10/03/2026

La ciudad sin alma: una conversación sobre urbanidad, experiencia y espacio público

Quiero empezar por una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿qué es una ciudad? En el conversatorio entre El Cuarteto de Nos y Alfredo Ghierra, esa pregunta aparece casi como provocación, y quizá ahí está lo más interesante del tema: que la ciudad no puede reducirse a calles, edificios e infraestructura.

Exactamente. Cuando definimos la ciudad solo por su soporte material, la vaciamos de aquello que la hace propiamente urbana: la experiencia, el conflicto, la convivencia, la memoria y el uso compartido del espacio. Por eso resulta sugerente que una canción como “La ciudad sin alma” no describa simplemente un escenario físico, sino una forma de malestar urbano, una sensación de extrañamiento frente a una ciudad que ha perdido espesor colectivo.

Entonces el problema no sería solo qué forma tiene la ciudad, sino qué tipo de vida hace posible.

Sí. Y esa distinción es fundamental para pensarla críticamente. Una ciudad puede estar densamente construida y, aun así, producir aislamiento, indiferencia y ruptura de los vínculos cotidianos; en ese caso, el problema no es la existencia de lo urbano, sino la erosión de la urbanidad.

La idea de que la ciudad “le pertenece a la gente que la habita”. ¿No es una frase correcta, pero todavía demasiado general?

Lo es. Decir que la ciudad pertenece a quienes la habitan suena bien, pero no basta como argumento. Habría que preguntar bajo qué condiciones esa pertenencia se vuelve real: quién puede usar el espacio público, quién puede permanecer, quién puede apropiarse simbólicamente de la ciudad y quién, por el contrario, la experimenta como un territorio hostil, ruidoso o expulsivo.

Ahí la canción funciona casi como síntoma, ¿no? No como teoría urbana en sí misma, sino como una forma de condensar una experiencia.

Exactamente. La potencia del arte no está en reemplazar a la teoría, sino en hacer visible una atmósfera social que la teoría luego debe interpretar. En este caso, la canción puede leerse como una representación de la ciudad contemporánea cuando el ruido, la saturación, la desafección y la pérdida de lo común dominan la experiencia cotidiana.

Pero si vamos a escribir esto para un blog con aspiración académica, no basta con decir que “la canción nos hace pensar”. Hay que ir un poco más lejos.

Sin duda. La pregunta importante no es si la canción habla de la ciudad, sino qué imagen de ciudad construye y qué problema urbano deja entrever. Lo que aparece allí no es simplemente una crítica moral al caos urbano, sino una inquietud por la pérdida de alma, es decir, por la desaparición de aquellas condiciones que permiten que la ciudad sea algo más que una suma de individuos coexistiendo sin vínculo.

Esa idea me recuerda algo: que una ciudad no fracasa solo cuando colapsan sus infraestructuras, sino también cuando se debilita su vida pública.

Exacto. Y ahí el espacio público deja de ser una pieza secundaria para convertirse en cuestión central. No como sinónimo de plaza o calle en sentido físico, sino como condición de encuentro, visibilidad y coexistencia entre extraños. Una ciudad sin alma podría entenderse, precisamente, como una ciudad donde el espacio compartido pierde intensidad y donde lo colectivo se reduce a circulación, consumo o mera proximidad sin relación.

En el borrador también aparecía una afirmación fuerte: que irse de la ciudad solo amplía el problema porque expande la urbanización. ¿Eso no era demasiado simplificado?

Sí, era una simplificación. El problema no puede plantearse como una oposición moral entre quedarse o irse. Lo que sí puede discutirse es que los modos dispersos de ocupación territorial suelen incrementar consumo de suelo, dependencia de infraestructuras y presión sobre recursos, mientras que una ciudad más densa y mejor organizada puede ofrecer condiciones más sostenibles; pero eso exige un argumento urbano, no una consigna.

O sea, no se trata de defender la ciudad por romanticismo, sino de preguntarse qué forma urbana permite una vida común menos destructiva.

Exactamente. Y ahí entra una discusión más seria sobre densidad, proximidad, consumo y residuos, temas que en tu primer texto aparecían de manera intuitiva, pero todavía no articulada. La virtud de esta entrada debería estar en transformar esa intuición en pregunta crítica: ¿qué ocurre cuando la ciudad deja de organizar convivencia y empieza a producir agotamiento, encierro y desvinculación?

Me interesa también la presencia de Alfredo Ghierra en el conversatorio. No parece un detalle menor que la canción haya sido puesta en diálogo con una mirada arquitectónica.

No lo es. Ese cruce entre música y reflexión urbana es lo que vuelve interesante el material. La canción por sí sola puede sugerir una atmósfera; el conversatorio, en cambio, abre la posibilidad de leer esa atmósfera en términos de ciudad, espacio público, experiencia urbana y responsabilidad colectiva.

Entonces esta entrada no debería ser “me gusta esta canción porque habla de la ciudad”.

Exactamente. Debería ser otra cosa: una exploración de cómo una pieza cultural permite pensar la ciudad como experiencia vivida y no solo como objeto de planificación. Si se la trabaja bien, la canción se vuelve un pretexto fértil para discutir alienación urbana, debilitamiento de lo común y crisis de la vida pública.

¿Y qué hacemos con el dato de que Santiago Tavella pasó por la escuela de arquitectura? En el borrador parecía un remate simpático, pero quizá distraía un poco.

Puede conservarse, pero en segundo plano. Tiene interés como dato cultural y biográfico, porque en fuentes abiertas sí aparece su paso por arquitectura, aunque no la haya concluido. Sin embargo, no debería cargar el peso del argumento: el centro del texto no es la biografía del grupo, sino la ciudad como problema intelectual.

Entonces, si tuvieras que condensar la tesis de esta entrada, ¿cuál sería?

Diría esto: “La ciudad sin alma” permite pensar una dimensión crucial del urbanismo contemporáneo que a menudo escapa a los diagnósticos técnicos: la pérdida de intensidad de la vida común. Leída críticamente, la canción no solo describe un malestar urbano, sino que invita a discutir bajo qué condiciones la ciudad deja de ser espacio de encuentro y se convierte en escenario de aislamiento, ruido y desvinculación.

Ahora sí suena a ensayo y no solo a comentario cultural.

