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martes, 10 de marzo de 2026

Los no lugares: una conversación sobre espacio, anonimato y sobremodernidad

He escuchado muchas veces que un aeropuerto, un centro comercial o una autopista son “no lugares”. Pero mientras más se repite esa expresión, menos claro me queda qué significa realmente. ¿Marc Augé solo quería decir que son espacios impersonales?

No, y ahí empieza el problema. Reducir el no lugar a un espacio frío, feo o genérico es empobrecer mucho la propuesta de Augé. Lo que él intenta pensar no es simplemente la pérdida de belleza o de identidad visual, sino una transformación más profunda en la experiencia contemporánea del espacio, vinculada a lo que llama sobremodernidad, es decir, una condición marcada por el exceso de acontecimientos, la superabundancia espacial y la individualización de las referencias.

Entonces el no lugar no puede entenderse por separado de esa idea de sobremodernidad.

Exactamente. Augé no parte del aeropuerto para luego ponerle una etiqueta teórica, sino de un diagnóstico más amplio sobre el mundo contemporáneo. Según él, vivimos en un tiempo acelerado, en un planeta cada vez más interconectado y en una experiencia social donde los individuos producen sentido de manera cada vez más solitaria. En ese contexto, proliferan espacios ligados a la circulación, al consumo y al tránsito, espacios en los que las personas se relacionan menos entre sí que con instrucciones, dispositivos, pantallas, boletos, tarjetas y códigos.

O sea que el problema no es solo espacial; también tiene que ver con el tipo de relación social que esos espacios organizan.

Sí. Para entender el concepto, primero hay que pasar por la idea de lugar antropológico. Augé llama así a aquellos espacios que son identificatorios, relacionales e históricos. Un lugar antropológico no es solo un punto del mapa: es un espacio cargado de sentido, donde los sujetos pueden reconocerse, inscribirse en relaciones y leer marcas de una memoria compartida.

Entonces un no lugar sería lo contrario exacto.

Con cuidado: sí y no. Augé lo presenta por oposición al lugar antropológico, pero no porque el no lugar sea un vacío absoluto o una nada espacial. Más bien se trata de un espacio que no produce del mismo modo identidad, relación e historia. En él, el individuo aparece sobre todo como usuario, pasajero, cliente o consumidor; entra, circula, obedece señales, acredita su identidad en los controles de acceso y sale, pero sin quedar inscrito en relaciones duraderas ni en una memoria compartida del espacio.

Eso me hace pensar que el no lugar no elimina a la persona, sino que la redefine funcionalmente.

Exactamente. Esa es una observación importante. En los no lugares, los sujetos no desaparecen; son capturados bajo formas abstractas y operativas. Importa que seas titular de un boleto, portadora de una tarjeta, conductora habilitada o clienta autorizada. Tu identidad no se activa allí como historia vivida o pertenencia colectiva, sino como dato verificable y temporal.

Y por eso Augé pone tantos ejemplos ligados a aeropuertos, autopistas, cajeros automáticos y cadenas hoteleras.

Sí, porque le interesan los dispositivos espaciales de la circulación acelerada. Él menciona explícitamente instalaciones necesarias para el movimiento rápido de personas y bienes, como vías rápidas, empalmes de rutas y aeropuertos; también medios de transporte, grandes centros comerciales y campos de tránsito prolongado. No los enumera para hacer un inventario arquitectónico, sino para mostrar que la sobremodernidad produce cada vez más espacios donde la relación principal no es entre sujetos arraigados, sino entre individuos en tránsito y sistemas de control, información y consumo.

Entonces sería un error tomar el concepto como una categoría puramente formal. Un centro comercial puede parecerse a otro, pero el punto fuerte no es la repetición de la forma, sino el régimen de experiencia que organiza.

Exacto. La clave no es la apariencia, sino la estructura de uso y de relación. Dos espacios muy distintos formalmente podrían operar como no lugares si organizan anonimato, circulación funcional y vínculos efímeros mediados por instrucciones y contratos de uso. Y al revés, un espacio muy contemporáneo no deja de ser lugar solo por tener tecnología o alta movilidad.

Pero si lo pienso así, empiezo a dudar. ¿No es demasiado tajante la oposición entre lugar y no lugar? En la vida real, muchos espacios parecen mezclar ambas condiciones.

Esa es una objeción pertinente, y de hecho conviene asumirla. El propio concepto funciona mejor como herramienta analítica que como clasificación rígida. En la experiencia concreta, muchos espacios combinan dimensiones de lugar y de no lugar: pueden contener memorias, apropiaciones y relaciones, pero también lógicas fuertes de tránsito, control y anonimato. Lo importante no es etiquetar de forma automática, sino preguntar qué tipo de vínculos espaciales y sociales predominan.

O sea que no se trata de recorrer la ciudad diciendo “esto sí es lugar, esto no”.

Exactamente. Ese uso banal del concepto lo vuelve inútil. La pregunta más fértil sería otra: ¿qué espacios contemporáneos debilitan la posibilidad de reconocimiento mutuo, inscripción histórica y relación duradera, y cuáles todavía permiten formas densas de apropiación y encuentro? En ese punto, el concepto de Augé puede ser muy productivo para la arquitectura y el urbanismo, siempre que no se lo convierta en una moda terminológica.

Me interesa también otra cosa: Augé parece decir que estos espacios no son una anomalía marginal, sino algo constitutivo del presente.

Sí, y eso es fundamental. Los no lugares no son residuos secundarios del mundo contemporáneo; son una de sus expresiones más características. Augé llega a afirmar que si los no lugares son el espacio de la sobremodernidad, es porque esta produce ámbitos donde los individuos coexisten sin quedar verdaderamente socializados ni localizados más que en la entrada o la salida del sistema. En otras palabras, el juego social parece suspenderse o comprimirse en un inmenso paréntesis funcional.

Eso suena muy fuerte. Casi como si la sobremodernidad multiplicara espacios donde estamos presentes, pero débilmente vinculados.

Sí, esa formulación está muy cerca del problema. En esos espacios estamos físicamente juntos, pero no necesariamente en relación. Compartimos trayectorias, colas, salas de espera, andenes o corredores comerciales, pero lo que organiza la situación no es una comunidad, sino una coexistencia administrada. La experiencia puede incluso producir una extraña combinación de libertad y soledad: estar liberado de obligaciones relacionales inmediatas, pero también separado de vínculos consistentes.

Entonces el no lugar no sería solo un espacio del anonimato, sino una forma espacial de la individualización contemporánea.

Exactamente. Augé subraya que en la sobremodernidad crece la referencia individual, y eso se traduce también espacialmente. El sujeto cree interpretar por sí mismo las informaciones que recibe, produce recorridos singulares y vive muchas veces su experiencia como si fuera privada, incluso en medio de dispositivos colectivos altamente estandarizados. El no lugar es un escenario privilegiado de esa paradoja: una experiencia individualizada dentro de sistemas masivos de circulación y consumo.

