tradicional.

Ese es el primer punto importante. El enfoque climate proof no consiste en corregir al final un plan ya hecho, sino en revisar desde el inicio cómo se localizan infraestructuras, cómo se regulan los usos del suelo, cómo se invierte, qué riesgos se anticipan y qué actores participan en la definición del futuro urbano.

¿Y qué tipo de instrumentos entran ahí?

Pueden ser estratégicos, normativos, fiscales, regulatorios y técnicos. Incluyen estrategias de desarrollo urbano sensibles al clima, planes de acción climática, instrumentos de ordenamiento territorial, criterios para infraestructura resiliente, ajustes normativos, mecanismos de coordinación institucional y herramientas para priorizar inversiones que reduzcan vulnerabilidad y emisiones de forma conjunta.

Entonces la idea de fondo es que la ciudad deje de planificarse como si el cambio climático fuera un problema externo.

Sí. La lógica climate proof parte de reconocer que el cambio climático ya está reconfigurando el modo en que las ciudades piensan su crecimiento, su infraestructura, sus riesgos y sus patrones de consumo. Por eso insiste en que las decisiones urbanas no pueden seguir separando desarrollo, ambiente y gestión del riesgo como si fueran campos independientes.

¿Qué ocurrió en la Ciudad del Cabo?

El caso de Ciudad del Cabo es relevante porque integró el cambio climático en su estrategia de desarrollo urbano de largo plazo, reconociendo amenazas concretas como olas de calor, sequías, incendios, lluvias intensas e incremento del nivel del mar. Además, el proceso se estructuró a través de diálogo con actores gubernamentales, empresas, academia, ciudadanía y grupos de interés, y vinculó las intervenciones a instancias formales de seguimiento y gestión dentro del gobierno local.

Entonces el éxito de estos instrumentos estaría en el trabajo multidisciplinario y participativo.

En parte sí, pero ahí mismo aparece una tensión importante. La participación y la coordinación intersectorial son condiciones necesarias, pero no suficientes. Un proceso puede ser muy dialogado, producir documentos sofisticados y aun así no alterar las prioridades estructurales de inversión, ni corregir desigualdades urbanas preexistentes, ni transformar los patrones de ocupación del suelo que incrementan la vulnerabilidad.

O sea que hablar de resiliencia climática no garantiza justicia climática.

Muchas veces el lenguaje del climate proofing suena técnicamente impecable porque habla de integración, adaptación, mitigación y visión de largo plazo, pero puede seguir operando desde una lógica tecnocrática si no pregunta quiénes son los grupos más expuestos, quién define el riesgo aceptable, qué territorios reciben inversión primero y quién paga el costo de la transición.

Entonces los instrumentos no son neutros.

No lo son. Un instrumento legislativo, fiscal o de planificación puede proteger a la ciudad frente al clima, pero también puede reforzar desigualdades si privilegia zonas con mayor valor económico, si desplaza población vulnerable o si convierte la adaptación en una agenda de competitividad urbana antes que en una agenda de derecho a la ciudad.

Entonces, ¿Qué haría realmente potente a un instrumento de Climate Proof Urban Development?

Que no se limite a gestionar amenazas, sino que reoriente el desarrollo urbano. Eso significa integrar clima en la planificación desde el comienzo, sí, pero también revisar la forma urbana, el acceso a infraestructura, la distribución territorial de riesgos, la gobernanza multinivel y la capacidad de los actores más vulnerables para participar en decisiones que afectan su futuro.

Entonces el tema no es solo resistir mejor el cambio climático, sino cambiar la manera de producir ciudad.

La versión más fuerte del enfoque climate proof no consiste en blindar la ciudad para que siga funcionando igual, sino en replantear sus lógicas de crecimiento, consumo, ocupación y exclusión. Si no ocurre eso, la resiliencia corre el riesgo de convertirse en una palabra prestigiosa que administra mejor la crisis sin transformar sus causas urbanas.