Y esa es la diferencia que importa. Un blog con ambición académica no usa referencias culturales para adornar sus entradas, sino para abrir problemas de pensamiento. La canción interesa menos por su anécdota musical que por su capacidad para obligarnos a preguntar qué hace que una ciudad tenga alma, y qué procesos urbanos la vacían de ella.


Bibliografía:
El Cuarteto de Nos, (2022). Quedarse o irse con Alfredo Ghierra. Recuperado de: La lámina que no está https://www.youtube.com/watch?v=fcU01A1Cgnk
El Cuarteto de Nos, (2022). La ciudad sin alma (online). Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=kzPtMgsRBZ0

10/02/2026

Los no lugares: una conversación sobre espacio, anonimato y sobremodernidad

He escuchado muchas veces que un aeropuerto, un centro comercial o una autopista son “no lugares”. Pero mientras más se repite esa expresión, menos claro me queda qué significa realmente. ¿Marc Augé solo quería decir que son espacios impersonales?

No, y ahí empieza el problema. Reducir el no lugar a un espacio frío, feo o genérico es empobrecer mucho la propuesta de Augé. Lo que él intenta pensar no es simplemente la pérdida de belleza o de identidad visual, sino una transformación más profunda en la experiencia contemporánea del espacio, vinculada a lo que llama sobremodernidad, es decir, una condición marcada por el exceso de acontecimientos, la superabundancia espacial y la individualización de las referencias.

Entonces el no lugar no puede entenderse por separado de esa idea de sobremodernidad.

Exactamente. Augé no parte del aeropuerto para luego ponerle una etiqueta teórica, sino de un diagnóstico más amplio sobre el mundo contemporáneo. Según él, vivimos en un tiempo acelerado, en un planeta cada vez más interconectado y en una experiencia social donde los individuos producen sentido de manera cada vez más solitaria. En ese contexto, proliferan espacios ligados a la circulación, al consumo y al tránsito, espacios en los que las personas se relacionan menos entre sí que con instrucciones, dispositivos, pantallas, boletos, tarjetas y códigos.

O sea que el problema no es solo espacial; también tiene que ver con el tipo de relación social que esos espacios organizan.

Sí. Para entender el concepto, primero hay que pasar por la idea de lugar antropológico. Augé llama así a aquellos espacios que son identificatorios, relacionales e históricos. Un lugar antropológico no es solo un punto del mapa: es un espacio cargado de sentido, donde los sujetos pueden reconocerse, inscribirse en relaciones y leer marcas de una memoria compartida.

Entonces un no lugar sería lo contrario exacto.

Con cuidado: sí y no. Augé lo presenta por oposición al lugar antropológico, pero no porque el no lugar sea un vacío absoluto o una nada espacial. Más bien se trata de un espacio que no produce del mismo modo identidad, relación e historia. En él, el individuo aparece sobre todo como usuario, pasajero, cliente o consumidor; entra, circula, obedece señales, acredita su identidad en los controles de acceso y sale, pero sin quedar inscrito en relaciones duraderas ni en una memoria compartida del espacio.

Eso me hace pensar que el no lugar no elimina a la persona, sino que la redefine funcionalmente.

Exactamente. Esa es una observación importante. En los no lugares, los sujetos no desaparecen; son capturados bajo formas abstractas y operativas. Importa que seas titular de un boleto, portadora de una tarjeta, conductora habilitada o clienta autorizada. Tu identidad no se activa allí como historia vivida o pertenencia colectiva, sino como dato verificable y temporal.

Y por eso Augé pone tantos ejemplos ligados a aeropuertos, autopistas, cajeros automáticos y cadenas hoteleras.

Sí, porque le interesan los dispositivos espaciales de la circulación acelerada. Él menciona explícitamente instalaciones necesarias para el movimiento rápido de personas y bienes, como vías rápidas, empalmes de rutas y aeropuertos; también medios de transporte, grandes centros comerciales y campos de tránsito prolongado. No los enumera para hacer un inventario arquitectónico, sino para mostrar que la sobremodernidad produce cada vez más espacios donde la relación principal no es entre sujetos arraigados, sino entre individuos en tránsito y sistemas de control, información y consumo.

Entonces sería un error tomar el concepto como una categoría puramente formal. Un centro comercial puede parecerse a otro, pero el punto fuerte no es la repetición de la forma, sino el régimen de experiencia que organiza.

Exacto. La clave no es la apariencia, sino la estructura de uso y de relación. Dos espacios muy distintos formalmente podrían operar como no lugares si organizan anonimato, circulación funcional y vínculos efímeros mediados por instrucciones y contratos de uso. Y al revés, un espacio muy contemporáneo no deja de ser lugar solo por tener tecnología o alta movilidad.

Pero si lo pienso así, empiezo a dudar. ¿No es demasiado tajante la oposición entre lugar y no lugar? En la vida real, muchos espacios parecen mezclar ambas condiciones.

Esa es una objeción pertinente, y de hecho conviene asumirla. El propio concepto funciona mejor como herramienta analítica que como clasificación rígida. En la experiencia concreta, muchos espacios combinan dimensiones de lugar y de no lugar: pueden contener memorias, apropiaciones y relaciones, pero también lógicas fuertes de tránsito, control y anonimato. Lo importante no es etiquetar de forma automática, sino preguntar qué tipo de vínculos espaciales y sociales predominan.

O sea que no se trata de recorrer la ciudad diciendo “esto sí es lugar, esto no”.

Exactamente. Ese uso banal del concepto lo vuelve inútil. La pregunta más fértil sería otra: ¿qué espacios contemporáneos debilitan la posibilidad de reconocimiento mutuo, inscripción histórica y relación duradera, y cuáles todavía permiten formas densas de apropiación y encuentro? En ese punto, el concepto de Augé puede ser muy productivo para la arquitectura y el urbanismo, siempre que no se lo convierta en una moda terminológica.

Me interesa también otra cosa: Augé parece decir que estos espacios no son una anomalía marginal, sino algo constitutivo del presente.

Sí, y eso es fundamental. Los no lugares no son residuos secundarios del mundo contemporáneo; son una de sus expresiones más características. Augé llega a afirmar que si los no lugares son el espacio de la sobremodernidad, es porque esta produce ámbitos donde los individuos coexisten sin quedar verdaderamente socializados ni localizados más que en la entrada o la salida del sistema. En otras palabras, el juego social parece suspenderse o comprimirse en un inmenso paréntesis funcional.

Eso suena muy fuerte. Casi como si la sobremodernidad multiplicara espacios donde estamos presentes, pero débilmente vinculados.