¿Y qué le aporta esto al urbanismo? Porque el riesgo es que el concepto quede atrapado en la antropología cultural y no baje al proyecto.

Le aporta, ante todo, una advertencia crítica. Obliga a no pensar el espacio solo desde su configuración material, sino desde el tipo de subjetividad y de relación que organiza. Para el urbanismo, la pregunta no sería simplemente cómo diseñar espacios más bellos o más eficientes, sino cómo evitar que la ciudad quede colonizada por dispositivos donde predomina la circulación sin arraigo, el consumo sin encuentro y la identificación sin pertenencia.

Entonces una lectura arquitectónica débil diría: “los no lugares son malos porque son impersonales”. Pero una lectura más fuerte diría: “hay que examinar qué formas de experiencia y de relación se producen en ellos”.

Exactamente. Y esa segunda lectura es la que vale la pena sostener. El concepto de no lugar no debería servir para moralizar el presente ni para oponer nostálgicamente un pasado auténtico a un presente degradado. Su fuerza está en mostrarnos que el espacio contemporáneo se organiza cada vez más a través de lógicas de exceso, aceleración y deslocalización, y que esas lógicas transforman profundamente la manera en que habitamos, circulamos y reconocemos a los otros.

Entonces, si tuvieras que condensar la tesis de esta entrada, ¿cómo la formularías?

La formularía así: los no lugares no son simples espacios impersonales, sino una expresión espacial de la sobremodernidad, donde la circulación acelerada, el consumo y los sistemas de control producen formas de anonimato, individualización y relación débil. Leído críticamente, el concepto de Augé no sirve para etiquetar sitios de moda, sino para interrogar cómo el espacio contemporáneo transforma la experiencia del habitar, de la identidad y del vínculo social.


Bibliografía:

Augé, Marc. Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad

sábado, 10 de agosto de 2024

Laboratorio urbano de Loja.

Si decimos que el Laboratorio Urbano de Loja es importante, ¿Qué lo vuelve realmente relevante para el debate urbano y no solo para la gestión local?

Lo vuelve relevante el tipo de problema que permite observar. Loja no interesa solo por pertenecer a un programa de ciudades intermedias sostenibles, sino porque ofrece un caso desde el cual discutir cómo se construye la periferia en una ciudad intermedia latinoamericana y bajo qué condiciones esa periferia puede ser pensada como objeto de proyecto urbano, y no únicamente como borde deficitario, zona residual o reserva futura de expansión.

Entonces el punto no sería solo describir un laboratorio, sino usarlo para pensar un problema territorial

Exactamente. En urbanismo, el valor de un caso no depende únicamente de su singularidad, sino de su capacidad para iluminar procesos más amplios. En este caso, la experiencia de Loja permite interrogar la relación entre crecimiento urbano, vulnerabilidad socioespacial, estructura ecológica y formas de gobernanza local. Por eso conviene leer el laboratorio menos como un repertorio de buenas intenciones institucionales y más como una tecnología de producción de conocimiento territorial.

Pero cuando dices “periferia” siento que el término se usa demasiado rápido. Muchas veces se la nombra como si fuera simplemente el borde externo de la ciudad.

Un grupo multidisciplinario realizó el análisis de datos geográficos, indicadores físicos y espaciales, ambientales, sociales y económicos para identificar los sectores periféricos de la ciudad que tengan vulnerabilidad y, poder construir tipologías barriales que beneficien al desarrollo urbano sostenible.

¿Qué es eso de periferia?

Ese es precisamente el problema. Reducir la periferia a una posición geométrica la vuelve un dato cartográfico, cuando en realidad se trata de una condición territorial mucho más compleja. La periferia no es solo un límite; es una forma de urbanización donde se intersectan discontinuidades de infraestructura, desigualdades de acceso, conflictos entre soporte ambiental y ocupación urbana, y relaciones inestables entre tejido consolidado y expansión. En ese sentido, pensadores como Bernardo Secchi ayudan a entender que la ciudad contemporánea no puede leerse solo desde el centro histórico o desde la forma compacta, sino desde sus dispersiones, sus fracturas y sus bordes activos. La periferia no es exterior a la ciudad: es una de las formas en que la ciudad se produce y se revela críticamente.

Entonces, cuando el laboratorio identifica sectores periféricos vulnerables, ¿no bastaría con localizarlos en un mapa?

No. Localizarlos es apenas el comienzo. El reto está en construir una lectura operativa de esa vulnerabilidad. Eso implica preguntarse si estamos frente a una vulnerabilidad morfológica, ambiental, funcional, social o política, o, más probablemente, frente a una superposición de todas ellas. Si no distinguimos esas capas, el diagnóstico se vuelve descriptivo y la intervención, genérica. Ahí es donde muchos discursos urbanos fallan: nombran la complejidad, pero no la desagregan analíticamente.


¿Y el Laboratorio de Loja logra hacerlo?

Lo interesante es que parece intentarlo al cruzar indicadores físicos, espaciales, sociales, económicos y ambientales. Sin embargo, la pregunta crítica no es solo si reúne muchas variables, sino cómo las articula. Un enfoque multidimensional no es automáticamente un enfoque riguroso. La acumulación de datos no equivale a interpretación. Para que exista conocimiento urbano, debe quedar claro qué relaciones se quieren demostrar entre esas variables, qué hipótesis orienta la lectura y qué decisiones metodológicas permiten pasar del dato al criterio de intervención.

O sea que un laboratorio urbano no debería impresionarnos por su lenguaje técnico, sino por la claridad con la que convierte información en argumento.

Exactamente. Y esa es una exigencia fundamental en una lectura académica. De otro modo, el laboratorio corre el riesgo de convertirse en un dispositivo de legitimación institucional más que en un instrumento de crítica territorial. La pregunta no es solo qué datos fueron reunidos, sino qué forma de ciudad se hace visible a través de ellos y qué modelo de intervención se vuelve pensable.

En la versión más simple del texto parecía que la periferia se integraba a la ciudad por medio del espacio público, la estructura verde y la participación. ¿Eso sigue siendo válido?

Sí, pero solo si lo formulamos con más cuidado. No conviene presentar espacio público, estructura verde y participación como bienes en sí mismos, porque eso los convierte en palabras de consenso. Lo importante es examinar cómo operan en una situación concreta. Jane Jacobs, por ejemplo, insistió en que la ciudad no funciona por abstracciones normativas, sino por relaciones densas entre uso, proximidad, diversidad y vigilancia cotidiana. Sin embargo, trasladar esa intuición al caso de una periferia latinoamericana exige cautela: no se trata de repetir el elogio de la calle viva, sino de analizar qué tipo de espacio público puede sostener prácticas urbanas significativas allí donde la urbanización es fragmentaria y las infraestructuras son desiguales.

Entonces no basta con decir que mejorar el espacio público mejora el barrio.

