Bibliografía:
Porter, M. E. (1998). Clusters and the new economics of competition. Harvard Business Review, 76(6), 77–90.
Elizagarate, V. (s. f.). Los clústers urbanos como instrumento de la promoción empresarial e innovación territorial. http://www.victoriaelizagarate.com/wp-content/uploads/2017/08/LOS-CLUSTERS-URBANOS-COMO-INSTRUMENTO-DE-LA-PROMOCI%C3%93N-I.pdf
González, R. (2017). Una crítica al paradigma de desarrollo regional mediante clusters industriales forzados. Ágora, 17(2), 239–256. https://agora.edu.es/descarga/articulo/6164315.pdf
Quienes proyectamos y estudiamos la ciudad somos cazadores de espacio: diseñamos, construimos y compartimos experiencias en territorios también virtuales. Aquí, en este blog, se abre una conversación entre dos personas, dos miradas que observan, comparan y discuten temas sobre la ciudad. Es un espacio intangible en su soporte, pero lleno de contenido: memorias, ideas y críticas. Un espacio que aproxima sin borrar la distancia. Un lugar de proximidad. Un espacio intermedio.
10/12/2022
¿Los clústers urbanos construyen ciudad o solo reorganizan la competitividad dentro de ella?
He escuchado mucho eso de los clústers urbanos, pero no termino de entenderlo. ¿Qué son exactamente?
En términos generales, un clúster urbano es una concentración territorial de actividades, empresas, instituciones, conocimiento e infraestructuras vinculadas entre sí dentro de la ciudad o de un área metropolitana. La idea es que la proximidad genere ventajas: intercambio de información, especialización, cooperación, innovación y una masa crítica capaz de dinamizar la economía urbana.
O sea que la cercanía física sigue importando, incluso en una economía muy digitalizada.
Exactamente. Esa es una de las premisas del concepto. La proximidad no solo reduce costos, también favorece redes formales e informales, circulación de conocimiento tácito y articulaciones entre empresas, universidades, gobiernos y actores locales. Por eso muchas ciudades han promovido clústers culturales, tecnológicos, creativos o productivos como estrategia de desarrollo urbano y económico.
Entonces suena como una herramienta muy positiva.
Puede serlo. El discurso del clúster suele presentarse como si toda concentración especializada produjera automáticamente innovación, desarrollo y beneficios colectivos. Y no siempre ocurre así.
¿Qué problemas puede generar?
Varios. La sobreespecialización puede volver frágil a un territorio si depende demasiado de un solo sector. También pueden aumentar el precio del suelo, la competencia por recursos, la homogeneización económica y la exclusión de actividades o poblaciones que no encajan en la identidad productiva promovida por el clúster.
O sea que un clúster urbano no es solo un motor económico; también transforma el espacio.
Exactamente. Y ese punto es central en urbanismo. Un clúster no se instala en el vacío: reorganiza centralidades, atrae inversiones, modifica usos del suelo, cambia el valor inmobiliario y puede alterar profundamente el tejido social de un barrio o de una zona de la ciudad. Por eso no basta con medir su éxito en términos de competitividad o innovación; también hay que mirar sus efectos urbanos y distributivos.
Entonces puede incluso favorecer procesos de exclusión.
Sí. En varios casos, especialmente en clústers culturales o distritos creativos, la retórica de la revitalización ha convivido con desplazamiento, turistificación, encarecimiento y pérdida de diversidad social. Lo que se presenta como regeneración puede terminar funcionando como una forma sofisticada de selección territorial.
Entonces el problema no es la concentración en sí misma, sino cómo se gobierna.
Exactamente. Un clúster puede ser valioso si se articula con políticas urbanas amplias, acceso equitativo a oportunidades, infraestructura pública, mezcla funcional y mecanismos que eviten capturas excluyentes del territorio. Pero si se lo fuerza artificialmente o se lo deja operar solo como estrategia de promoción económica, puede producir una ciudad más especializada, sí, pero también más desigual y menos diversa.
Entonces tampoco habría que confundir clúster con barrio o con comunidad urbana.
Exactamente. Ese es otro matiz importante. La proximidad económica no equivale automáticamente a vida urbana compartida, ni la concentración de talento produce por sí sola tejido social. Un clúster puede activar una zona, pero no necesariamente construir ciudad en sentido pleno si no fortalece espacio público, integración, accesibilidad y vínculos con el resto del tejido urbano.
10/11/2022
Crear barrio: una conversación sobre vivienda colectiva y ciudad
Recuerdo que hablaste de esa etapa crítica de la arquitectura moderna, cuando algunos arquitectos y urbanistas empezaron a buscar respuestas más cercanas a las necesidades reales de la sociedad. También mencionaste teorías sistémicas como los mat-building. ¿Esa voluntad de hacer ciudad llegó a traducirse en intervenciones que de verdad construyeran barrio?
Sí, y esa es justamente la pregunta importante. No se trataba solo de corregir la forma del edificio, sino de replantear la relación entre vivienda, espacio público, vida cotidiana y tejido urbano. La crítica de autoras como Jane Jacobs y Dolores Hayden ayudó a desplazar el foco desde la vivienda como unidad aislada hacia el barrio como estructura de convivencia, diversidad y soporte de la vida diaria.
Entonces “crear barrio” no significa simplemente agrupar viviendas.
Ese es el primer punto que conviene aclarar. Un barrio no nace por acumulación de bloques, sino por la posibilidad de sostener relaciones, recorridos, apropiaciones, mezcla de usos, reconocimiento mutuo y continuidad entre lo doméstico y lo urbano. Por eso la vivienda colectiva solo construye ciudad cuando deja de pensarse como enclave y empieza a actuar como parte activa del tejido urbano.
Y ahí encajan mejor las críticas de Jacobs y Hayden.
Sí. Jacobs defendió la mezcla de usos, la vitalidad de la calle, las manzanas pequeñas y la densidad de relaciones cotidianas como condiciones de una vida urbana viva. Hayden, por su parte, amplió la crítica al mostrar que muchas formas urbanas modernas y suburbanas ignoraban tareas de cuidado, desigualdades de género y redes comunitarias, de modo que pensar el barrio implicaba también repensar cómo se organiza la reproducción cotidiana de la vida.
Entonces “crear barrio” también es una cuestión política, no solo espacial.
Exactamente. Y ahí aparece la tensión más interesante. Durante mucho tiempo se creyó que bastaba con introducir plazas, circulaciones comunes o espacios intermedios para producir comunidad. Pero la vida barrial no surge automáticamente de la forma arquitectónica; depende también de gestión, uso, mezcla social, mantenimiento, accesibilidad y capacidad de los habitantes para apropiarse de esos espacios.
O sea que un proyecto puede verse muy urbano y aun así no producir barrio.