Sí, esa formulación está muy cerca del problema. En esos espacios estamos físicamente juntos, pero no necesariamente en relación. Compartimos trayectorias, colas, salas de espera, andenes o corredores comerciales, pero lo que organiza la situación no es una comunidad, sino una coexistencia administrada. La experiencia puede incluso producir una extraña combinación de libertad y soledad: estar liberado de obligaciones relacionales inmediatas, pero también separado de vínculos consistentes.

Entonces el no lugar no sería solo un espacio del anonimato, sino una forma espacial de la individualización contemporánea.

Exactamente. Augé subraya que en la sobremodernidad crece la referencia individual, y eso se traduce también espacialmente. El sujeto cree interpretar por sí mismo las informaciones que recibe, produce recorridos singulares y vive muchas veces su experiencia como si fuera privada, incluso en medio de dispositivos colectivos altamente estandarizados. El no lugar es un escenario privilegiado de esa paradoja: una experiencia individualizada dentro de sistemas masivos de circulación y consumo.

¿Y qué le aporta esto al urbanismo? Porque el riesgo es que el concepto quede atrapado en la antropología cultural y no baje al proyecto.

Le aporta, ante todo, una advertencia crítica. Obliga a no pensar el espacio solo desde su configuración material, sino desde el tipo de subjetividad y de relación que organiza. Para el urbanismo, la pregunta no sería simplemente cómo diseñar espacios más bellos o más eficientes, sino cómo evitar que la ciudad quede colonizada por dispositivos donde predomina la circulación sin arraigo, el consumo sin encuentro y la identificación sin pertenencia.

Entonces una lectura arquitectónica débil diría: “los no lugares son malos porque son impersonales”. Pero una lectura más fuerte diría: “hay que examinar qué formas de experiencia y de relación se producen en ellos”.

Exactamente. Y esa segunda lectura es la que vale la pena sostener. El concepto de no lugar no debería servir para moralizar el presente ni para oponer nostálgicamente un pasado auténtico a un presente degradado. Su fuerza está en mostrarnos que el espacio contemporáneo se organiza cada vez más a través de lógicas de exceso, aceleración y deslocalización, y que esas lógicas transforman profundamente la manera en que habitamos, circulamos y reconocemos a los otros.

Entonces, si tuvieras que condensar la tesis de esta entrada, ¿cómo la formularías?

La formularía así: los no lugares no son simples espacios impersonales, sino una expresión espacial de la sobremodernidad, donde la circulación acelerada, el consumo y los sistemas de control producen formas de anonimato, individualización y relación débil. Leído críticamente, el concepto de Augé no sirve para etiquetar sitios de moda, sino para interrogar cómo el espacio contemporáneo transforma la experiencia del habitar, de la identidad y del vínculo social.


Bibliografía:

Augé, Marc. Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad

10/01/2026

La teoría de los soportes de Habraken: quién decide sobre la vivienda

Dentro de la arquitectura moderna aparece algo llamado teoría de los soportes, asociada a Habraken. Siempre se la resume como “el arquitecto hace la estructura y el usuario decide el interior”, pero suena demasiado simple. ¿Qué estaba realmente en juego?

Tu intuición es correcta: si lo reducimos a “estructura vs. interior” perdemos el filo crítico de la propuesta. Habraken parte de una pregunta incómoda para la arquitectura moderna de vivienda: ¿quién controla el entorno construido y en qué nivel de decisión? La teoría de los soportes no es solo una solución técnica, sino una crítica a la idea de que el arquitecto, el Estado o el promotor pueden definirlo todo, dejando al habitante en el rol pasivo de mero ocupante.

¿Y ese cuestionamiento aparece directamente ligado a la posguerra y la vivienda masiva?

Sí, pero conviene precisar el contexto. En los años sesenta, buena parte de Europa estaba todavía marcada por procesos de reconstrucción y por la necesidad de producir vivienda en grandes cantidades y en poco tiempo. La respuesta dominante había sido la vivienda en serie, fuertemente estandarizada, en la que el usuario recibía un producto terminado, sin margen real de transformación. Habraken observa que esa lógica industrial sacrifica algo fundamental: la capacidad del habitante de apropiarse del espacio y adaptarlo a sus formas de vida.

O sea, el problema no es solo estético ni de repetición formal, sino de poder: quién decide y quién puede cambiar la vivienda.

Exactamente. Por eso la distinción entre “soporte” y “relleno” —o entre estructura y unidades de decisión del usuario— va más allá de una división constructiva. El soporte reúne las decisiones de largo plazo: estructura portante, circulación vertical, envolvente básica, infraestructura común. Sobre esa base, el habitante debería poder intervenir, modificar, combinar, subdividir o incluso reconfigurar partes de su vivienda a lo largo del tiempo.

Pero en tu explicación no parece que el arquitecto desaparezca, más bien cambia de papel.

Ese es un punto clave. Habraken no propone que el arquitecto renuncie al proyecto, sino que asuma otro tipo de responsabilidad. En lugar de diseñar viviendas cerradas, diseña sistemas abiertos: define marcos, niveles de decisión, reglas de juego. Podría decirse que desplaza la creatividad desde el objeto terminado hacia la capacidad del sistema para admitir variaciones y apropiaciones posteriores.

En tu primera versión para el blog, mencionabas que “el diseñador toma las decisiones estructurales y de circulación, y el habitante las espaciales” y lo dejabas ahí. Ahora parece que falta algo más: ¿qué pasa con el tiempo?

Falta justamente la dimensión temporal. La teoría de los soportes entiende la vivienda como proceso, no como estado final. El habitar se concibe como una secuencia de acciones y transformaciones: cambios de composición familiar, de usos, de economía doméstica, de accesibilidad. Si el edificio no admite esa variación, tarde o temprano se vuelve rígido frente a la vida. Por eso la teoría insiste en que las decisiones de diseño no pueden clausurar todas las posibilidades de cambio.

¿Y qué relación tiene esto con la crítica más general a la arquitectura moderna que se hacía en esos años?

Tiene una afinidad clara con varias críticas contemporáneas, pero con un foco específico. Mientras otras corrientes cuestionaban la relación entre forma y ciudad, o entre zonificación y vida urbana, Habraken se concentra en la unidad básica de la vivienda y en cómo se produce. Su pregunta es: ¿es posible una vivienda colectiva que reconozca la diversidad de modos de habitar sin renunciar a cierto orden constructivo? La teoría de los soportes responde que sí, siempre que se distingan niveles de decisión y se reconozca que el usuario no es un “destinatario” sino un agente.