No, porque esa afirmación es demasiado cómoda. Habría que preguntarse qué espacio público, para quiénes, con qué escalas de uso, con qué relación respecto a la movilidad, la topografía y las centralidades existentes. Si seguimos una línea más cercana a Habraken, por ejemplo, podríamos decir que el valor urbano de una intervención depende también de su capacidad para admitir apropiaciones, variaciones y formas de soporte en el tiempo, en vez de imponer soluciones cerradas. Eso desplaza la discusión desde el objeto diseñado hacia las estructuras que permiten transformación y permanencia.

Y cuando aparece la estructura verde, ¿Cómo evitamos que quede reducida a paisaje?

Entendiéndola como estructura territorial y no como adorno ambiental. En una ciudad como Loja, marcada por topografías, quebradas y ríos, la dimensión ecológica no es un complemento del proyecto urbano, sino una de sus condiciones materiales. Aquí la conversación con enfoques latinoamericanos es indispensable, porque nuestras ciudades han crecido muchas veces sobre lógicas de ocupación conflictiva, informalidad, pendientes y sistemas hídricos frágiles. En ese contexto, fortalecer una estructura verde urbana solo tiene sentido si contribuye a reorganizar relaciones entre protección ambiental, accesibilidad, uso cotidiano y contención de la expansión sobre áreas sensibles.

O sea que la naturaleza no aparece como fondo, sino como parte de la forma urbana.

Exacto. Y esa distinción es clave. Cuando la estructura ecológica entra en la discusión como soporte del habitar, deja de ser un elemento decorativo y se convierte en criterio de proyecto. Allí el caso de Loja puede ser fértil para el debate sobre ciudades intermedias, porque obliga a pensar la urbanización no solo desde la continuidad de la mancha construida, sino desde las tensiones entre asentamiento, relieve, agua y sistema de espacios públicos.

Quiero insistir en otra palabra que suele usarse de manera muy rápida: participación. En muchos textos institucionales aparece como si su sola mención probara legitimidad.

Y ese es otro punto donde hace falta vigilancia crítica. Dolores Hayden mostró hace tiempo que la forma urbana no puede pensarse al margen de la vida cotidiana, del trabajo de cuidado y de las desigualdades que organizan la experiencia espacial. Si hablamos de participación, entonces debemos preguntarnos quién participa, en qué momento del proceso, con qué capacidad de incidencia y bajo qué traducción institucional de sus demandas. Sin esas preguntas, la participación se vuelve una retórica de consenso que calma la conciencia del proyecto, pero no transforma necesariamente las relaciones urbanas.

Entonces, cuando se afirma que un proceso participativo “empodera” a la ciudadanía, habría que demostrarlo.

Sin duda. “Empoderamiento” no puede ser una palabra automática. Requiere evidencias: cambios en decisiones, permanencia de las organizaciones, apropiación efectiva de los espacios, modificación de prioridades públicas, o incluso conflicto productivo entre actores. Una lectura rigurosa del laboratorio no debería dar por hecho esos resultados, sino evaluarlos críticamente. La participación no es valiosa por ser participativa, sino por la forma en que redistribuye, o no, capacidad de actuar sobre la ciudad.

Me interesa también la escala. ¿Qué tiene de particular pensar todo esto desde una ciudad intermedia y no desde una metrópoli?

Tiene mucho de particular. La ciudad intermedia no es una metrópoli incompleta; tiene lógicas propias de articulación territorial, proximidad institucional, relación con sistemas naturales y capacidad de coordinación entre actores. Pero tampoco debe idealizarse. Precisamente por su escala, puede hacer más visibles ciertas conexiones entre periferia, gobierno local, academia y proyecto urbano; sin embargo, también puede reproducir desigualdades, fragmentaciones y límites de gestión. La virtud analítica de Loja está en permitir ver esa doble condición: proximidad operativa y fragilidad estructural.

¿Y dónde entraría Solà-Morales en esta conversación?

En la necesidad de pensar los espacios de transición, los vacíos, los intersticios y las condiciones intermedias no como restos pasivos, sino como territorios capaces de ser leídos desde su ambigüedad. Esa sensibilidad resulta útil para no tratar la periferia como una categoría cerrada. Entre el centro consolidado y la expansión dispersa existen umbrales, franjas, bordes habitados y sistemas de relación que exigen una mirada menos binaria. En ese punto, hablar de “espacio intermedio” puede ser más que una metáfora editorial: puede convertirse en una clave de lectura territorial.

Entonces el laboratorio sería valioso si consigue leer esos intermedios y no solo clasificarlos.

Exactamente. Porque clasificar sectores vulnerables es importante, pero no suficiente. Lo decisivo es comprender qué relaciones urbanas emergen en esas zonas, qué conflictos condensan y qué posibilidades de proyecto contienen. Un laboratorio urbano adquiere espesor académico cuando no se limita a ordenar información para intervenir, sino cuando vuelve inteligible una condición territorial que antes aparecía solo como problema difuso.

Si tuvieras que formular una tesis a partir de Loja, ¿cuál sería?

Diría esta: en las ciudades intermedias, la periferia no debe ser abordada como una anomalía marginal, sino como un campo estratégico donde se revela la relación entre estructura ecológica, desigualdad socioespacial y capacidad institucional de producir urbanidad. Desde esa perspectiva, el Laboratorio Urbano de Loja interesa no solo por las propuestas que genera, sino porque muestra que el proyecto urbano contemporáneo necesita operar simultáneamente como lectura crítica del territorio, como mediación entre actores y como construcción de criterios para intervenir sobre bordes inestables.

Esa tesis ya no suena a promoción de un caso, sino a una toma de posición.

Y eso es lo que debería buscar una escritura académica. No repetir que una experiencia es valiosa, sino argumentar por qué lo es, bajo qué condiciones, con qué límites y qué preguntas deja abiertas. En lugar de cerrar el caso con una celebración de Loja, conviene abrirlo como problema para otras ciudades intermedias latinoamericanas: cómo producir integración sin homogeneización, cómo intervenir en la periferia sin colonizarla con soluciones abstractas y cómo articular estructura verde, espacio público y participación sin convertir esas nociones en consignas vacías.

Entonces la tarea no sería admirar el laboratorio, sino usarlo para pensar mejor.

Exactamente. Cuando un caso logra obligarnos a precisar conceptos, revisar escalas, desconfiar de los lugares comunes y formular nuevas preguntas, deja de ser solo un ejemplo local y se convierte en materia de conocimiento urbano.

Bibliografía:
Jacobs, Jane. The Death and Life of Great American Cities.
Habraken, N. John. Supports: An Alternative to Mass Housing.
Hayden, Dolores. What Would a Non-Sexist City Be?
Secchi, Bernardo. La città dei ricchi e la città dei poveri.
Solà-Morales, Manuel de. Textos sobre crecimiento urbano, formas de urbanización y espacios de transición.
Municipio de Loja, UTPL y GIZ. Laboratorio Urbano de Loja 2018. Habitar la periferia
Municipio de Loja, UTPL y GIZ. Laboratorio Urbano de Loja 2020. Activar los barrios

martes, 10 de octubre de 2023

La ciudad sin alma: una conversación sobre urbanidad, experiencia y espacio público

Quiero empezar por una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿qué es una ciudad? En el conversatorio entre El Cuarteto de Nos y Alfredo Ghierra, esa pregunta aparece casi como provocación, y quizá ahí está lo más interesante del tema: que la ciudad no puede reducirse a calles, edificios e infraestructura.