Bibliografía:
Ruijsink, S. (2015). Integrating Climate Change into city development strategies. United Nations Human Settlements Programme.
LAUE, F. (2017). Guiding Principles and Climate Change in Germany’s Urban Planning Practice. A review of the recent academic discourse. Climate and Clean air coalition.


10/10/2021

¿Por qué importa evaluar políticas públicas en urbanismo?

Espera un momento, ¿Cómo que políticas públicas? Esto es un blog de urbanismo.

Precisamente por eso. El urbanismo no se agota en la forma física de la ciudad, porque también depende de decisiones públicas sobre vivienda, transporte, espacio público, infraestructuras, equipamientos, suelo y presupuesto. Las políticas públicas urbanas son parte del modo en que la ciudad se organiza, se transforma y distribuye sus recursos.

Es decir que una avenida, un parque o una red de transporte no son solo obras, sino resultados de decisiones previas.

Y si esas decisiones producen ciudad, entonces también deben ser evaluadas. La evaluación de políticas públicas no consiste solo en revisar si algo “se hizo”, sino en analizar si tenía sentido hacerlo, si se implementó como se prometió, si alcanzó sus objetivos y con qué costo.

¿Y esa evaluación ocurre solo al final?

No. Una política pública puede evaluarse antes de ejecutarse, durante su implementación y después de terminada. La evaluación ex ante examina el diseño, la lógica causal y la pertinencia de la intervención; la evaluación durante la implementación observa su marcha y sus ajustes; y la ex post analiza resultados e impactos, incluso los no previstos.

Entonces evaluar no es un trámite administrativo, sino una forma de pensar la política.

Exactamente. Y ahí entran los criterios clásicos que mencionas. En términos generales, la efectividad observa si la intervención produjo los efectos previstos en su implementación; la eficacia compara los objetivos con los resultados alcanzados; y la eficiencia examina la relación entre los recursos invertidos y los productos obtenidos. Además, puede evaluarse la pertinencia, es decir, si la política realmente responde al problema que dice abordar.

O sea que todo se relaciona, pero no es lo mismo.

No, y esa distinción importa mucho en urbanismo. Una política puede ser eficiente porque ejecuta rápido y con poco gasto, pero poco eficaz si no resuelve el problema urbano al que apuntaba. También puede ser eficaz en ciertos resultados visibles, pero impertinente si parte de un diagnóstico equivocado, o efectiva en algunos sectores y excluyente para otros.

Entonces una política urbana no debería juzgarse solo porque construyó algo.

Ese es uno de los errores más frecuentes. En ciudades marcadas por la urgencia de mostrar obra, se tiende a confundir ejecución con transformación. Pero una política urbana no vale únicamente por sus outputs —calles pavimentadas, estaciones construidas, metros de vereda, viviendas entregadas—, sino por sus outcomes e impactos: cómo cambia la vida cotidiana, quién se beneficia, quién queda fuera y si realmente modifica el problema público que justificó su existencia.

Hasta ahí todo parece bastante lógico.

Evaluar una política también implica definir qué cuenta como éxito, qué indicadores importan, quién produce la información y desde qué visión de ciudad se juzga una intervención. En urbanismo, eso es crucial, porque una misma política puede ser presentada como exitosa por su eficiencia financiera y al mismo tiempo ser criticable por profundizar desigualdades territoriales o sociales.

Entonces los criterios técnicos no bastan.

No bastan por sí solos. Son necesarios, pero insuficientes. La evaluación de una política pública urbana también debería preguntar por sus efectos distributivos, por su dimensión democrática, por la calidad de la participación y por las relaciones de poder que reproduce o transforma en la ciudad.

Y ahí entiendo mejor por qué esto sí pertenece al urbanismo.

Claro. El urbanismo no trata solo de proyectar objetos espaciales, sino de intervenir en procesos urbanos complejos donde actúan gobiernos, técnicos, actores privados y ciudadanía. Por eso las políticas públicas no son un tema externo al urbanismo: son uno de sus instrumentos más decisivos.