La frase “el acto de habitar es una necesidad humana que transforma el espacio en posesión particular”. ¿No corre el riesgo de sonar demasiado romántica?

Lo corría, sobre todo si se la dejaba sin desarrollar. Lo interesante de Habraken no es decir que habitar es “algo muy humano” —eso sería trivial—, sino mostrar que el acto de habitar implica apropiación y transformación. El espacio solo se vuelve verdaderamente vivienda cuando permite que sus habitantes inscriban en él sus propias lógicas de uso, sus ritmos y sus cambios. En ese sentido, la “posesión” no se reduce a propiedad jurídica, sino a capacidad efectiva de intervenir en el entorno.

Me gusta esa idea, pero me surge una objeción: ¿hasta dónde se puede abrir el diseño sin comprometer la integridad del edificio o sin encarecerlo demasiado?

Esa es una de las objeciones más fuertes que recibió la teoría, y también uno de sus méritos: obliga a pensar el límite. La propuesta nunca fue “todo es libre”; por eso insiste en la separación entre soporte y relleno. El soporte concentra aquello que, por razones estructurales, técnicas o urbanas, no puede modificarse fácilmente. El resto debería tener un grado de indeterminación mayor. La discusión contemporánea sobre vivienda adaptable, por ejemplo, sigue lidiando con esa tensión entre apertura y viabilidad.

Entonces no se trata de dejar que cada habitante haga lo que quiera, sino de diseñar estructuras que anticipen la posibilidad de cambio.

Exacto. Hablar de soportes no es renunciar al orden, sino redefinirlo. En lugar de imponer una configuración única, el proyecto establece un marco que, aun siendo firme, admite múltiples configuraciones posibles. Esa idea ha influido en muchas propuestas posteriores de vivienda incremental, ampliable o transformable, incluso cuando no se menciona directamente a Habraken.

Y en el contexto actual de vivienda, ¿por qué seguir leyendo esta teoría?

Porque varios de los problemas que la originaron siguen vigentes, aunque se presenten con otros nombres: producción masiva de conjuntos homogéneos, poca capacidad de adaptación de la vivienda colectiva, separación radical entre quienes la diseñan y quienes la habitan. La teoría de los soportes ofrece una herramienta conceptual para discutir hasta qué punto los proyectos contemporáneos incorporan el tiempo, la diversidad de modos de vida y la capacidad de decisión de los habitantes, o si siguen entendiendo la vivienda como producto cerrado.

Entonces la pregunta que deja abierta no es solo “cómo diseñar soportes”, sino “cómo distribuir el poder de decidir en la vivienda”.

Exactamente. Esa es, en el fondo, la cuestión política que recorre la propuesta. La teoría de los soportes obliga a la arquitectura a mirar más allá del momento de la entrega de llaves y preguntarse quién podrá seguir transformando el lugar, bajo qué reglas y con qué límites. Cuando el diseño se concibe como sistema abierto, el habitar deja de ser un mero uso y se vuelve, otra vez, un acto productivo.

Ahora sí siento que la teoría aparece menos como curiosidad histórica y más como un instrumento para pensar la vivienda que queremos hoy.

Ese debería ser el propósito de recuperarla: no repetir su vocabulario, sino usarla como lente para interrogar la manera en que seguimos produciendo vivienda colectiva y la medida en que permitimos —o no— que quienes la habitan puedan realmente apropiársela y transformarla.



Bibliografía:

Habraken, N. (2000). El diseño de soportes. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=300231

10/01/2023

Una conversación sobre Alison y Peter Smithson, ¿cómo pensar agrupamientos urbanos que no repitan la rigidez moderna sin caer en nuevas abstracciones formales?

Me quedó dando vueltas eso de los clústers urbanos. ¿Qué querían decir exactamente los Smithson con ese concepto?

Para los Smithson, el clúster era un modelo de asociación espacial capaz de reemplazar categorías tradicionales como casa, calle, distrito o ciudad, que consideraban demasiado cargadas de implicaciones históricas y demasiado rígidas para pensar la vida urbana contemporánea. No proponían simplemente una nueva figura formal, sino otra manera de organizar relaciones entre partes, de permitir crecimiento y de pensar la ciudad como estructura viva.

O sea que el clúster no era solo un grupo de edificios juntos.

Ese es el primer punto importante. El clúster no se define por proximidad física sin más, sino por un patrón de asociación: una forma de agrupar unidades, recorridos y vínculos en una estructura a la vez libre y sistematizada. De ahí que muchas veces se lo compare con un racimo: una morfología abierta, irregular y capaz de deformarse según cada situación.

Entonces aparece como crítica a la ciudad moderna zonificada.

Sí. El concepto surge en el contexto de una revisión del urbanismo racionalista y de la herencia del CIAM. Frente a una ciudad pensada por funciones separadas y por escalas demasiado abstractas, los Smithson buscaban estructuras más cercanas a la asociación humana, a la identidad colectiva y a las formas reales del habitar cotidiano.

¿Y en qué se diferencia del mat-building?

Están emparentados, pero no son lo mismo. El clúster tiende a una organización más morfológica y asociativa, más próxima a la idea de agrupamiento o racimo; el mat-building, en cambio, desarrolla una red más reticular y extensiva, basada en intersecciones repetidas. Puede decirse que ambos comparten la voluntad de superar el objeto moderno aislado, aunque lo hagan con lógicas espaciales diferentes.

Entonces el clúster quería construir relaciones más humanas.

Sí, al menos en su intención. Detrás del concepto está la idea de que la ciudad no puede reducirse a un esquema funcional, sino que debe ofrecer marcos de asociación, identificación y crecimiento capaces de alojar la complejidad social. El clúster intenta acercarse más a la lógica de la vida compartida que a la claridad abstracta del plano moderno.

Suena bastante potente. ¿Dónde aparece la crítica?

Aparece cuando advertimos que también aquí existe un riesgo. Aunque el clúster quiso escapar de la rigidez funcionalista, siguió confiando mucho en que una nueva estructura espacial podía producir mejores formas de comunidad. Y esa confianza, aunque más sensible que la del urbanismo moderno ortodoxo, todavía puede caer en una abstracción: suponer que la asociación social se deriva de la asociación formal.

O sea que cambiar la forma no garantiza cambiar la vida urbana.