Exactamente. Cuando definimos la ciudad solo por su soporte material, la vaciamos de aquello que la hace propiamente urbana: la experiencia, el conflicto, la convivencia, la memoria y el uso compartido del espacio. Por eso resulta sugerente que una canción como “La ciudad sin alma” no describa simplemente un escenario físico, sino una forma de malestar urbano, una sensación de extrañamiento frente a una ciudad que ha perdido espesor colectivo.

Entonces el problema no sería solo qué forma tiene la ciudad, sino qué tipo de vida hace posible.

Sí. Y esa distinción es fundamental para pensarla críticamente. Una ciudad puede estar densamente construida y, aun así, producir aislamiento, indiferencia y ruptura de los vínculos cotidianos; en ese caso, el problema no es la existencia de lo urbano, sino la erosión de la urbanidad.

La idea de que la ciudad “le pertenece a la gente que la habita”. ¿No es una frase correcta, pero todavía demasiado general?

Lo es. Decir que la ciudad pertenece a quienes la habitan suena bien, pero no basta como argumento. Habría que preguntar bajo qué condiciones esa pertenencia se vuelve real: quién puede usar el espacio público, quién puede permanecer, quién puede apropiarse simbólicamente de la ciudad y quién, por el contrario, la experimenta como un territorio hostil, ruidoso o expulsivo.

Ahí la canción funciona casi como síntoma, ¿no? No como teoría urbana en sí misma, sino como una forma de condensar una experiencia.

Exactamente. La potencia del arte no está en reemplazar a la teoría, sino en hacer visible una atmósfera social que la teoría luego debe interpretar. En este caso, la canción puede leerse como una representación de la ciudad contemporánea cuando el ruido, la saturación, la desafección y la pérdida de lo común dominan la experiencia cotidiana.

Pero si vamos a escribir esto para un blog con aspiración académica, no basta con decir que “la canción nos hace pensar”. Hay que ir un poco más lejos.

Sin duda. La pregunta importante no es si la canción habla de la ciudad, sino qué imagen de ciudad construye y qué problema urbano deja entrever. Lo que aparece allí no es simplemente una crítica moral al caos urbano, sino una inquietud por la pérdida de alma, es decir, por la desaparición de aquellas condiciones que permiten que la ciudad sea algo más que una suma de individuos coexistiendo sin vínculo.

Esa idea me recuerda algo: que una ciudad no fracasa solo cuando colapsan sus infraestructuras, sino también cuando se debilita su vida pública.

Exacto. Y ahí el espacio público deja de ser una pieza secundaria para convertirse en cuestión central. No como sinónimo de plaza o calle en sentido físico, sino como condición de encuentro, visibilidad y coexistencia entre extraños. Una ciudad sin alma podría entenderse, precisamente, como una ciudad donde el espacio compartido pierde intensidad y donde lo colectivo se reduce a circulación, consumo o mera proximidad sin relación.

En el borrador también aparecía una afirmación fuerte: que irse de la ciudad solo amplía el problema porque expande la urbanización. ¿Eso no era demasiado simplificado?

Sí, era una simplificación. El problema no puede plantearse como una oposición moral entre quedarse o irse. Lo que sí puede discutirse es que los modos dispersos de ocupación territorial suelen incrementar consumo de suelo, dependencia de infraestructuras y presión sobre recursos, mientras que una ciudad más densa y mejor organizada puede ofrecer condiciones más sostenibles; pero eso exige un argumento urbano, no una consigna.

O sea, no se trata de defender la ciudad por romanticismo, sino de preguntarse qué forma urbana permite una vida común menos destructiva.

Exactamente. Y ahí entra una discusión más seria sobre densidad, proximidad, consumo y residuos, temas que en tu primer texto aparecían de manera intuitiva, pero todavía no articulada. La virtud de esta entrada debería estar en transformar esa intuición en pregunta crítica: ¿qué ocurre cuando la ciudad deja de organizar convivencia y empieza a producir agotamiento, encierro y desvinculación?

Me interesa también la presencia de Alfredo Ghierra en el conversatorio. No parece un detalle menor que la canción haya sido puesta en diálogo con una mirada arquitectónica.

No lo es. Ese cruce entre música y reflexión urbana es lo que vuelve interesante el material. La canción por sí sola puede sugerir una atmósfera; el conversatorio, en cambio, abre la posibilidad de leer esa atmósfera en términos de ciudad, espacio público, experiencia urbana y responsabilidad colectiva.

Entonces esta entrada no debería ser “me gusta esta canción porque habla de la ciudad”.

Exactamente. Debería ser otra cosa: una exploración de cómo una pieza cultural permite pensar la ciudad como experiencia vivida y no solo como objeto de planificación. Si se la trabaja bien, la canción se vuelve un pretexto fértil para discutir alienación urbana, debilitamiento de lo común y crisis de la vida pública.

¿Y qué hacemos con el dato de que Santiago Tavella pasó por la escuela de arquitectura? En el borrador parecía un remate simpático, pero quizá distraía un poco.

Puede conservarse, pero en segundo plano. Tiene interés como dato cultural y biográfico, porque en fuentes abiertas sí aparece su paso por arquitectura, aunque no la haya concluido. Sin embargo, no debería cargar el peso del argumento: el centro del texto no es la biografía del grupo, sino la ciudad como problema intelectual.

Entonces, si tuvieras que condensar la tesis de esta entrada, ¿cuál sería?

Diría esto: “La ciudad sin alma” permite pensar una dimensión crucial del urbanismo contemporáneo que a menudo escapa a los diagnósticos técnicos: la pérdida de intensidad de la vida común. Leída críticamente, la canción no solo describe un malestar urbano, sino que invita a discutir bajo qué condiciones la ciudad deja de ser espacio de encuentro y se convierte en escenario de aislamiento, ruido y desvinculación.

Ahora sí suena a ensayo y no solo a comentario cultural.

Y esa es la diferencia que importa. Un blog con ambición académica no usa referencias culturales para adornar sus entradas, sino para abrir problemas de pensamiento. La canción interesa menos por su anécdota musical que por su capacidad para obligarnos a preguntar qué hace que una ciudad tenga alma, y qué procesos urbanos la vacían de ella.


Bibliografía:
El Cuarteto de Nos, (2022). Quedarse o irse con Alfredo Ghierra. Recuperado de: La lámina que no está https://www.youtube.com/watch?v=fcU01A1Cgnk
El Cuarteto de Nos, (2022). La ciudad sin alma (online). Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=kzPtMgsRBZ0

martes, 10 de enero de 2023

La teoría de los soportes de Habraken: quién decide sobre la vivienda

Dentro de la arquitectura moderna aparece algo llamado teoría de los soportes, asociada a Habraken. Siempre se la resume como “el arquitecto hace la estructura y el usuario decide el interior”, pero suena demasiado simple. ¿Qué estaba realmente en juego?