Sí. Ese es el riesgo. Muchos conjuntos de vivienda colectiva prometieron comunidad a través del diseño, pero terminaron funcionando como piezas autónomas o como infraestructuras residenciales sin espesor urbano. Por eso, cuando un proyecto se acerca más a la idea de barrio, lo importante no es solo que tenga espacio libre, sino cómo articula lo privado, lo semipúblico y lo público, cómo toca la calle, cómo genera cruces y cómo se inserta en la ciudad existente.
Y ahí entra el caso de Alejandro Zohn.
Exactamente. En el análisis de la unidad habitacional CTM “Fidel Velázquez”, Brau muestra cómo Zohn entendía la vivienda colectiva como proyecto urbano y social, no solo como problema tipológico. El valor del conjunto está en la articulación entre espacios públicos y semipúblicos, en su voluntad de encajarse en el contexto y en la búsqueda de relaciones humanas más cercanas mediante calles, quiebres, encuentros y continuidad con la ciudad.
Entonces la planta baja importa mucho.
Muchísimo. La planta baja es decisiva porque es el lugar donde la vivienda deja de ser pura interioridad y entra en contacto con la ciudad. Allí se juega la posibilidad de extender la vida doméstica hacia lo colectivo sin disolverla, y de convertir el conjunto en parte del barrio en lugar de separarlo de él.
Pero tampoco habría que romantizarlo, ¿no?
Ese es el matiz crítico que conviene sostener. No todo espacio intermedio crea comunidad, no todo bloque desalineado genera identificación y no toda voluntad de conexión social se traduce en barrio vivido. La arquitectura puede ofrecer condiciones favorables, pero el barrio siempre excede al proyecto: se produce también en el tiempo, en el conflicto, en el uso, en la mezcla y en la posibilidad de permanencia de quienes lo habitan.
Entonces “crear barrio” no es diseñar una imagen urbana amable.
No. Crear barrio significa proyectar condiciones para que la vivienda colectiva participe de la ciudad y no se limite a ocupar suelo dentro de ella. Y eso exige algo más difícil que una buena composición: exige pensar la vivienda como infraestructura de relaciones sociales, de proximidad cotidiana y de urbanidad compartida.
Bibliografía:
Brau, G. (2021). ALEJANDRO ZOHN: VIVIENDA COLECTIVA COMO PROYECTO URBANO Y SOCIAL: Análisis de la Unidad Habitacional Avenida del Trabajo CTM “Fidel Velázquez”. Arquitectura Y Sociedad, 1(20), 74–95. https://doi.org/10.29166/ays.v1i20.3494
10/10/2022
Encajes urbanos: ¿puede la arquitectura dejar de ser objeto aislado para volverse soporte de relaciones cambiantes?
Si la época moderna separó los usos de la ciudad, ¿Qué hicieron algunos arquitectos de ese mismo tiempo para responder a ese problema?
Algunos empezaron a desconfiar de la zonificación funcionalista y de la idea de que la ciudad podía ordenarse como un sistema de piezas separadas y perfectamente previsibles. Alison Smithson, dentro del clima crítico que siguió al CIAM y a la revisión impulsada por Team 10, buscó otras formas de pensar la relación entre arquitectura, crecimiento, uso y vida cotidiana.
¿Y ahí aparece el concepto de mat-building?
Sí. El mat-building no es simplemente una forma arquitectónica extendida en horizontal, sino una manera de proyectar basada en interconexión, crecimiento, cambio y orden interno abierto. Smithson lo describía como un tipo de edificio capaz de “personalizar el anónimo colectivo”, donde un nuevo orden cambiante, basado en patrones densos de asociación, permite crecimiento, disminución y transformación en el tiempo.
O sea que no se trata de un objeto terminado, sino de un sistema.
Exactamente. Esa es una de sus claves más potentes. El mat-building rompe con la obsesión por la forma cerrada y autosuficiente, y se acerca a una lógica más combinatoria, relacional y adaptable. Por eso muchas veces se lo entiende como una “alfombra” de relaciones, más interesada en los encajes entre partes que en la imagen final del edificio como pieza aislada.
Entonces ahí ya hay una crítica clara a la ciudad moderna sectorizada.
Sí. Los mat-building rechazan la separación rígida entre usos y también la fractura entre arquitectura y urbanismo. Frente al urbanismo racionalista que segregaba funciones y producía objetos desligados del tejido urbano, proponen una continuidad más compleja entre circulación, ocupación, crecimiento y contexto.
¿Y eso se aplicó realmente en algún proyecto?
Sí, aunque no siempre del mismo modo. Uno de los paradigmas más citados es la Freie Universität de Berlín, de Candilis, Josic y Woods, que suele considerarse un ejemplo canónico del mat-building por su baja altura, alta densidad, orden interno fuerte e indeterminación formal. También se ha leído en esa clave el Hospital de Venecia de Le Corbusier, donde el edificio deja de pensarse como objeto autónomo y empieza a operar como una extensión del tejido urbano.
Entonces el mat-building parece una respuesta muy fértil: crecimiento, cambio, interconexión, libertad de uso.
Lo es, pero ahí aparece la tensión crítica. Si se lo celebra demasiado rápido, puede parecer que basta con producir una retícula flexible o una agregación modular para resolver el problema del habitar contemporáneo. Y no es así. La flexibilidad espacial no garantiza por sí sola libertad real, ni adaptación social, ni justicia urbana.
O sea que un sistema abierto también puede seguir siendo muy abstracto.
El mat-building critica con razón el objeto cerrado y la zonificación dura, pero puede seguir operando desde una lógica estructural muy controlada si no incorpora realmente la conflictividad, la desigualdad, la apropiación cotidiana y las condiciones materiales del cambio en la vida urbana. En otras palabras, no toda arquitectura transformable es necesariamente más democrática o más habitable.
Entonces el valor del mat-building no está solo en su forma, sino en la pregunta que abre.
Su importancia está en haber desplazado el foco desde el edificio como imagen al edificio como campo de relaciones. Pero su vigencia actual depende de si esa apertura se entiende no solo como capacidad técnica de crecimiento o cambio, sino como posibilidad de alojar vidas diversas, usos imprevisibles y formas menos rígidas de producir ciudad.
Entonces, más que una alfombra de funciones, sería una estructura de posibilidades.
Sí, y esa formulación es mejor. Porque si decimos solo “alfombra de funciones”, corremos el riesgo de volver al lenguaje funcionalista que precisamente quería superarse. En cambio, entendido como una trama de relaciones espaciales y programáticas capaz de crecer, transformarse y alojar usos cambiantes, el mat-building sigue siendo sugerente porque nos obliga a pensar una arquitectura menos obsesionada con el objeto terminado y más atenta al tiempo, al uso y a la mutabilidad del habitar.