Ese es el límite más interesante del concepto. Un clúster puede ofrecer articulación, crecimiento flexible y relaciones más ricas entre partes, pero no por eso asegura apropiación, mezcla social, conflicto productivo o pertenencia real. La ciudad no se vuelve más humana únicamente porque adopte una morfología orgánica o una estructura abierta.

Entonces el clúster importa más como crítica que como receta.

Sí, y esa es una buena forma de leerlo hoy. Su mayor valor está en haber cuestionado las unidades cerradas del urbanismo racionalista y en haber desplazado la atención hacia la asociación, la movilidad, el crecimiento y la identidad. Pero su vigencia actual depende de si lo entendemos no como una forma a repetir, sino como una pregunta abierta sobre cómo organizar relaciones urbanas sin reducirlas a esquemas rígidos ni a imágenes formalistas.

Entonces los clústers urbanos no serían una solución terminada, sino una búsqueda.

Exactamente. Una búsqueda por pensar la ciudad no como suma de objetos separados, sino como una red de agrupamientos capaces de mutar, conectarse y sostener asociación. Y al mismo tiempo, una advertencia: incluso las formas que nacen para humanizar la ciudad pueden quedarse cortas si no incorporan de verdad las dimensiones sociales, económicas y políticas del habitar.


Bibliografía:
Smithson, A., & Smithson, P. (1967). Urban structuring: Studies of Alison & Peter Smithson. Studio Vista.
Arquiteorías. (2013, 24 de mayo). La aportación teórica de Alison y Peter Smithson. https://arquiteorias.blogspot.com/2013/05/la-aportacion-teorica-de-alison-y-peter.html

10/12/2022

¿Los clústers urbanos construyen ciudad o solo reorganizan la competitividad dentro de ella?

He escuchado mucho eso de los clústers urbanos, pero no termino de entenderlo. ¿Qué son exactamente?

En términos generales, un clúster urbano es una concentración territorial de actividades, empresas, instituciones, conocimiento e infraestructuras vinculadas entre sí dentro de la ciudad o de un área metropolitana. La idea es que la proximidad genere ventajas: intercambio de información, especialización, cooperación, innovación y una masa crítica capaz de dinamizar la economía urbana.

O sea que la cercanía física sigue importando, incluso en una economía muy digitalizada.

Exactamente. Esa es una de las premisas del concepto. La proximidad no solo reduce costos, también favorece redes formales e informales, circulación de conocimiento tácito y articulaciones entre empresas, universidades, gobiernos y actores locales. Por eso muchas ciudades han promovido clústers culturales, tecnológicos, creativos o productivos como estrategia de desarrollo urbano y económico.

Entonces suena como una herramienta muy positiva.

Puede serlo. El discurso del clúster suele presentarse como si toda concentración especializada produjera automáticamente innovación, desarrollo y beneficios colectivos. Y no siempre ocurre así.

¿Qué problemas puede generar?

Varios. La sobreespecialización puede volver frágil a un territorio si depende demasiado de un solo sector. También pueden aumentar el precio del suelo, la competencia por recursos, la homogeneización económica y la exclusión de actividades o poblaciones que no encajan en la identidad productiva promovida por el clúster.

O sea que un clúster urbano no es solo un motor económico; también transforma el espacio.

Exactamente. Y ese punto es central en urbanismo. Un clúster no se instala en el vacío: reorganiza centralidades, atrae inversiones, modifica usos del suelo, cambia el valor inmobiliario y puede alterar profundamente el tejido social de un barrio o de una zona de la ciudad. Por eso no basta con medir su éxito en términos de competitividad o innovación; también hay que mirar sus efectos urbanos y distributivos.

Entonces puede incluso favorecer procesos de exclusión.

Sí. En varios casos, especialmente en clústers culturales o distritos creativos, la retórica de la revitalización ha convivido con desplazamiento, turistificación, encarecimiento y pérdida de diversidad social. Lo que se presenta como regeneración puede terminar funcionando como una forma sofisticada de selección territorial.

Entonces el problema no es la concentración en sí misma, sino cómo se gobierna.

Exactamente. Un clúster puede ser valioso si se articula con políticas urbanas amplias, acceso equitativo a oportunidades, infraestructura pública, mezcla funcional y mecanismos que eviten capturas excluyentes del territorio. Pero si se lo fuerza artificialmente o se lo deja operar solo como estrategia de promoción económica, puede producir una ciudad más especializada, sí, pero también más desigual y menos diversa.

Entonces tampoco habría que confundir clúster con barrio o con comunidad urbana.

Exactamente. Ese es otro matiz importante. La proximidad económica no equivale automáticamente a vida urbana compartida, ni la concentración de talento produce por sí sola tejido social. Un clúster puede activar una zona, pero no necesariamente construir ciudad en sentido pleno si no fortalece espacio público, integración, accesibilidad y vínculos con el resto del tejido urbano.

Bibliografía:
Porter, M. E. (1998). Clusters and the new economics of competition. Harvard Business Review, 76(6), 77–90.
Elizagarate, V. (s. f.). Los clústers urbanos como instrumento de la promoción empresarial e innovación territorial. http://www.victoriaelizagarate.com/wp-content/uploads/2017/08/LOS-CLUSTERS-URBANOS-COMO-INSTRUMENTO-DE-LA-PROMOCI%C3%93N-I.pdf
González, R. (2017). Una crítica al paradigma de desarrollo regional mediante clusters industriales forzados. Ágora, 17(2), 239–256. https://agora.edu.es/descarga/articulo/6164315.pdf

10/11/2022

Crear barrio: una conversación sobre vivienda colectiva y ciudad

Recuerdo que hablaste de esa etapa crítica de la arquitectura moderna, cuando algunos arquitectos y urbanistas empezaron a buscar respuestas más cercanas a las necesidades reales de la sociedad. También mencionaste teorías sistémicas como los mat-building. ¿Esa voluntad de hacer ciudad llegó a traducirse en intervenciones que de verdad construyeran barrio?

Sí, y esa es justamente la pregunta importante. No se trataba solo de corregir la forma del edificio, sino de replantear la relación entre vivienda, espacio público, vida cotidiana y tejido urbano. La crítica de autoras como Jane Jacobs y Dolores Hayden ayudó a desplazar el foco desde la vivienda como unidad aislada hacia el barrio como estructura de convivencia, diversidad y soporte de la vida diaria.