Tu intuición es correcta: si lo reducimos a “estructura vs. interior” perdemos el filo crítico de la propuesta. Habraken parte de una pregunta incómoda para la arquitectura moderna de vivienda: ¿quién controla el entorno construido y en qué nivel de decisión? La teoría de los soportes no es solo una solución técnica, sino una crítica a la idea de que el arquitecto, el Estado o el promotor pueden definirlo todo, dejando al habitante en el rol pasivo de mero ocupante.

¿Y ese cuestionamiento aparece directamente ligado a la posguerra y la vivienda masiva?

Sí, pero conviene precisar el contexto. En los años sesenta, buena parte de Europa estaba todavía marcada por procesos de reconstrucción y por la necesidad de producir vivienda en grandes cantidades y en poco tiempo. La respuesta dominante había sido la vivienda en serie, fuertemente estandarizada, en la que el usuario recibía un producto terminado, sin margen real de transformación. Habraken observa que esa lógica industrial sacrifica algo fundamental: la capacidad del habitante de apropiarse del espacio y adaptarlo a sus formas de vida.

O sea, el problema no es solo estético ni de repetición formal, sino de poder: quién decide y quién puede cambiar la vivienda.

Exactamente. Por eso la distinción entre “soporte” y “relleno” —o entre estructura y unidades de decisión del usuario— va más allá de una división constructiva. El soporte reúne las decisiones de largo plazo: estructura portante, circulación vertical, envolvente básica, infraestructura común. Sobre esa base, el habitante debería poder intervenir, modificar, combinar, subdividir o incluso reconfigurar partes de su vivienda a lo largo del tiempo.

Pero en tu explicación no parece que el arquitecto desaparezca, más bien cambia de papel.

Ese es un punto clave. Habraken no propone que el arquitecto renuncie al proyecto, sino que asuma otro tipo de responsabilidad. En lugar de diseñar viviendas cerradas, diseña sistemas abiertos: define marcos, niveles de decisión, reglas de juego. Podría decirse que desplaza la creatividad desde el objeto terminado hacia la capacidad del sistema para admitir variaciones y apropiaciones posteriores.

En tu primera versión para el blog, mencionabas que “el diseñador toma las decisiones estructurales y de circulación, y el habitante las espaciales” y lo dejabas ahí. Ahora parece que falta algo más: ¿qué pasa con el tiempo?

Falta justamente la dimensión temporal. La teoría de los soportes entiende la vivienda como proceso, no como estado final. El habitar se concibe como una secuencia de acciones y transformaciones: cambios de composición familiar, de usos, de economía doméstica, de accesibilidad. Si el edificio no admite esa variación, tarde o temprano se vuelve rígido frente a la vida. Por eso la teoría insiste en que las decisiones de diseño no pueden clausurar todas las posibilidades de cambio.

¿Y qué relación tiene esto con la crítica más general a la arquitectura moderna que se hacía en esos años?

Tiene una afinidad clara con varias críticas contemporáneas, pero con un foco específico. Mientras otras corrientes cuestionaban la relación entre forma y ciudad, o entre zonificación y vida urbana, Habraken se concentra en la unidad básica de la vivienda y en cómo se produce. Su pregunta es: ¿es posible una vivienda colectiva que reconozca la diversidad de modos de habitar sin renunciar a cierto orden constructivo? La teoría de los soportes responde que sí, siempre que se distingan niveles de decisión y se reconozca que el usuario no es un “destinatario” sino un agente.

La frase “el acto de habitar es una necesidad humana que transforma el espacio en posesión particular”. ¿No corre el riesgo de sonar demasiado romántica?

Lo corría, sobre todo si se la dejaba sin desarrollar. Lo interesante de Habraken no es decir que habitar es “algo muy humano” —eso sería trivial—, sino mostrar que el acto de habitar implica apropiación y transformación. El espacio solo se vuelve verdaderamente vivienda cuando permite que sus habitantes inscriban en él sus propias lógicas de uso, sus ritmos y sus cambios. En ese sentido, la “posesión” no se reduce a propiedad jurídica, sino a capacidad efectiva de intervenir en el entorno.

Me gusta esa idea, pero me surge una objeción: ¿hasta dónde se puede abrir el diseño sin comprometer la integridad del edificio o sin encarecerlo demasiado?

Esa es una de las objeciones más fuertes que recibió la teoría, y también uno de sus méritos: obliga a pensar el límite. La propuesta nunca fue “todo es libre”; por eso insiste en la separación entre soporte y relleno. El soporte concentra aquello que, por razones estructurales, técnicas o urbanas, no puede modificarse fácilmente. El resto debería tener un grado de indeterminación mayor. La discusión contemporánea sobre vivienda adaptable, por ejemplo, sigue lidiando con esa tensión entre apertura y viabilidad.

Entonces no se trata de dejar que cada habitante haga lo que quiera, sino de diseñar estructuras que anticipen la posibilidad de cambio.

Exacto. Hablar de soportes no es renunciar al orden, sino redefinirlo. En lugar de imponer una configuración única, el proyecto establece un marco que, aun siendo firme, admite múltiples configuraciones posibles. Esa idea ha influido en muchas propuestas posteriores de vivienda incremental, ampliable o transformable, incluso cuando no se menciona directamente a Habraken.

Y en el contexto actual de vivienda, ¿por qué seguir leyendo esta teoría?

Porque varios de los problemas que la originaron siguen vigentes, aunque se presenten con otros nombres: producción masiva de conjuntos homogéneos, poca capacidad de adaptación de la vivienda colectiva, separación radical entre quienes la diseñan y quienes la habitan. La teoría de los soportes ofrece una herramienta conceptual para discutir hasta qué punto los proyectos contemporáneos incorporan el tiempo, la diversidad de modos de vida y la capacidad de decisión de los habitantes, o si siguen entendiendo la vivienda como producto cerrado.

Entonces la pregunta que deja abierta no es solo “cómo diseñar soportes”, sino “cómo distribuir el poder de decidir en la vivienda”.

Exactamente. Esa es, en el fondo, la cuestión política que recorre la propuesta. La teoría de los soportes obliga a la arquitectura a mirar más allá del momento de la entrega de llaves y preguntarse quién podrá seguir transformando el lugar, bajo qué reglas y con qué límites. Cuando el diseño se concibe como sistema abierto, el habitar deja de ser un mero uso y se vuelve, otra vez, un acto productivo.

Ahora sí siento que la teoría aparece menos como curiosidad histórica y más como un instrumento para pensar la vivienda que queremos hoy.

Ese debería ser el propósito de recuperarla: no repetir su vocabulario, sino usarla como lente para interrogar la manera en que seguimos produciendo vivienda colectiva y la medida en que permitimos —o no— que quienes la habitan puedan realmente apropiársela y transformarla.