Entonces eso de que “las políticas públicas son teorías” habría que matizarlo.

Sí. Más que teorías puras, son hipótesis de intervención sobre la realidad. Proponen que si el Estado actúa de cierta manera, entonces un problema público podrá modificarse. La evaluación sirve justamente para poner a prueba esa promesa, no solo al final, sino a lo largo del proceso.

Entonces la crítica propia sería que evaluar no es solo medir cumplimiento.

Evaluar políticas públicas en urbanismo no debería reducirse a verificar si una obra se ejecutó en tiempo y forma. La cuestión más profunda es si esa política produjo una ciudad mejor, para quién, a qué costo y bajo qué idea de justicia urbana.



Bibliografía:
Subirats, J., Peter, K., Corinne, L., y Frédéric V. (2012). Análisis y gestión de políticas públicas. Recuperado de: https://igop.uab.cat/wp-content/uploads/2014/01/subirats2aparte1.pdf

10/09/2021

¿Qué relación tiene el desarrollo urbano con la ciudad del conocimiento?

Cuando escucho “desarrollo urbano”, me confundo un poco. ¿No están ya desarrolladas las ciudades, simplemente porque existen y crecen?

No exactamente. Que una ciudad crezca no significa que se desarrolle. El crecimiento puede traducirse en más población, más suelo urbanizado, más edificios y más infraestructuras; pero el desarrollo urbano implica otra cosa: la capacidad de una ciudad para mejorar las condiciones de vida de su población, distribuir oportunidades, sostener sus recursos y organizar de manera más justa su espacio.

Entonces desarrollo no es solo expansión.

Esa es la primera aclaración importante. Las ciudades no nacieron como hoy las conocemos: surgieron cuando ciertos grupos humanos dejaron el nomadismo, se asentaron, produjeron alimentos, organizaron intercambios y construyeron formas de gobierno. Con el tiempo, esos asentamientos se complejizaron, y siglos después la industrialización aceleró el crecimiento urbano de manera brutal, concentrando población, trabajo, infraestructura y también desigualdades.

O sea que la ciudad moderna creció mucho, pero también produjo problemas.

Sí. El crecimiento urbano acelerado no solo trajo concentración económica, sino también periferias precarias, largas distancias cotidianas, contaminación, segregación y desigual acceso a los servicios. Por eso hoy hablar de desarrollo urbano no puede significar simplemente “hacer la ciudad más grande”, sino pensar cómo hacerla más habitable, más equitativa, más accesible y más sostenible.

¿Y ahí entra la ciudad del conocimiento?

Sí, pero conviene aclarar de qué estamos hablando. La ciudad del conocimiento no es únicamente una ciudad con internet, sensores o plataformas digitales. Es una ciudad que usa información, innovación, formación, investigación y capacidades tecnológicas para mejorar su funcionamiento, gestionar mejor sus recursos y ampliar las oportunidades de su población.

Entonces se relaciona con el desarrollo urbano porque puede ayudar a resolver problemas de la ciudad.

Exactamente. En principio, la relación está ahí: una ciudad que produce y gestiona conocimiento puede optimizar movilidad, energía, agua, residuos, servicios públicos y planificación territorial. También puede anticipar riesgos, hacer más eficiente la administración y tomar decisiones mejor informadas. En ese sentido, el conocimiento aparece como un recurso estratégico para el desarrollo urbano contemporáneo.

Hasta ahí suena bastante bien. Pero siento que hay una trampa en esa idea.

Y la hay. El problema empieza cuando se confunde ciudad del conocimiento con ciudad tecnificada. No toda ciudad llena de datos, redes y dispositivos es una ciudad mejor. Una ciudad puede ser muy eficiente en su gestión digital y seguir siendo profundamente desigual en vivienda, espacio público, movilidad peatonal o acceso a servicios básicos.

O sea que la tecnología no garantiza justicia urbana.