Entonces “crear barrio” no significa simplemente agrupar viviendas.

Ese es el primer punto que conviene aclarar. Un barrio no nace por acumulación de bloques, sino por la posibilidad de sostener relaciones, recorridos, apropiaciones, mezcla de usos, reconocimiento mutuo y continuidad entre lo doméstico y lo urbano. Por eso la vivienda colectiva solo construye ciudad cuando deja de pensarse como enclave y empieza a actuar como parte activa del tejido urbano.

Y ahí encajan mejor las críticas de Jacobs y Hayden.

Sí. Jacobs defendió la mezcla de usos, la vitalidad de la calle, las manzanas pequeñas y la densidad de relaciones cotidianas como condiciones de una vida urbana viva. Hayden, por su parte, amplió la crítica al mostrar que muchas formas urbanas modernas y suburbanas ignoraban tareas de cuidado, desigualdades de género y redes comunitarias, de modo que pensar el barrio implicaba también repensar cómo se organiza la reproducción cotidiana de la vida.

Entonces “crear barrio” también es una cuestión política, no solo espacial.

Exactamente. Y ahí aparece la tensión más interesante. Durante mucho tiempo se creyó que bastaba con introducir plazas, circulaciones comunes o espacios intermedios para producir comunidad. Pero la vida barrial no surge automáticamente de la forma arquitectónica; depende también de gestión, uso, mezcla social, mantenimiento, accesibilidad y capacidad de los habitantes para apropiarse de esos espacios.

O sea que un proyecto puede verse muy urbano y aun así no producir barrio.

Sí. Ese es el riesgo. Muchos conjuntos de vivienda colectiva prometieron comunidad a través del diseño, pero terminaron funcionando como piezas autónomas o como infraestructuras residenciales sin espesor urbano. Por eso, cuando un proyecto se acerca más a la idea de barrio, lo importante no es solo que tenga espacio libre, sino cómo articula lo privado, lo semipúblico y lo público, cómo toca la calle, cómo genera cruces y cómo se inserta en la ciudad existente.

Y ahí entra el caso de Alejandro Zohn.

Exactamente. En el análisis de la unidad habitacional CTM “Fidel Velázquez”, Brau muestra cómo Zohn entendía la vivienda colectiva como proyecto urbano y social, no solo como problema tipológico. El valor del conjunto está en la articulación entre espacios públicos y semipúblicos, en su voluntad de encajarse en el contexto y en la búsqueda de relaciones humanas más cercanas mediante calles, quiebres, encuentros y continuidad con la ciudad.

Entonces la planta baja importa mucho.

Muchísimo. La planta baja es decisiva porque es el lugar donde la vivienda deja de ser pura interioridad y entra en contacto con la ciudad. Allí se juega la posibilidad de extender la vida doméstica hacia lo colectivo sin disolverla, y de convertir el conjunto en parte del barrio en lugar de separarlo de él.

Pero tampoco habría que romantizarlo, ¿no?

Ese es el matiz crítico que conviene sostener. No todo espacio intermedio crea comunidad, no todo bloque desalineado genera identificación y no toda voluntad de conexión social se traduce en barrio vivido. La arquitectura puede ofrecer condiciones favorables, pero el barrio siempre excede al proyecto: se produce también en el tiempo, en el conflicto, en el uso, en la mezcla y en la posibilidad de permanencia de quienes lo habitan.

Entonces “crear barrio” no es diseñar una imagen urbana amable.

No. Crear barrio significa proyectar condiciones para que la vivienda colectiva participe de la ciudad y no se limite a ocupar suelo dentro de ella. Y eso exige algo más difícil que una buena composición: exige pensar la vivienda como infraestructura de relaciones sociales, de proximidad cotidiana y de urbanidad compartida.


Bibliografía:
Brau, G. (2021). ALEJANDRO ZOHN: VIVIENDA COLECTIVA COMO PROYECTO URBANO Y SOCIAL: Análisis de la Unidad Habitacional Avenida del Trabajo CTM “Fidel Velázquez”. Arquitectura Y Sociedad, 1(20), 74–95. https://doi.org/10.29166/ays.v1i20.3494

10/10/2022

Encajes urbanos: ¿puede la arquitectura dejar de ser objeto aislado para volverse soporte de relaciones cambiantes?

Si la época moderna separó los usos de la ciudad, ¿Qué hicieron algunos arquitectos de ese mismo tiempo para responder a ese problema?

Algunos empezaron a desconfiar de la zonificación funcionalista y de la idea de que la ciudad podía ordenarse como un sistema de piezas separadas y perfectamente previsibles. Alison Smithson, dentro del clima crítico que siguió al CIAM y a la revisión impulsada por Team 10, buscó otras formas de pensar la relación entre arquitectura, crecimiento, uso y vida cotidiana.

¿Y ahí aparece el concepto de mat-building?

Sí. El mat-building no es simplemente una forma arquitectónica extendida en horizontal, sino una manera de proyectar basada en interconexión, crecimiento, cambio y orden interno abierto. Smithson lo describía como un tipo de edificio capaz de “personalizar el anónimo colectivo”, donde un nuevo orden cambiante, basado en patrones densos de asociación, permite crecimiento, disminución y transformación en el tiempo.

O sea que no se trata de un objeto terminado, sino de un sistema.

Exactamente. Esa es una de sus claves más potentes. El mat-building rompe con la obsesión por la forma cerrada y autosuficiente, y se acerca a una lógica más combinatoria, relacional y adaptable. Por eso muchas veces se lo entiende como una “alfombra” de relaciones, más interesada en los encajes entre partes que en la imagen final del edificio como pieza aislada.

Entonces ahí ya hay una crítica clara a la ciudad moderna sectorizada.

Sí. Los mat-building rechazan la separación rígida entre usos y también la fractura entre arquitectura y urbanismo. Frente al urbanismo racionalista que segregaba funciones y producía objetos desligados del tejido urbano, proponen una continuidad más compleja entre circulación, ocupación, crecimiento y contexto.

¿Y eso se aplicó realmente en algún proyecto?

Sí, aunque no siempre del mismo modo. Uno de los paradigmas más citados es la Freie Universität de Berlín, de Candilis, Josic y Woods, que suele considerarse un ejemplo canónico del mat-building por su baja altura, alta densidad, orden interno fuerte e indeterminación formal. También se ha leído en esa clave el Hospital de Venecia de Le Corbusier, donde el edificio deja de pensarse como objeto autónomo y empieza a operar como una extensión del tejido urbano.