Bibliografía:

Habraken, N. (2000). El diseño de soportes. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=300231

sábado, 10 de diciembre de 2022

Proyectar la periferia

Primero, ¿Qué es la periferia?

En pocas palabras, periferia es un concepto reciente, una situación que está en las partes exteriores de la ciudad, aunque también hay periferias dentro de la ciudad, sobretodo en centros históricos que no se han adaptado a las dinámicas de lo contemporáneo, se han vaciado y, se han transformado en tejidos marginales.

Pero ¿Por qué proyectar la periferia?

Porque estos lugares marginales, en donde se da la ampliación de la ciudad, se deben dignificar, se deben ligar a la identidad, la memoria y características morfológicas del lugar.

Es decir que, los urbanistas deben proyectar esos espacios libres, para que sean usados en una posible ampliación futura de la ciudad, ¿cierto?

Exacto, a través de proyectos que previenen los costos excesivos de infraestructura sanitaria, de movilidad y de transporte, planificando con un carácter urbano, un proyecto que explica claramente este concepto es la Quinta da Malagueira de Álvaro Siza en Évora, planificado y construido por los años 70's; es un conjunto de vivienda que se alinea al paisaje, tiene espacios públicos abiertos y usa el sistema de Mat Building como estrategia para formar el tejido urbano. 

A raíz de la articulación de viviendas repetitivas, una elección ligada a la memoria y la identidad del lugar, se propone un tipo de vivienda tradicional del campo portugués de color blanco en predios iguales y con grandes espacios públicos con jardines y lugares abiertos diseñados exclusivamente para este lugar agrícola.

Comprendo que fueron viviendas de interés social, pero con mucha calidad en los espacios interiores que tienen variaciones en planta, lo que rompe la monotonía y el sentido de intervención masiva, para dar a los habitantes el carácter unitario.

Correcto, hay varios tipo de vivienda con la posibilidad de ser un soporte que se adapte y evolucione en función de las necesidades de sus ocupantes. Un proyecto planificado para proyectar la periferia y que se encuentra vigente hasta la actualidad.










Bibliografía:
Duque, K. (2012). Quinta da Malagueira / Álvaro Siza. Recuperado de: https://www.archdaily.cl/cl/02-140004/clasicos-de-arquitectura-quinta-da-malagueira-alvaro-siza

jueves, 10 de noviembre de 2022

Crear barrio

Recuerdo que hablaste de la época de la arquitectura realista, la que critica a la arquitectura moderna, y que busca proyectar respuestas a las reales necesidades sociales, que buscó nuevas teorías sistémicas, como la teoría de los mat-buildings y los clústers, es decir, los encajes urbanos, ¿Esta voluntad de hacer ciudad generó intervenciones que construyeron ciudad?

Que buen resumen de esa época, se puede decir que, la aportación de Jane Jacobs y Dolores Hayden, dos mujeres que criticaron la ciudad basándose en la época de arquitectura moderna, la ciudad funcionalista, buscaban un urbanismo que genere hábitat mucho más humano, buscando crear barrios. 

Y con sus críticas se generaron varios proyectos, como bloques con diferentes tipos de viviendas y espacio público, como las calles en el aire del proyecto mexicano de Sánchez Arquitectos en el conjunto Integración Latinoamericana en la ciudad de México.

¿Hay otros proyectos que generaron barrio?

Sí, como el conjunto de viviendas de Alejandro Zhon, CTM de la ciudad de Guadalajara, con sus espacios intermedios, que relacionan la dimensión privada con la dimensión pública, y los bloques de vivienda desalineados que generan un sentimiento de identificación para su población, la planta baja se relaciona con la ciudad y las esquinas de los bloques son lugares de flujo y cruces, que tienen la intención de conexión social.

Comprendo, la parte baja de la vivienda es la que representa la extensión de la vivienda hacia la ciudad.





Bibliografía:
Brau, G. (2021). ALEJANDRO ZOHN: VIVIENDA COLECTIVA COMO PROYECTO URBANO Y SOCIAL: Análisis de la Unidad Habitacional Avenida del Trabajo CTM “Fidel Velázquez”. Arquitectura Y Sociedad, 1(20), 74–95. https://doi.org/10.29166/ays.v1i20.3494

lunes, 10 de octubre de 2022

Encajes urbanos - Los mat building

Si la época moderna separó los usos de la ciudad, ¿qué hicieron los arquitectos de esa época?

En 1974, Alison Smithson, quien fue parte del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna – CIAM, criticaban la arquitectura moderna porque ésta no respondía a las necesidades reales de la sociedad y de la ciudad, por lo tanto, empezaron a buscar una forma para volver a la esencia, es decir, que las ciudades tengan relación con la sociedad que las habita, así empezaron a investigar nuevas formas de soluciones que la zonificación.

¿Qué solución encontraron?

Como te comento, las ciudades estaban sectorizadas y Alison empezó a crear conexiones de todas las zonas de la ciudad con un concepto que llamó mat-building, era un sistema dentro de la visión de la arquitectura realista.

¿Y qué es mat-building?

Es una teoría que tiene tres características: debe crecer y/o decrecer, cambiar en el tiempo y todas sus partes tienen que estar absolutamente interconectadas entre ellas, como las reglas de un sistema orgánico.

Consiste en la reiteración de intersecciones que generan una alfombra de relaciones, rompiendo el paradigma de la zonificación. Se puede generar con dos estrategias: agregando módulos y generando una retícula que responda a un contexto.

Comprendo, y ¿lo aplicaron en algún proyecto?

Un claro ejemplo es el proyecto para el Hospital de Venecia de Le Corbusier en 1965, el planteamiento del edificio es un reflejo de la ciudad, con lo que se convierte en una extensión y no es un edificio aislado.

En conclusión, es una alfombra de funciones urbanas.

Exacto, los mat-building nos llevan a pensar en un tipo de diseño que se libera de la forma, para evidenciar una manera de habitar variable, que relaciona la libertad del individuo y sus funciones, como un sistema orgánico que se adapta en el tiempo, por lo que no se puede decir que es un objeto terminado sino cambiante, es más vivencial que visual.






Bibliografía:
Ocampo, J, (2020). El mat-building aplicado en vivienda. Recuperado de: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cvyu/article/view/32969
Smithson, A. (1974, septiembre). How to recognize and read mat-building: mainstream architecture as it has developed towards the mat-building.

sábado, 10 de septiembre de 2022

La arquitectura moderna y el día que murió

¿Cómo? ¿La arquitectura moderna murió?

Sí, casi como si lo estuviera viviendo, te puedo contar que por allá en 1972, la arquitectura modera dejó escombros, luego de extinguir de golpe al Pruitt Igoe, un edificio de vivienda colectiva, cuya construcción representaba el nacimiento de un nuevo paradigma (me refiero a la ruptura de estilos, la supresión de cualquier ornamento, la depuración de líneas, los usos de geometrías, las paletas neutras, entre otros); este edificio fue construido con los requisitos que se plasmaron en la Carta de Atenas de 1933, que agrupaba en un manifiesto las grandes ideas del funcionalismo y de la zonificación de la ciudad, dividiéndola por un lado la vivienda, por otro el transporte, el trabajo, el ocio, sin tomar en cuenta el sentimiento de desarraigo que provocaron en las personas de aquella época, quitándoles sus barrios, su identidad, su cultura y su dinámica social.