Bibliografía:
Ocampo, J, (2020). El mat-building aplicado en vivienda. Recuperado de: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cvyu/article/view/32969
Smithson, A. (1974, septiembre). How to recognize and read mat-building: mainstream architecture as it has developed towards the mat-building.
10/09/2022
¿La arquitectura moderna murió por su forma o por la arrogancia de creer que podía ordenar la vida social desde arriba?
¿Cómo que la arquitectura moderna murió?
Esa es una de las frases más famosas de la crítica arquitectónica, cuando comenzaron las demoliciones del conjunto de vivienda Pruitt-Igoe en 1972. La frase es potente, pero también simplificadora.
O sea que no se trata de una muerte literal, sino simbólica.
Exactamente. Pruitt-Igoe se convirtió en símbolo del fracaso de ciertas promesas del movimiento moderno: orden racional, vivienda colectiva estandarizada, zonificación funcional y confianza en que una nueva forma urbana podía corregir los males de la pobreza y del deterioro urbano. Su demolición fue leída como la prueba de que ese paradigma había llegado a un límite.
Y ahí entra también la Carta de Atenas y toda esa idea de dividir la ciudad por funciones.
Sí. La modernidad urbana más ortodoxa apostó por separar habitar, trabajar, circular y recrearse, y por organizar la ciudad según criterios funcionales y abstractos. El problema es que esa claridad técnica muchas veces ignoró la complejidad de la vida urbana real: la mezcla de usos, la densidad de relaciones sociales, los vínculos de barrio, la memoria cotidiana y la capacidad de apropiación de los habitantes.
Entonces el fracaso no fue solo formal.
Ese es el primer matiz importante. Sería demasiado fácil culpar únicamente a la geometría, a la supresión del ornamento o al bloque repetido. En Pruitt-Igoe confluyeron diseño arquitectónico, recortes presupuestarios, políticas públicas deficientes, segregación racial, pobreza urbana, mala gestión y abandono institucional.
O sea que usar Pruitt-Igoe como prueba absoluta contra la arquitectura moderna puede ser engañoso.
Sí. Y ahí está la tensión más interesante. El mito de “la muerte de la arquitectura moderna” fue útil para cuestionar el dogmatismo moderno, pero también simplificó el problema al convertir un fracaso histórico complejo en una condena casi total del proyecto moderno. Si todo se explica por la arquitectura, desaparecen del análisis las estructuras sociales y políticas que también produjeron el desastre.
Pero aun así algo sí fracasó en ese modelo.
Sin duda. Fracasó, sobre todo, la confianza excesiva en que la forma correcta podía producir automáticamente una sociedad mejor. Fracasó la reducción de la ciudad a esquema funcional, la idea de que el habitante podía adaptarse sin conflicto a soluciones estandarizadas, y la pretensión de pensar la vivienda como objeto repetible más que como soporte de vidas diversas.
Entonces el problema fue negar al individuo, pero también negar la ciudad real.
No solo se dejó de lado al individuo en abstracto, sino a la ciudad como sistema social complejo. La escala del planeamiento moderno, muchas veces pensada desde la claridad del plano y no desde la experiencia cotidiana, tendió a producir distancia entre la organización técnica del espacio y las formas reales de habitarlo.
¿Y qué sigue después de esa muerte simbólica?
Esa pregunta importa, pero no como simple sucesión de estilos. Lo importante no es repetir que vino la posmodernidad y ya está, sino preguntarse qué aprendimos de ese colapso. Y ahí la lección más fuerte sigue vigente: no podemos seguir proyectando vivienda y ciudad como si las personas fueran unidades abstractas, idénticas y previsibles.
Entonces el presente exige otra forma de pensar la vivienda.
Sí. Hoy la discusión más fértil no pasa por declarar muertos a unos y victoriosos a otros, sino por asumir que la vivienda debe responder a hogares diversos, cambios en el tiempo, condiciones climáticas, contextos sociales y necesidades reales de adaptación. En ese sentido, lo verdaderamente superado no es la modernidad como estética, sino la ilusión de que la complejidad urbana puede resolverse con soluciones universales impuestas desde arriba.
Bien, Pruitt-Igoe no demuestra simplemente que la arquitectura moderna “murió”, sino que fracasó la pretensión de resolver la vida social mediante una forma urbana abstracta, estandarizada y políticamente ciega.
Bibliografía:
Pujades Arquitectura, (2012). La muerte de la Arquitectura moderna. Recuperado de: https://www.pujadesarquitectura.com/arquitectura-moderna
Hernández, A. (2015). El día que murió la arquitectura moderna. Recuperado de: https://arquine.com/el-dia-que-murio-la-arquitectura-moderna
Ferre, A. (2005). Podcast Teoría de la Arquitectura, . Recuperado de: Spotify
10/08/2022
La ciudad compacta: una conversación sobre proximidad, densidad y sostenibilidad
Hace varios meses que esperaba esa explicación sobre la compacidad.
Y con razón, porque es una idea central en muchos debates sobre sostenibilidad urbana. La ciudad compacta aparece como un modelo que busca reducir dispersión, acortar distancias, favorecer la mezcla de usos, fortalecer el espacio público y hacer más eficiente el funcionamiento urbano.
O sea que no se trata solo de meter más gente en menos espacio.
Ese es el primer error que conviene evitar. La compacidad no es hacinamiento ni simple acumulación de edificios; es una forma de organización urbana donde vivienda, trabajo, comercio, equipamientos y servicios mantienen relaciones de proximidad que hacen posible una vida menos dependiente del automóvil y más apoyada en la convivencia cotidiana.
Entonces, cuando se critica a la ciudad dispersa, ¿se la critica por su baja densidad?
Sí, pero no solo por eso. Se la critica porque suele fragmentar el territorio, alargar recorridos, encarecer infraestructuras y reforzar la dependencia del vehículo privado. Cuando las actividades urbanas quedan demasiado separadas, la vida cotidiana se vuelve más costosa en tiempo, energía y recursos, y eso tiene consecuencias sociales y ambientales.
Ahí entiendo mejor por qué la ciudad compacta se presenta como una alternativa sostenible.
Claro. En esa discusión aparecen ideas como las de Rueda: compacidad, complejidad, eficiencia, integración socioespacial y verde urbano. La propuesta no es solo aumentar densidad, sino articular proximidad, diversidad funcional, uso responsable de recursos, mezcla social y presencia de naturaleza en la ciudad.
Entonces suena bastante convincente. ¿Dónde aparece la tensión?
Aparece cuando la ciudad compacta se convierte en consigna. Porque densificar no siempre mejora la ciudad. Una ciudad puede volverse más densa y seguir siendo excluyente, especulativa, cara, desigual o carente de espacio público de calidad. Si la compacidad se reduce a una operación inmobiliaria, deja de ser proyecto urbano y se vuelve simplemente intensificación del suelo.