Entonces el mat-building parece una respuesta muy fértil: crecimiento, cambio, interconexión, libertad de uso.

Lo es, pero ahí aparece la tensión crítica. Si se lo celebra demasiado rápido, puede parecer que basta con producir una retícula flexible o una agregación modular para resolver el problema del habitar contemporáneo. Y no es así. La flexibilidad espacial no garantiza por sí sola libertad real, ni adaptación social, ni justicia urbana.

O sea que un sistema abierto también puede seguir siendo muy abstracto.

El mat-building critica con razón el objeto cerrado y la zonificación dura, pero puede seguir operando desde una lógica estructural muy controlada si no incorpora realmente la conflictividad, la desigualdad, la apropiación cotidiana y las condiciones materiales del cambio en la vida urbana. En otras palabras, no toda arquitectura transformable es necesariamente más democrática o más habitable.

Entonces el valor del mat-building no está solo en su forma, sino en la pregunta que abre.

Su importancia está en haber desplazado el foco desde el edificio como imagen al edificio como campo de relaciones. Pero su vigencia actual depende de si esa apertura se entiende no solo como capacidad técnica de crecimiento o cambio, sino como posibilidad de alojar vidas diversas, usos imprevisibles y formas menos rígidas de producir ciudad.

Entonces, más que una alfombra de funciones, sería una estructura de posibilidades.

Sí, y esa formulación es mejor. Porque si decimos solo “alfombra de funciones”, corremos el riesgo de volver al lenguaje funcionalista que precisamente quería superarse. En cambio, entendido como una trama de relaciones espaciales y programáticas capaz de crecer, transformarse y alojar usos cambiantes, el mat-building sigue siendo sugerente porque nos obliga a pensar una arquitectura menos obsesionada con el objeto terminado y más atenta al tiempo, al uso y a la mutabilidad del habitar.



Bibliografía:
Ocampo, J, (2020). El mat-building aplicado en vivienda. Recuperado de: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cvyu/article/view/32969
Smithson, A. (1974, septiembre). How to recognize and read mat-building: mainstream architecture as it has developed towards the mat-building.

10/09/2022

¿La arquitectura moderna murió por su forma o por la arrogancia de creer que podía ordenar la vida social desde arriba?

¿Cómo que la arquitectura moderna murió?

Esa es una de las frases más famosas de la crítica arquitectónica, cuando comenzaron las demoliciones del conjunto de vivienda Pruitt-Igoe en 1972. La frase es potente, pero también simplificadora.

O sea que no se trata de una muerte literal, sino simbólica.

Exactamente. Pruitt-Igoe se convirtió en símbolo del fracaso de ciertas promesas del movimiento moderno: orden racional, vivienda colectiva estandarizada, zonificación funcional y confianza en que una nueva forma urbana podía corregir los males de la pobreza y del deterioro urbano. Su demolición fue leída como la prueba de que ese paradigma había llegado a un límite.

Y ahí entra también la Carta de Atenas y toda esa idea de dividir la ciudad por funciones.

Sí. La modernidad urbana más ortodoxa apostó por separar habitar, trabajar, circular y recrearse, y por organizar la ciudad según criterios funcionales y abstractos. El problema es que esa claridad técnica muchas veces ignoró la complejidad de la vida urbana real: la mezcla de usos, la densidad de relaciones sociales, los vínculos de barrio, la memoria cotidiana y la capacidad de apropiación de los habitantes.

Entonces el fracaso no fue solo formal.

Ese es el primer matiz importante. Sería demasiado fácil culpar únicamente a la geometría, a la supresión del ornamento o al bloque repetido. En Pruitt-Igoe confluyeron diseño arquitectónico, recortes presupuestarios, políticas públicas deficientes, segregación racial, pobreza urbana, mala gestión y abandono institucional.

O sea que usar Pruitt-Igoe como prueba absoluta contra la arquitectura moderna puede ser engañoso.

Sí. Y ahí está la tensión más interesante. El mito de “la muerte de la arquitectura moderna” fue útil para cuestionar el dogmatismo moderno, pero también simplificó el problema al convertir un fracaso histórico complejo en una condena casi total del proyecto moderno. Si todo se explica por la arquitectura, desaparecen del análisis las estructuras sociales y políticas que también produjeron el desastre.

Pero aun así algo sí fracasó en ese modelo.

Sin duda. Fracasó, sobre todo, la confianza excesiva en que la forma correcta podía producir automáticamente una sociedad mejor. Fracasó la reducción de la ciudad a esquema funcional, la idea de que el habitante podía adaptarse sin conflicto a soluciones estandarizadas, y la pretensión de pensar la vivienda como objeto repetible más que como soporte de vidas diversas.

Entonces el problema fue negar al individuo, pero también negar la ciudad real.

No solo se dejó de lado al individuo en abstracto, sino a la ciudad como sistema social complejo. La escala del planeamiento moderno, muchas veces pensada desde la claridad del plano y no desde la experiencia cotidiana, tendió a producir distancia entre la organización técnica del espacio y las formas reales de habitarlo.

¿Y qué sigue después de esa muerte simbólica?

Esa pregunta importa, pero no como simple sucesión de estilos. Lo importante no es repetir que vino la posmodernidad y ya está, sino preguntarse qué aprendimos de ese colapso. Y ahí la lección más fuerte sigue vigente: no podemos seguir proyectando vivienda y ciudad como si las personas fueran unidades abstractas, idénticas y previsibles.

Entonces el presente exige otra forma de pensar la vivienda.

Sí. Hoy la discusión más fértil no pasa por declarar muertos a unos y victoriosos a otros, sino por asumir que la vivienda debe responder a hogares diversos, cambios en el tiempo, condiciones climáticas, contextos sociales y necesidades reales de adaptación. En ese sentido, lo verdaderamente superado no es la modernidad como estética, sino la ilusión de que la complejidad urbana puede resolverse con soluciones universales impuestas desde arriba.

Bien, Pruitt-Igoe no demuestra simplemente que la arquitectura moderna “murió”, sino que fracasó la pretensión de resolver la vida social mediante una forma urbana abstracta, estandarizada y políticamente ciega.