Comprendo que el problema fue pasar por alto la complejidad de la ciudad, la diversidad y la gente, ¿será que el fracaso fue por la obsesión de negar la identidad del individuo en la ciudad?

Según Ana Ferre, la aplicación real de las teorías de la arquitectura moderna, tuvieron problemas porque pasaban por alto las complejidades de la ciudad, la diversidad y la gente, cómo tu dices, "el individuo", ese modelo moderno fracasó por esa negación. 

Además consideraban a la escala de la ciudad, muy distinta al de la ciudadanía, en conjunto con la zonificación por usos, cambió la dinámica de la ciudad pero no la mejoró.

¿Y qué sigue luego de la arquitectura moderna?

Pienso que lo mejor será enfocarse en el presente y, en lo qué si podemos solucionar, no importa qué vino luego de la arquitectura moderna, sino qué esta sucediendo hoy en día, cuándo las dinámicas sociales tienen núcleos familiares diversos, que necesitan viviendas sostenibles y que puedan ser modificadas en el tiempo, adaptándose al crecimiento de los asentamientos humanos, tomando en cuenta sus características climáticas, geográficas, físicas y sociales, es decir, viviendas reales, para personas reales.




Bibliografía:
Pujades Arquitectura, (2012). La muerte de la Arquitectura moderna. Recuperado de: https://www.pujadesarquitectura.com/arquitectura-moderna
Hernández, A. (2015). El día que murió la arquitectura moderna. Recuperado de: https://arquine.com/el-dia-que-murio-la-arquitectura-moderna
Ferre, A. (2005). Podcast Teoría de la Arquitectura, . Recuperado de: Spotify

miércoles, 10 de agosto de 2022

La ciudad compacta como modelo de desarrollo sostenible

Hace varios meses que esperaba esa explicación sobre la compacidad

Las nociones de desarrollo sostenible, incluyen el debate del contenido de varios temas relacionados con los problemas ambientales en la ciudad, y buscar la compacidad. Muchas ciudades están tomando el modelo de ciudad compacta como referente para el desarrollo urbanístico, es decir, una ciudad que se enfoque en la cohesión social, que permita el uso comunitario del espacio público, que incentive la diversidad de usos, en donde prime el interés común sobre el interés particular, es decir, la convivencia.

Pero, ¿entonces las ciudades no tenían este modelo compacto?

Bueno, se considera que no eran compactas porque privilegiaban el interés particular sobre el colectivo, varias ciudades tienen barrios con baja densidad, es decir, que pocas personas ocupan mucho espacio, lo que provoca que sea distante conectarse un barrio con otro, y esto a su vez obliga a movilizarse en vehículos, por consiguiente, promueve la contaminación ambiental, esto se conoce como ciudad dispersa o difusa.

Comprendo que, el modelo de ciudad difusa es contaminante y, se debe promover la ciudad compacta, pero ¿cómo sé cuándo una ciudad es compacta?

Según Rueda, hay 5 ejes para que una ciudad sea compacta: compacidad (alta densidad, por lo tanto, proximidad y cercanía entre actividades, instituciones y ciudadanía), complejidad (diversidad en el uso de suelo, es decir, lugares de comercio, de empleo, de convivencia), eficiencia (usar la energía, el agua y el tratamiento de residuos responsablemente, es decir, respetar las capacidades de carga natural y artificial de la ciudad, por medio de la participación colectiva), integración socio espacial (convivencia con diversidad social, promoviendo el contacto, el intercambio y la comunicación), verde urbano (la vegetación que ayuda a la conservación de la biodiversidad).

En conclusión, la ciudad es el espacio para relacionarnos socialmente, en donde es necesaria la participación colectiva para el bien común y la ciudad compacta es considerada el modelo ideal para lograr esos espacios sostenibles.

Correcto, y recuerda que para Glaeser “la especie humana es profundamente social”, entonces siempre hay que velar el bien común sobre el particular.

Bibliografía:
Alarcon, J. (2020). The compact city and the dispersed city: An approach from the perspectives of coexistence and sustainability. Recuperado de: http://scielo.senescyt.gob.ec/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2528-79072020000200001#B24
Glaeser, E. (2011). El Triunfo de las ciudades. Madrid, España: Penguin Random House Grupo Editorial. S.A.U.
Rueda, S. (2005). Un nuevo urbanismo para una ciudad más sostenible, I Encuentro de Redes de Desarrollo Sostenible y de Lucha contra el Cambio Climático. Victoria, Gasteiz.

domingo, 10 de julio de 2022

BACS - Un barrio compacto sustentable

El concepto para sustentabilidad está en construcción, porque cada vez más variables se incorporan al tema, además, está directamente relacionado con la reducción drástica de recursos naturales y el cambio climático, a causa de la contaminación.

El planeta se está volviendo insostenible, y las ciudades cada vez están en crecimiento, lo que consume más el suelo (agrícola, de protección, entre otros) y se produce un fenómeno de alejamiento del centro de la ciudad hacia la periferia.

Es así como, la mancha urbana, no tiene relación con el crecimiento de la población y esto provoca que existan zonas céntricas que están dotadas de todos los servicios, pero que no tienen población y se genera inequidad en las zonas periféricas, porque no cuentan con todos los servicios pero tienen exceso de población fija. Ocupamos más espacio del que realmente necesitamos.

¿A qué te refieres con un barrio compacto sustentable?

Nos referimos a la conformación de características que debe tener un barrio para generar compacidad, diversidad de usos, verde urbano y movilidad dirigida al peatón.

El estudio urbano de la imagen inferior se realizó en el barrio Ponceano Bajo, ubicado al norte de Quito, con información primaria, información secundaria, entrevistas, mapeo y observación.

Se generaron propuestas en las temáticas antes mencionadas, para intentar planificar un barrio compacto sustentable en beneficio de la población, al ser un ejercicio académico el proyecto no ha sido implementado.

En la imagen que se comparte, está el antes y después de tres vías principales del barrio, dando prioridad a la movilidad a pie y en silla de ruedas.

Bibliografía:
Gómez, J. & Mesa, A. (2017). Determinación de densidades urbanas sostenibles. ISSN 0717-5051
Higueras, E. (2009). El reto de la ciudad habitable y sostenible. Madrid: DAPP.
Hurtado D. (2016). Manual de diseño de calles activas y caminables.
Marín, P. (2012). Modelos urbanos sostenibles. Málaga: Servicio de Programas del Ayuntamiento de Málaga - Observatorio de Medio Ambiente Urbano.
Rueda, S. (2011). El urbanismo ecológico. Barcelona: Agencia d'Ecologia urbana de Barcelona.

viernes, 10 de junio de 2022

Hábitat urbano, vivienda y espacio público. El collage de la casa como ciudad y la ciudad como casa

¿Supongo que este collage representado en corte, representa tu pensamiento urbano, y por eso lo llamaste domesticar la ciudad?