O sea que una ciudad compacta también puede producir problemas.
Puede hacerlo si concentra población sin ampliar equipamientos, si reduce áreas libres sin mejorar el espacio público, si mezcla usos solo para ciertos sectores sociales o si convierte la proximidad en privilegio de unos pocos. La compacidad solo tiene sentido como ideal urbano cuando se combina con accesibilidad, justicia espacial, servicios suficientes, vegetación y posibilidad real de encuentro entre grupos diversos.
Entonces el problema no es solo cuánta ciudad hay, sino qué tipo de ciudad se compacta.
Exactamente. Esa es la pregunta importante. No toda densidad produce urbanidad, ni toda cercanía produce convivencia. La ciudad compacta vale como horizonte cuando logra sostener vida colectiva, reducir dependencias materiales y energéticas, y ofrecer condiciones urbanas más equitativas.
Entonces tampoco bastaría con repetir que el bien común debe prevalecer sobre el particular.
No basta con repetirlo; hay que materializarlo. La ciudad compacta solo deja de ser una consigna cuando la proximidad, la mezcla de usos, la integración social y el verde urbano se convierten en condiciones efectivas de la vida cotidiana y no en argumentos abstractos de sostenibilidad.
Bibliografía:
Alarcon, J. (2020). The compact city and the dispersed city: An approach from the perspectives of coexistence and sustainability. Recuperado de: http://scielo.senescyt.gob.ec/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2528-79072020000200001#B24
Glaeser, E. (2011). El Triunfo de las ciudades. Madrid, España: Penguin Random House Grupo Editorial. S.A.U.
Rueda, S. (2005). Un nuevo urbanismo para una ciudad más sostenible, I Encuentro de Redes de Desarrollo Sostenible y de Lucha contra el Cambio Climático. Victoria, Gasteiz.
10/07/2022
BACS - Un barrio compacto sustentable
El concepto para sustentabilidad está en construcción, porque cada vez más variables se incorporan al tema, además, está directamente relacionado con la reducción drástica de recursos naturales y el cambio climático, a causa de la contaminación.
El planeta se está volviendo insostenible, y las ciudades cada vez están en crecimiento, lo que consume más el suelo (agrícola, de protección, entre otros) y se produce un fenómeno de alejamiento del centro de la ciudad hacia la periferia.
Es así como, la mancha urbana, no tiene relación con el crecimiento de la población y esto provoca que existan zonas céntricas que están dotadas de todos los servicios, pero que no tienen población y se genera inequidad en las zonas periféricas, porque no cuentan con todos los servicios pero tienen exceso de población fija. Ocupamos más espacio del que realmente necesitamos.
¿A qué te refieres con un barrio compacto sustentable?
Nos referimos a la conformación de características que debe tener un barrio para generar compacidad, diversidad de usos, verde urbano y movilidad dirigida al peatón.
El estudio urbano de la imagen inferior se realizó en el barrio Ponceano Bajo, ubicado al norte de Quito, con información primaria, información secundaria, entrevistas, mapeo y observación.
Se generaron propuestas en las temáticas antes mencionadas, para intentar planificar un barrio compacto sustentable en beneficio de la población, al ser un ejercicio académico el proyecto no ha sido implementado.
En la imagen que se comparte, está el antes y después de tres vías principales del barrio, dando prioridad a la movilidad a pie y en silla de ruedas.
Bibliografía:
Gómez, J. & Mesa, A. (2017). Determinación de densidades urbanas sostenibles. ISSN 0717-5051
Higueras, E. (2009). El reto de la ciudad habitable y sostenible. Madrid: DAPP.
Hurtado D. (2016). Manual de diseño de calles activas y caminables.
Marín, P. (2012). Modelos urbanos sostenibles. Málaga: Servicio de Programas del Ayuntamiento de Málaga - Observatorio de Medio Ambiente Urbano.
Rueda, S. (2011). El urbanismo ecológico. Barcelona: Agencia d'Ecologia urbana de Barcelona.
10/06/2022
Hábitat urbano, vivienda y espacio público. El collage de la casa como ciudad y la ciudad como casa
¿Supongo que este collage representado en corte, representa tu pensamiento urbano, y por eso lo llamaste domesticar la ciudad?
Exacto, toda cimentación de la ciudad empieza por esa sociedad diversa y cotidiana, de cada una de las personas, desde la escala humana.
En el nivel 1 ubiqué la vivienda, ese lugar que nos da seguridad y confort y que genera barrio en el nivel 2, para dar paso al nivel 3 la calle, es decir, esa transición con el espacio público, aunque desde la puerta de nuestra vivienda ya se considera espacio público.
Sigo subiendo al nivel 4, representado en corte para facilitar el análisis, se encuentran los cruces, que en mi pensamiento, deben tener prioridad para el peatón y no para el auto.
Finalmente, en el último nivel se encuentra el espacio público, un lugar importante porque es donde se unifican todas las interacciones sociales que forman una ciudad, con la vista desde lo doméstico y cotidiano.
10/05/2022
El DUG - Diagnóstico Urbano con perspectiva de Género
El DUG contiene una serie de preguntas elaboradas por el Colectivo Punt 6 y que ayuda a generar un análisis de una ciudad desde el punto de vista cotidiano, desde su gente y desde la experiencia de recorrer las calles.
¿Y aplicaste ese diagnóstico en alguna localidad de Ecuador?
01. Vida cotidiana: En el gráfico se muestran los resultados del análisis que realizamos en San Juan de Ilumán, ubicado en la provincia de Imbabura al norte del Ecuador. Primero se hizo un mapeo de la vida cotidiana en cuatro esferas: productiva (producción de bienes y servicios en donde se recibe un salario), reproductiva (actividades de cuidado, sobretodo domésticas), propia (desarrollo personal, deporte, ocio, tiempo libre) y política (participación social, cultura y política).
02. Evaluación: Le sumamos las preguntas con perspectiva de género divididas en seis ámbitos: participación, espacio público, vivienda, equipamientos, movilidad y seguridad, en el caso de estudio obtuvimos más respuestas negativas que positivas y las graficamos en una rueda de análisis.
03. Diagnóstico y Conclusiones: El resultado de los análisis anteriores se condensan en cinco cualidades que debería tener la ciudad: proximidad, diversidad, autonomía, vitalidad y representatividad.
Este estudio nos ayudó a identificar los puntos críticos de la ciudad y plantear soluciones urbanas para mejorar la calidad de vida de las personas de San Juan de Ilumán, desde su vida diaria, desde lo cotidiano.