Ese es el punto crítico. Muchas veces el discurso sobre ciudades inteligentes o del conocimiento promete eficiencia, innovación y competitividad, pero deja en segundo plano preguntas más incómodas: quién produce ese conocimiento, para quién se usa, qué problemas se priorizan y quiénes quedan fuera de sus beneficios. Si el conocimiento se reduce a información técnica o a oportunidad de inversión, la ciudad corre el riesgo de volverse más gestionable, pero no necesariamente más justa.

Entonces una ciudad del conocimiento también puede excluir.

Sí. Puede hacerlo si concentra innovación en ciertos sectores, si fortalece solo áreas rentables, si deja fuera a quienes no tienen acceso a conectividad, educación o alfabetización digital, o si reemplaza la discusión política sobre la ciudad por una fe excesiva en la gestión tecnocrática. En ese caso, el conocimiento deja de ser un bien colectivo y se convierte en un nuevo filtro de desigualdad.

Entonces la relación entre desarrollo urbano y ciudad del conocimiento no es automática.

Puede haber relación, pero no equivalencia. El conocimiento puede contribuir al desarrollo urbano cuando mejora la vida cotidiana, amplía derechos, redistribuye oportunidades y ayuda a construir ciudades más sostenibles y democráticas. Pero cuando se usa solo para optimizar consumos, atraer capital o producir imágenes de modernidad, sin tocar las desigualdades estructurales, su aporte es mucho más limitado de lo que promete.

Entonces no basta con decir que vivimos en la era de la información.

No. La cuestión de fondo no es si la ciudad tiene más tecnología, sino qué proyecto urbano guía el uso de ese conocimiento. La ciudad del conocimiento solo aporta al desarrollo urbano cuando el conocimiento se orienta al bien común y no se limita a hacer más eficiente una ciudad que sigue siendo injusta.



Bibliografía:
Fernández, D. (2017). Factores de Desarrollo de las ciudades inteligentes. Recuperado de: https://www.redalyc.org/journal/3832/383252125007
Banco Mundial. (2020). Panorama General del Desarrollo Urbano .Recuperado de: https://www.bancomundial.org/es/topic/urbandevelopment

10/08/2021

¿Qué ideas de sostenibilidad contiene realmente una ciudad sostenible?

Cuando se habla de ciudad sostenible, la expresión suena correcta, nadie parece estar en contra. Pero justamente por eso me interesa empezar por lo más básico: ¿Qué significa en realidad sostenibilidad?

Conviene empezar por ahí. En su acepción más difundida, la sostenibilidad remite a la capacidad de mantener procesos, bienes o formas de vida a lo largo del tiempo sin agotar los recursos ni producir daños graves al entorno, y en el campo urbano esa idea se vincula con la posibilidad de garantizar calidad de vida presente sin comprometer las condiciones de las generaciones futuras.

Entonces una ciudad sostenible no sería solo una ciudad “verde”.

Exactamente. Ese es el primer malentendido que hay que despejar. La sostenibilidad urbana no se reduce a poner árboles, incorporar tecnologías limpias o bajar consumos energéticos, aunque todo eso importe; también implica equidad, acceso a servicios, calidad del espacio urbano, redistribución de recursos, habitabilidad y capacidad colectiva para sostener la vida urbana en el tiempo.

Y eso se vuelve especialmente urgente porque las ciudades concentran una parte enorme del problema.

Sí. Las ciudades ocupan apenas el 3% de la superficie terrestre, pero concentran entre el 60% y el 80% del consumo energético y alrededor del 75% de las emisiones de carbono, de modo que cualquier discusión seria sobre sostenibilidad pasa inevitablemente por transformar la forma en que construimos y gestionamos el espacio urbano.

Entonces, cuando Verdaguer habla de sostenibilidad urbana, ¿Qué es lo que pone en el centro?