Exacto, toda cimentación de la ciudad empieza por esa sociedad diversa y cotidiana, de cada una de las personas, desde la escala humana. 

En el nivel 1 ubiqué la vivienda, ese lugar que nos da seguridad y confort y que genera barrio en el nivel 2, para dar paso al nivel 3 la calle, es decir, esa transición con el espacio público, aunque desde la puerta de nuestra vivienda ya se considera espacio público. 

Sigo subiendo al nivel 4, representado en corte para facilitar el análisis, se encuentran los cruces, que en mi pensamiento, deben tener prioridad para el peatón y no para el auto. 

Finalmente, en el último nivel se encuentra el espacio público, un lugar importante porque es donde se unifican todas las interacciones sociales que forman una ciudad, con la vista desde lo doméstico y cotidiano.

martes, 10 de mayo de 2022

El DUG - Diagnóstico Urbano con perspectiva de Género

El DUG contiene una serie de preguntas elaboradas por el Colectivo Punt 6 y que ayuda a generar un análisis de una ciudad desde el punto de vista cotidiano, desde su gente y desde la experiencia de recorrer las calles.

¿Y aplicaste ese diagnóstico en alguna localidad de Ecuador?

01. Vida cotidiana: En el gráfico se muestran los resultados del análisis que realizamos en San Juan de Ilumán, ubicado en la provincia de Imbabura al norte del Ecuador. Primero se hizo un mapeo de la vida cotidiana en cuatro esferas: productiva (producción de bienes y servicios en donde se recibe un salario), reproductiva (actividades de cuidado, sobretodo domésticas), propia (desarrollo personal, deporte, ocio, tiempo libre) y política (participación social, cultura y política).

02. Evaluación: Le sumamos las preguntas con perspectiva de género divididas en seis ámbitos: participación, espacio público, vivienda, equipamientos, movilidad y seguridad, en el caso de estudio obtuvimos más respuestas negativas que positivas y las graficamos en una rueda de análisis.

03. Diagnóstico y Conclusiones: El resultado de los análisis anteriores se condensan en cinco cualidades que debería tener la ciudad: proximidad, diversidad, autonomía, vitalidad y representatividad.

Este estudio nos ayudó a identificar los puntos críticos de la ciudad y plantear soluciones urbanas para mejorar la calidad de vida de las personas de San Juan de Ilumán, desde su vida diaria, desde lo cotidiano.


Bibliografía: 
Casanovas, R., Ciocoletto, A., Fonseca M., Gutiérrez, Z., & Ortiz, S. (2014). Mujeres trabajando. Recuperado de: https://punt6.wordpress.com
Ciocoletto, A. (2014). Espacios para la vida cotidiana. Auditoría de calidad urbana con perspectiva de género. Recuperado de: http://www.punt6.org/wp-content/uploads/2016/08/EspaciosParalaVidaCotidiana.pdf

domingo, 10 de abril de 2022

Habitar el presente: sociedad, ciudad, tecnología y recursos y conexiones

Yo vi que estabas haciendo una ficha de habitar el presente, y eso ¿qué es?

Para analizar un proyecto de vivienda colectiva, tienes varios indicadores para identificar si cumple con las condiciones de hábitat presentes. Esta ficha sirve como herramienta para proyectar un lugar dónde vivir cómodamente y que responda a valores de sostenibilidad.

Como sabemos, no hay recetas ideales para lograr proyectos de vivienda perfectos, pero sí hay parámetros diversos, y se espera que mínimo se cumplan cuatro ámbitos: sociedad, ciudad, tecnología y recursos.

Pero la ficha que hiciste no era de esos cuatro ámbitos, ¿de qué era?

¿Te refieres a esta ficha de accesibilidad y conexiones?


Sí, la ficha que hablaba de movilidad, aceras, pasillos y la ciudadanía.

Luego de analizar algunos proyectos de vivienda social, me di cuenta que hay varios temas que podrían formar parte de otros ámbitos. Pienso que, podrían haber más y entonces pensé en las conexiones y la accesibilidad que deberían tener toda vivienda colectiva.

En primer lugar, la capacidad de satisfacer las necesidad de movilidad peatonal, en bicicleta, en transporte público y en privado. Luego que las aceras que rodean al proyecto cumplan parámetros de accesibilidad universal, que permitan que una persona no vidente, en silla de ruedas, con bastón o con un coche de bebé pueda circular sin problemas. Que los pasillos comunales y los interiores permitan la circulación horizontal de todas y todos; así mismo la circulación vertical permita salvar desniveles por medio de rampas, ascensores, o salva escaleras y finalmente, que la ciudadanía forma parte del proceso de diseño, es decir, que se genere una conexión social y con es una apropiación del lugar.

Entonces, las herramientas de habitar el presente, te permiten identificar puntos a mejorar en la vivienda colectiva y si está en proceso de diseño, son puntos que deben tomarse en cuenta para generar espacios en donde la ciudadanía si quiera vivir.









Bibliografía:
Ministerio de Vivienda. (2006). Habitar el presente. Recuperado de: https://issuu.com/laboratoriovivienda

jueves, 10 de marzo de 2022

La ciudad paseable de Pozueta, Lamíquiz y Porto

Ahora me pregunto, ¿Cuál es la forma sostenible de movilizarse por una ciudad?

La manera más sostenible de movernos por una ciudad la tenemos a nuestro alcance, nuestros pies y quien no puede caminar de seguro tiene a su confiable silla de ruedas para desplazarse solo o acompañado a cualquier lugar o algún elemento que le permita llegar a su destino. Aunque también compartimos ese espacio de desplazamiento con bicicletas, transporte público y vehículos particulares.

Y ¿tiene ventajas eso de desplazarse?

Ahora, el calentamiento global y el cambio climático que éste provoca se han vuelto una amenaza para una serie de especies, incluida la especie humana. Por lo que debemos buscar la sostenibilidad ambiental y cuando caminamos, ganamos mucha ventaja, reducimos los niveles de dióxido de carbono que es uno de los tantos responsables de subir la temperatura del planeta, no generamos ruido y no consumimos combustibles fósiles, que es un recurso no renovable. Además, ganamos puntos a favor de nuestra salud y nuestra condición física, es decir que reducimos enfermedades producidas por el sedentarismo como diabetes, presión alta, obesidad, ataques al corazón, entre un montón más. Aparte que ahorramos dinero y ganamos experiencias sensoriales y sociales.







Bibliografía (APA):
Pozueta, J., Lamíquiz, F., Porto, M. (2013). La ciudad paseable. Recuperado de: https://urbanitasite.files.wordpress.com/2020/01/pozueta-lamiquiz-y-porto-la-ciudad-paseable.pdf