Bibliografía:
Casanovas, R., Ciocoletto, A., Fonseca M., Gutiérrez, Z., & Ortiz, S. (2014). Mujeres trabajando. Recuperado de: https://punt6.wordpress.com
Ciocoletto, A. (2014). Espacios para la vida cotidiana. Auditoría de calidad urbana con perspectiva de género. Recuperado de: http://www.punt6.org/wp-content/uploads/2016/08/EspaciosParalaVidaCotidiana.pdf
10/04/2022
Habitar el presente: sociedad, ciudad, tecnología y recursos y conexiones
Yo vi que estabas haciendo una ficha de habitar el presente, y eso ¿qué es?
Para analizar un proyecto de vivienda colectiva, tienes varios indicadores para identificar si cumple con las condiciones de hábitat presentes. Esta ficha sirve como herramienta para proyectar un lugar dónde vivir cómodamente y que responda a valores de sostenibilidad.
Como sabemos, no hay recetas ideales para lograr proyectos de vivienda perfectos, pero sí hay parámetros diversos, y se espera que mínimo se cumplan cuatro ámbitos: sociedad, ciudad, tecnología y recursos.
Pero la ficha que hiciste no era de esos cuatro ámbitos, ¿de qué era?
¿Te refieres a esta ficha de accesibilidad y conexiones?
Sí, la ficha que hablaba de movilidad, aceras, pasillos y la ciudadanía.
Luego de analizar algunos proyectos de vivienda social, me di cuenta que hay varios temas que podrían formar parte de otros ámbitos. Pienso que, podrían haber más y entonces pensé en las conexiones y la accesibilidad que deberían tener toda vivienda colectiva.
En primer lugar, la capacidad de satisfacer las necesidad de movilidad peatonal, en bicicleta, en transporte público y en privado. Luego que las aceras que rodean al proyecto cumplan parámetros de accesibilidad universal, que permitan que una persona no vidente, en silla de ruedas, con bastón o con un coche de bebé pueda circular sin problemas. Que los pasillos comunales y los interiores permitan la circulación horizontal de todas y todos; así mismo la circulación vertical permita salvar desniveles por medio de rampas, ascensores, o salva escaleras y finalmente, que la ciudadanía forma parte del proceso de diseño, es decir, que se genere una conexión social y con es una apropiación del lugar.
Entonces, las herramientas de habitar el presente, te permiten identificar puntos a mejorar en la vivienda colectiva y si está en proceso de diseño, son puntos que deben tomarse en cuenta para generar espacios en donde la ciudadanía si quiera vivir.
Ministerio de Vivienda. (2006). Habitar el presente. Recuperado de: https://issuu.com/laboratoriovivienda
10/03/2022
La ciudad paseable de Pozueta, Lamíquiz y Porto: una conversación sobre movilidad, cuerpo y urbanidad
Ahora me pregunto, ¿cuál es la forma más sostenible de movilizarse por una ciudad?
La más básica y, al mismo tiempo, una de las más olvidadas: desplazarse por medios no motorizados, empezando por caminar. Y cuando caminar no es posible en sentido estricto, entran también otros modos de movilidad corporal asistida, como la silla de ruedas o distintos apoyos que permiten recorrer la ciudad de manera autónoma o acompañada.
Entonces la ciudad paseable no se refiere solo al peatón estándar.
Ese es un punto clave. Una ciudad paseable no es solo aquella donde se puede ir a pie, sino aquella donde el espacio urbano está pensado a escala humana, para que desplazarse sin automóvil sea posible, seguro, cómodo, continuo y digno para cuerpos distintos, velocidades distintas y necesidades distintas.
Y ahí supongo que caminar tiene muchas ventajas.
Sí. Caminar reduce la dependencia de combustibles fósiles, disminuye emisiones y ruido, y además aporta beneficios directos a la salud, al reducir el sedentarismo y favorecer una relación más activa con el cuerpo. También tiene otra virtud menos cuantificable: permite una experiencia sensorial y social de la ciudad que desaparece cuando el desplazamiento se reduce a atravesarla encerrados en un vehículo.
Entonces parecería obvio que deberíamos construir ciudades para caminar.
Parecería, pero ahí aparece la tensión. Durante décadas, muchas ciudades se han organizado desde la lógica de la circulación motorizada: más calzada, más velocidad, más distancia, más fragmentación. En ese modelo, el peatón no desaparece del todo, pero queda relegado a sobras espaciales, cruces incómodos, veredas estrechas, recorridos inseguros o tiempos urbanos pensados para otros.
O sea que el problema no es que caminar sea poco útil, sino que la ciudad ha sido diseñada contra esa posibilidad.
Exactamente. Y esa es la crítica más fuerte que puede abrir la idea de ciudad paseable. No basta con recomendar que la gente camine más, porque el problema no es moral ni individual. Una ciudad no se vuelve paseable por el deseo abstracto de hábitos saludables, sino cuando su forma urbana, sus distancias, sus mezclas de uso, su espacio público y sus prioridades de movilidad hacen viable ese desplazamiento cotidiano.
Entonces la ciudad paseable también cuestiona una idea de modernidad.
Sí. Cuestiona la modernidad urbana que confundió progreso con velocidad, y eficiencia con circulación automotriz. Frente a eso, la ciudad paseable recuerda algo elemental: movernos no es solo llegar rápido, sino habitar el trayecto, encontrarnos con otros, percibir el entorno y sostener una relación menos destructiva con la ciudad y con el planeta.
Entonces caminar no es solo un medio de transporte.
No. Caminar es también una forma de experiencia urbana y una medida del tipo de ciudad que hemos construido. Cuando una ciudad no puede recorrerse a pie —o en movilidad asistida— de manera razonable, lo que queda en evidencia no es una carencia del peatón, sino una falla profunda del propio modelo urbano.
Comprendo, es decir que la ciudad paseable no se limita a elogiar los beneficios de caminar; pone en cuestión un urbanismo que sigue midiendo la ciudad desde la velocidad del automóvil y no desde la experiencia del cuerpo que la recorre.
Bibliografía (APA):
Pozueta, J., Lamíquiz, F., Porto, M. (2013). La ciudad paseable. Recuperado de: https://urbanitasite.files.wordpress.com/2020/01/pozueta-lamiquiz-y-porto-la-ciudad-paseable.pdf
10/02/2022
¿Qué significa pensar la biodiversidad y las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad?
Antes de meternos en lo de “transiciones socioecológicas”, necesito entender lo básico. ¿Qué es exactamente la biodiversidad?
Bien, biodiversidad es la variedad de la vida en todas sus formas: especies, genes, ecosistemas y relaciones ecológicas. Y un ecosistema no es solo un conjunto de organismos, sino la red de interacciones entre esos seres vivos y su entorno físico, de modo que la biodiversidad no se reduce a una lista de especies, sino que incluye estructuras, funciones y conexiones.