Verdaguer insiste en que el concepto solo sirve si se lo dota de contenido riguroso y no se lo deja caer en formulaciones vacías. Desde ahí propone, como principios generales de sostenibilidad, el bienestar humano ligado a la equidad y la solidaridad, el carácter relacional de todos los procesos, la prevención, la desmaterialización de procesos mediante información y coordinación, la consideración de los ciclos completos, la sinergia, la subsidiariedad y la participación.

O sea que la sostenibilidad no es un principio único, sino una constelación de criterios.

Sí, y esa precisión es importante. En Verdaguer no aparece como una receta cerrada, sino como una articulación de principios que obligan a pensar al mismo tiempo recursos, territorio, escalas, conflictos y actores. Por eso insiste en que una intervención será más sostenible cuanto más logre aproximarse a procesos cíclicos, anticipar impactos, coordinar conocimientos distintos y resolver varios problemas a la vez.

¿Y cómo se traduce eso específicamente a la ciudad?

En el plano urbano, Verdaguer sintetiza esos criterios en varias nociones muy concretas: conservación de recursos energéticos y materiales, reequilibrio entre naturaleza y ciudad, redistribución de recursos y servicios en el territorio, desarrollo local, habitabilidad y cohesión social. Además, subraya que ninguna intervención puede considerarse realmente sostenible si mejora un aspecto aislado pero empeora otros o si produce beneficios locales a costa de impactos globales.

Hasta ahí todo parece muy consistente. Pero también demasiado consensual. ¿Dónde empieza el problema?

Empieza justamente en el éxito del término. Verdaguer advierte que la sostenibilidad se ha generalizado tanto que corre el riesgo de vaciarse de contenido, de convertirse en una palabra adaptable a cualquier discurso urbano, incluso a operaciones que mantienen intactas las lógicas de expansión, consumo excesivo y desigualdad.

O sea que no basta con decir “ciudad sostenible”; hay que ver qué se está sosteniendo realmente.

Exactamente. Ese es el giro crítico del texto. Una ciudad puede presentarse como sostenible porque recicla, porque tiene un parque o porque incorpora tecnologías eficientes, y sin embargo seguir expandiendo la mancha urbana, reforzando dependencias del automóvil, desplazando población o distribuyendo de forma profundamente desigual los costos y beneficios ambientales. Por eso Verdaguer recomienda no quedarse atrapado en el debate de las etiquetas y discutir más bien los contenidos concretos de cada propuesta.

Ahí la sostenibilidad deja de ser una imagen amable y se vuelve un campo de disputa.

Sí, porque obliga a preguntar quién gana, quién pierde, qué recursos se preservan, qué escalas se afectan y qué tipo de ciudad se está promoviendo. En ese sentido, una definición seria de ciudad sostenible incorpora participación, información compartida, seguimiento en el tiempo y capacidad de corrección, no solo metas ambientales abstractas.

Y por eso aparece también la compacidad.

Sí, pero no como dogma morfológico, sino como respuesta a una tensión concreta. Verdaguer vincula la sostenibilidad urbana con barrios densos, mezcla de usos, prioridad peatonal, ciclista y de transporte público, y freno a la extensión incontrolada de lo urbano, precisamente porque entiende que muchas veces el discurso ambiental se usa para justificar nuevos crecimientos dispersos en vez de regenerar lo ya construido.

Entonces la crítica propia que deja este tema no sería “hay que ser sostenibles”, sino algo más incómodo.

La cuestión no es adherirse a la sostenibilidad como consigna, sino exigirle contenido. Si una definición de ciudad sostenible no incorpora equidad, redistribución, participación, habitabilidad, límites a la expansión y revisión crítica de sus impactos territoriales, puede funcionar más como retórica legitimadora que como verdadera transformación urbana.

Bibliografía:
Verdaguer, C. (2000). De la sostenibilidad a los ecobarrios. Documentación Social. Revista de estudios sociales y sociología aplicada, (119), 59-78. Recuperado de: http://oa.upm.es/5827/1/De_la_sostenibilidad_a_los_ecobarrios.pdf