O sea que no se trata solo de contar plantas, animales o microorganismos.
Exactamente. La biodiversidad importa también por cómo está organizada, por cómo funciona y por los procesos que sostiene: polinización, regulación hídrica, formación de suelos, control biológico, ciclos ecológicos y resiliencia territorial. Por eso, cuando se pierde biodiversidad, no desaparecen solo especies aisladas; se debilitan sistemas enteros de soporte de la vida.
Y ahí Ecuador aparece como un caso muy singular.
Sí. Ecuador suele ser reconocido como un país megadiverso por la concentración extraordinaria de ecosistemas, especies y gradientes ecológicos en un territorio relativamente pequeño, favorecida por la interacción entre Andes, costa, Amazonía e islas, además de la diversidad de pisos altitudinales y climáticos. Esa condición no es solo biológica: también es territorial, histórica y cultural, porque involucra múltiples formas de habitar y usar la naturaleza.
Entonces, en principio, parecería que la biodiversidad es una gran ventaja para el país.
Lo es, pero ahí empieza el problema. La megadiversidad no garantiza por sí sola sostenibilidad. También puede coexistir con deforestación, pérdida de hábitat, contaminación, presión extractiva, expansión urbana desordenada y fragmentación ecológica. Justamente por eso hoy se habla de gestión integral de la biodiversidad.
¿Qué significa “gestión integral” en este contexto?
Significa dejar de pensar la biodiversidad como un asunto restringido a áreas protegidas o a políticas de conservación aisladas. En el enfoque de gestión integral, la biodiversidad se entiende dentro de procesos de cambio territorial, uso del suelo, restauración, producción, gobernanza, conectividad ecológica y decisiones públicas que atraviesan todo el territorio.
O sea que proteger biodiversidad no es solo “cuidar lugares naturales”, sino intervenir en cómo cambia el territorio.
Correcto. Y ahí aparecen las transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad. Este concepto parte de reconocer que sociedad y naturaleza no son esferas separadas, sino partes de sistemas socioecológicos profundamente interdependientes. Hablar de transición significa entonces pensar cómo cambiar los modos de ocupación, producción, consumo y gobernanza para que el territorio deje de erosionar sus bases ecológicas y pueda sostener la vida en el tiempo.
Entonces “transición” no es una palabra bonita para decir que debemos portarnos mejor con la naturaleza.
No. En sentido fuerte, una transición socioecológica no es un ajuste menor ni una corrección ambiental periférica. Implica transformar relaciones entre economía, política, cultura, usos del suelo, infraestructura y biodiversidad. Por eso el concepto resulta tan exigente: no habla solo de conservar, sino de reorganizar el territorio desde otra racionalidad.
Y ahí imagino que entran los distintos tipos de territorios y usos del suelo.
Sí. El enfoque de transiciones socioecológicas obliga a mirar territorios silvestres, rurales, urbanos, energéticos, productivos, degradados, étnicos o anfibios no como compartimentos aislados, sino como configuraciones interdependientes. La sostenibilidad no se juega solo en la selva o en el parque nacional, sino también en la ciudad, en la frontera agrícola, en la infraestructura, en la gestión hídrica y en las decisiones cotidianas sobre qué se expande, qué se protege y qué se sacrifica.
Entonces la ciudad también entra en esta discusión, aunque muchas veces parezca separada de la biodiversidad.
Exactamente. Ese es un punto decisivo. Las ciudades concentran población, infraestructuras, consumo de recursos, residuos y decisiones políticas, de modo que no están fuera del problema ecológico, sino en su centro. La biodiversidad urbana y periurbana no es un lujo estético, sino parte de las condiciones materiales de la sostenibilidad: agua, suelo, regulación climática, conectividad ecológica, salud y habitabilidad.
Hasta aquí el planteo es muy fuerte.
El discurso sobre biodiversidad suele ser más avanzado que la transformación real del territorio. Es fácil celebrar que Ecuador sea megadiverso; mucho más difícil es revisar el modelo de urbanización, de extracción, de expansión productiva y de ocupación del suelo que sigue deteriorando esa misma riqueza. En otras palabras, la transición socioecológica se vuelve vacía si solo añade conservación al margen de un sistema territorial que continúa funcionando contra sus propios soportes ecológicos.
O sea que no basta con inventariar especies o declarar áreas protegidas.
No basta. Todo eso importa, pero es insuficiente si no se traduce en indicadores, gestión territorial, restauración, límites a la degradación, planificación urbana y nuevas formas de relación entre asentamientos humanos y ecosistemas. La sostenibilidad no se alcanza porque sepamos más sobre la biodiversidad, sino porque cambiemos las prácticas espaciales, productivas e institucionales que la están erosionando.
Entonces la cuestión de fondo no es solo conservar la naturaleza, sino aprender a habitar sin destruirla.
Y ahí está el verdadero desafío. Una transición socioecológica no consiste en reconciliar simbólicamente ciudad y naturaleza, sino en reorganizar la vida territorial para que los sistemas ecológicos sigan sosteniendo la vida humana sin quedar subordinados por completo a la lógica de explotación, consumo y crecimiento.
Bibliografía:
INEFAN. (1998). Biodiversidad del Ecuador. Recuperado de: https://www.cbd.int/doc/world/ec/ec-nr-01-es.pdf
Ministerio del Ambiente del Ecuador. (2017). Ecuador es el país más diverso en especies de anfibios. Recuperado de: https://www.ambiente.gob.ec/ecuador-es-el-pais-mas-diverso-en-especies-de-anfibios
Ministerio del Ambiente del Ecuador. (2021). Mapa de Ecosistemas del Ecuador Continental’ permite una gestión ambiental estratégica. Recuperado de: https://www.ambiente.gob.ec/mapa-de-ecosistemas-del-ecuador-continental-permite-una-gestion-ambiental-estrategica
Torres, B. (2021). Deforestación en paisajes forestales del Ecuador. Recuperado de: https://www.amazoniasocioambiental.org/es/radar/encorto-tres-datos-para-entender-la-gravedad-de-la-deforestacion-en-ecuador
UNICEF. (2004). Nacionalidades y Pueblos Indígenas, y políticas interculturales en Ecuador: Una mirada desde la Educación. Recuperado de: http://www.mdgfund.org/sites/default/files/nacionalidades_y_pueblos_indigenas_web(1).pdf
10/01/2022
¿En qué consiste el concepto de Soluciones Basadas en la Naturaleza en el desarrollo urbano?
De seguro hay mucho que tenemos que aprender de la naturaleza.
Sí, pero conviene empezar con cuidado. Las Soluciones Basadas en la Naturaleza, o SbN, son acciones orientadas a proteger, restaurar o gestionar de manera sostenible ecosistemas y procesos naturales para responder a desafíos sociales y ambientales, entre ellos el cambio climático, la gestión del agua, la calidad del aire, la pérdida de biodiversidad y la habitabilidad urbana.
O sea que no se trata solo de parques y árboles.
Exactamente. Ese es el primer error que conviene evitar. Las SbN pueden incluir infraestructura verde y azul, restauración de ríos y humedales, corredores ecológicos, techos y fachadas verdes, sistemas de infiltración, suelos permeables, arbolado urbano o agricultura urbana, pero lo importante no es el objeto aislado, sino la lógica con la que se integran procesos ecológicos al desarrollo urbano.
Entonces su valor está en que la naturaleza deja de ser decoración.
Sí. En este enfoque, la naturaleza no aparece como ornamento ni como resto pintoresco dentro de la ciudad, sino como parte activa de su funcionamiento. Las SbN buscan que los ecosistemas urbanos y periurbanos vuelvan a producir servicios esenciales —regulación térmica, infiltración de agua, captura de contaminantes, soporte de biodiversidad, espacios de bienestar— que la urbanización intensiva ha deteriorado o interrumpido.
¿Y por eso se relacionan con el desarrollo urbano?
Claro. Se relacionan porque ofrecen una forma de enfrentar retos urbanos complejos sin depender exclusivamente de soluciones grises de ingeniería. En muchos casos, combinadas con infraestructura convencional, permiten aumentar resiliencia, reducir riesgos, generar co-beneficios sociales y ambientales y mejorar la calidad de vida urbana.
Hasta ahí suena muy convincente. ¿Dónde aparece la tensión?
Aparece cuando las SbN se convierten en una etiqueta demasiado cómoda. No toda intervención verde es una Solución Basada en la Naturaleza en sentido fuerte. Para que lo sea, no basta con incorporar vegetación; tiene que haber mejora ecológica real, beneficios sociales verificables, atención a la biodiversidad, gobernanza adecuada y una integración seria en la planificación urbana.
O sea que un proyecto puede verse muy “natural” y no ser tan transformador.
Ese es el problema. Muchas veces las SbN se usan como lenguaje atractivo para legitimar intervenciones urbanas sin discutir sus efectos territoriales, su mantenimiento, su financiamiento, ni quién accede realmente a sus beneficios. Incluso pueden terminar concentrándose en áreas valorizadas de la ciudad y reforzando desigualdades espaciales si no se las piensa desde la justicia urbana.
Entonces tampoco basta con decir que participa la ciudadanía y el gobierno.
No. La participación importa, pero no como fórmula vacía. Las SbN exigen coordinación entre ciudadanía, gobierno, actores técnicos, financistas y organizaciones sociales, pero su valor depende de si esa gobernanza logra sostener los proyectos en el tiempo, repartir beneficios, evitar exclusiones y hacer de la naturaleza un componente estructural del desarrollo urbano, no solo una imagen verde de buena voluntad.
Entonces la relación con el desarrollo urbano no es simplemente ambiental.
Exactamente. Las SbN interesan al desarrollo urbano porque obligan a repensar la relación entre ciudad, infraestructura, riesgo, bienestar y biodiversidad. Su mejor versión no consiste en “naturalizar” superficialmente la ciudad, sino en reconocer que una urbanización que destruye sistemáticamente sus soportes ecológicos termina erosionando también sus condiciones de habitabilidad.
Bibliografía:
Ozment, S., Gonzalez M., Schumacher A., Oliver E., Morales G., Gartner T., Silva M., Watson G. y Grünwaldt A. (2021). Soluciones basadas en la naturaleza en América Latina y el Caribe: situación regional y prioridades para el crecimiento. Recuperado de: http://dx.doi.org/10.18235/0003687
10/12/2021
Caso de estudio de planificación para el cambio climático
¿Me imagino que existen casos de estudio que realizaste sobre los planteamientos urbanos para mitigar los efectos del cambio climático?
Por supuesto, déjame contarte en un video sobre el macroproyecto "Parque Lineal Ronda del Sinú", el cual se convirtió en un ejemplo de planteamiento urbano y mitigación por su inclusión y responsabilidad, a pesar de que no existió participación ciudadana en su planificación.
10/11/2021
¿Qué son los instrumentos de Climate Proof Urban Development?
¿Qué son exactamente los instrumentos de Climate Proof Urban Development?
Son instrumentos de planificación, gestión y decisión urbana orientados a incorporar el cambio climático en el desarrollo de la ciudad de una manera integrada. No buscan solo reducir emisiones o solo adaptarse a impactos futuros, sino articular mitigación y adaptación para que el desarrollo urbano sea, al mismo tiempo, más resiliente frente a riesgos climáticos y menos intensivo en carbono.
O sea que no se trata de sumar una capa “verde” al urbanismo tradicional.
Ese es el primer punto importante. El enfoque climate proof no consiste en corregir al final un plan ya hecho, sino en revisar desde el inicio cómo se localizan infraestructuras, cómo se regulan los usos del suelo, cómo se invierte, qué riesgos se anticipan y qué actores participan en la definición del futuro urbano.
¿Y qué tipo de instrumentos entran ahí?
Pueden ser estratégicos, normativos, fiscales, regulatorios y técnicos. Incluyen estrategias de desarrollo urbano sensibles al clima, planes de acción climática, instrumentos de ordenamiento territorial, criterios para infraestructura resiliente, ajustes normativos, mecanismos de coordinación institucional y herramientas para priorizar inversiones que reduzcan vulnerabilidad y emisiones de forma conjunta.
Entonces la idea de fondo es que la ciudad deje de planificarse como si el cambio climático fuera un problema externo.
Sí. La lógica climate proof parte de reconocer que el cambio climático ya está reconfigurando el modo en que las ciudades piensan su crecimiento, su infraestructura, sus riesgos y sus patrones de consumo. Por eso insiste en que las decisiones urbanas no pueden seguir separando desarrollo, ambiente y gestión del riesgo como si fueran campos independientes.
¿Qué ocurrió en la Ciudad del Cabo?
El caso de Ciudad del Cabo es relevante porque integró el cambio climático en su estrategia de desarrollo urbano de largo plazo, reconociendo amenazas concretas como olas de calor, sequías, incendios, lluvias intensas e incremento del nivel del mar. Además, el proceso se estructuró a través de diálogo con actores gubernamentales, empresas, academia, ciudadanía y grupos de interés, y vinculó las intervenciones a instancias formales de seguimiento y gestión dentro del gobierno local.
Entonces el éxito de estos instrumentos estaría en el trabajo multidisciplinario y participativo.
En parte sí, pero ahí mismo aparece una tensión importante. La participación y la coordinación intersectorial son condiciones necesarias, pero no suficientes. Un proceso puede ser muy dialogado, producir documentos sofisticados y aun así no alterar las prioridades estructurales de inversión, ni corregir desigualdades urbanas preexistentes, ni transformar los patrones de ocupación del suelo que incrementan la vulnerabilidad.
O sea que hablar de resiliencia climática no garantiza justicia climática.
Muchas veces el lenguaje del climate proofing suena técnicamente impecable porque habla de integración, adaptación, mitigación y visión de largo plazo, pero puede seguir operando desde una lógica tecnocrática si no pregunta quiénes son los grupos más expuestos, quién define el riesgo aceptable, qué territorios reciben inversión primero y quién paga el costo de la transición.
Entonces los instrumentos no son neutros.
No lo son. Un instrumento legislativo, fiscal o de planificación puede proteger a la ciudad frente al clima, pero también puede reforzar desigualdades si privilegia zonas con mayor valor económico, si desplaza población vulnerable o si convierte la adaptación en una agenda de competitividad urbana antes que en una agenda de derecho a la ciudad.
Entonces, ¿Qué haría realmente potente a un instrumento de Climate Proof Urban Development?
Que no se limite a gestionar amenazas, sino que reoriente el desarrollo urbano. Eso significa integrar clima en la planificación desde el comienzo, sí, pero también revisar la forma urbana, el acceso a infraestructura, la distribución territorial de riesgos, la gobernanza multinivel y la capacidad de los actores más vulnerables para participar en decisiones que afectan su futuro.
Entonces el tema no es solo resistir mejor el cambio climático, sino cambiar la manera de producir ciudad.
La versión más fuerte del enfoque climate proof no consiste en blindar la ciudad para que siga funcionando igual, sino en replantear sus lógicas de crecimiento, consumo, ocupación y exclusión. Si no ocurre eso, la resiliencia corre el riesgo de convertirse en una palabra prestigiosa que administra mejor la crisis sin transformar sus causas urbanas.
Bibliografía:
Ruijsink, S. (2015). Integrating Climate Change into city development strategies. United Nations Human Settlements Programme.
LAUE, F. (2017). Guiding Principles and Climate Change in Germany’s Urban Planning Practice. A review of the recent academic discourse. Climate and Clean air coalition.
10/10/2021
¿Por qué importa evaluar políticas públicas en urbanismo?
Espera un momento, ¿Cómo que políticas públicas? Esto es un blog de urbanismo.
Precisamente por eso. El urbanismo no se agota en la forma física de la ciudad, porque también depende de decisiones públicas sobre vivienda, transporte, espacio público, infraestructuras, equipamientos, suelo y presupuesto. Las políticas públicas urbanas son parte del modo en que la ciudad se organiza, se transforma y distribuye sus recursos.
Es decir que una avenida, un parque o una red de transporte no son solo obras, sino resultados de decisiones previas.
Y si esas decisiones producen ciudad, entonces también deben ser evaluadas. La evaluación de políticas públicas no consiste solo en revisar si algo “se hizo”, sino en analizar si tenía sentido hacerlo, si se implementó como se prometió, si alcanzó sus objetivos y con qué costo.
¿Y esa evaluación ocurre solo al final?
No. Una política pública puede evaluarse antes de ejecutarse, durante su implementación y después de terminada. La evaluación ex ante examina el diseño, la lógica causal y la pertinencia de la intervención; la evaluación durante la implementación observa su marcha y sus ajustes; y la ex post analiza resultados e impactos, incluso los no previstos.
Entonces evaluar no es un trámite administrativo, sino una forma de pensar la política.
Exactamente. Y ahí entran los criterios clásicos que mencionas. En términos generales, la efectividad observa si la intervención produjo los efectos previstos en su implementación; la eficacia compara los objetivos con los resultados alcanzados; y la eficiencia examina la relación entre los recursos invertidos y los productos obtenidos. Además, puede evaluarse la pertinencia, es decir, si la política realmente responde al problema que dice abordar.
O sea que todo se relaciona, pero no es lo mismo.
No, y esa distinción importa mucho en urbanismo. Una política puede ser eficiente porque ejecuta rápido y con poco gasto, pero poco eficaz si no resuelve el problema urbano al que apuntaba. También puede ser eficaz en ciertos resultados visibles, pero impertinente si parte de un diagnóstico equivocado, o efectiva en algunos sectores y excluyente para otros.
Entonces una política urbana no debería juzgarse solo porque construyó algo.
Ese es uno de los errores más frecuentes. En ciudades marcadas por la urgencia de mostrar obra, se tiende a confundir ejecución con transformación. Pero una política urbana no vale únicamente por sus outputs —calles pavimentadas, estaciones construidas, metros de vereda, viviendas entregadas—, sino por sus outcomes e impactos: cómo cambia la vida cotidiana, quién se beneficia, quién queda fuera y si realmente modifica el problema público que justificó su existencia.
Hasta ahí todo parece bastante lógico.
Evaluar una política también implica definir qué cuenta como éxito, qué indicadores importan, quién produce la información y desde qué visión de ciudad se juzga una intervención. En urbanismo, eso es crucial, porque una misma política puede ser presentada como exitosa por su eficiencia financiera y al mismo tiempo ser criticable por profundizar desigualdades territoriales o sociales.
Entonces los criterios técnicos no bastan.
No bastan por sí solos. Son necesarios, pero insuficientes. La evaluación de una política pública urbana también debería preguntar por sus efectos distributivos, por su dimensión democrática, por la calidad de la participación y por las relaciones de poder que reproduce o transforma en la ciudad.
Y ahí entiendo mejor por qué esto sí pertenece al urbanismo.
Claro. El urbanismo no trata solo de proyectar objetos espaciales, sino de intervenir en procesos urbanos complejos donde actúan gobiernos, técnicos, actores privados y ciudadanía. Por eso las políticas públicas no son un tema externo al urbanismo: son uno de sus instrumentos más decisivos.
Entonces eso de que “las políticas públicas son teorías” habría que matizarlo.
Sí. Más que teorías puras, son hipótesis de intervención sobre la realidad. Proponen que si el Estado actúa de cierta manera, entonces un problema público podrá modificarse. La evaluación sirve justamente para poner a prueba esa promesa, no solo al final, sino a lo largo del proceso.
Entonces la crítica propia sería que evaluar no es solo medir cumplimiento.
Evaluar políticas públicas en urbanismo no debería reducirse a verificar si una obra se ejecutó en tiempo y forma. La cuestión más profunda es si esa política produjo una ciudad mejor, para quién, a qué costo y bajo qué idea de justicia urbana.
Bibliografía:
Subirats, J., Peter, K., Corinne, L., y Frédéric V. (2012). Análisis y gestión de políticas públicas. Recuperado de: https://igop.uab.cat/wp-content/uploads/2014/01/subirats2aparte1.pdf
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