Bibliografía:
Pujades Arquitectura, (2012). La muerte de la Arquitectura moderna. Recuperado de: https://www.pujadesarquitectura.com/arquitectura-moderna
Hernández, A. (2015). El día que murió la arquitectura moderna. Recuperado de: https://arquine.com/el-dia-que-murio-la-arquitectura-moderna
Ferre, A. (2005). Podcast Teoría de la Arquitectura, . Recuperado de: Spotify

10/08/2022

La ciudad compacta: una conversación sobre proximidad, densidad y sostenibilidad

Hace varios meses que esperaba esa explicación sobre la compacidad.

Y con razón, porque es una idea central en muchos debates sobre sostenibilidad urbana. La ciudad compacta aparece como un modelo que busca reducir dispersión, acortar distancias, favorecer la mezcla de usos, fortalecer el espacio público y hacer más eficiente el funcionamiento urbano.

O sea que no se trata solo de meter más gente en menos espacio.

Ese es el primer error que conviene evitar. La compacidad no es hacinamiento ni simple acumulación de edificios; es una forma de organización urbana donde vivienda, trabajo, comercio, equipamientos y servicios mantienen relaciones de proximidad que hacen posible una vida menos dependiente del automóvil y más apoyada en la convivencia cotidiana.

Entonces, cuando se critica a la ciudad dispersa, ¿se la critica por su baja densidad?

Sí, pero no solo por eso. Se la critica porque suele fragmentar el territorio, alargar recorridos, encarecer infraestructuras y reforzar la dependencia del vehículo privado. Cuando las actividades urbanas quedan demasiado separadas, la vida cotidiana se vuelve más costosa en tiempo, energía y recursos, y eso tiene consecuencias sociales y ambientales.

Ahí entiendo mejor por qué la ciudad compacta se presenta como una alternativa sostenible.

Claro. En esa discusión aparecen ideas como las de Rueda: compacidad, complejidad, eficiencia, integración socioespacial y verde urbano. La propuesta no es solo aumentar densidad, sino articular proximidad, diversidad funcional, uso responsable de recursos, mezcla social y presencia de naturaleza en la ciudad.

Entonces suena bastante convincente. ¿Dónde aparece la tensión?

Aparece cuando la ciudad compacta se convierte en consigna. Porque densificar no siempre mejora la ciudad. Una ciudad puede volverse más densa y seguir siendo excluyente, especulativa, cara, desigual o carente de espacio público de calidad. Si la compacidad se reduce a una operación inmobiliaria, deja de ser proyecto urbano y se vuelve simplemente intensificación del suelo.

O sea que una ciudad compacta también puede producir problemas.

Puede hacerlo si concentra población sin ampliar equipamientos, si reduce áreas libres sin mejorar el espacio público, si mezcla usos solo para ciertos sectores sociales o si convierte la proximidad en privilegio de unos pocos. La compacidad solo tiene sentido como ideal urbano cuando se combina con accesibilidad, justicia espacial, servicios suficientes, vegetación y posibilidad real de encuentro entre grupos diversos.

Entonces el problema no es solo cuánta ciudad hay, sino qué tipo de ciudad se compacta.

Exactamente. Esa es la pregunta importante. No toda densidad produce urbanidad, ni toda cercanía produce convivencia. La ciudad compacta vale como horizonte cuando logra sostener vida colectiva, reducir dependencias materiales y energéticas, y ofrecer condiciones urbanas más equitativas.

Entonces tampoco bastaría con repetir que el bien común debe prevalecer sobre el particular.

No basta con repetirlo; hay que materializarlo. La ciudad compacta solo deja de ser una consigna cuando la proximidad, la mezcla de usos, la integración social y el verde urbano se convierten en condiciones efectivas de la vida cotidiana y no en argumentos abstractos de sostenibilidad.

Bibliografía:
Alarcon, J. (2020). The compact city and the dispersed city: An approach from the perspectives of coexistence and sustainability. Recuperado de: http://scielo.senescyt.gob.ec/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2528-79072020000200001#B24
Glaeser, E. (2011). El Triunfo de las ciudades. Madrid, España: Penguin Random House Grupo Editorial. S.A.U.
Rueda, S. (2005). Un nuevo urbanismo para una ciudad más sostenible, I Encuentro de Redes de Desarrollo Sostenible y de Lucha contra el Cambio Climático. Victoria, Gasteiz.

10/07/2022

BACS - Un barrio compacto sustentable

El concepto para sustentabilidad está en construcción, porque cada vez más variables se incorporan al tema, además, está directamente relacionado con la reducción drástica de recursos naturales y el cambio climático, a causa de la contaminación.

El planeta se está volviendo insostenible, y las ciudades cada vez están en crecimiento, lo que consume más el suelo (agrícola, de protección, entre otros) y se produce un fenómeno de alejamiento del centro de la ciudad hacia la periferia.

Es así como, la mancha urbana, no tiene relación con el crecimiento de la población y esto provoca que existan zonas céntricas que están dotadas de todos los servicios, pero que no tienen población y se genera inequidad en las zonas periféricas, porque no cuentan con todos los servicios pero tienen exceso de población fija. Ocupamos más espacio del que realmente necesitamos.

¿A qué te refieres con un barrio compacto sustentable?

Nos referimos a la conformación de características que debe tener un barrio para generar compacidad, diversidad de usos, verde urbano y movilidad dirigida al peatón.

El estudio urbano de la imagen inferior se realizó en el barrio Ponceano Bajo, ubicado al norte de Quito, con información primaria, información secundaria, entrevistas, mapeo y observación.

Se generaron propuestas en las temáticas antes mencionadas, para intentar planificar un barrio compacto sustentable en beneficio de la población, al ser un ejercicio académico el proyecto no ha sido implementado.

En la imagen que se comparte, está el antes y después de tres vías principales del barrio, dando prioridad a la movilidad a pie y en silla de ruedas.

Bibliografía:
Gómez, J. & Mesa, A. (2017). Determinación de densidades urbanas sostenibles. ISSN 0717-5051
Higueras, E. (2009). El reto de la ciudad habitable y sostenible. Madrid: DAPP.
Hurtado D. (2016). Manual de diseño de calles activas y caminables.
Marín, P. (2012). Modelos urbanos sostenibles. Málaga: Servicio de Programas del Ayuntamiento de Málaga - Observatorio de Medio Ambiente Urbano.
Rueda, S. (2011). El urbanismo ecológico. Barcelona: Agencia d'Ecologia urbana de Barcelona.

10/06/2022

Hábitat urbano, vivienda y espacio público. El collage de la casa como ciudad y la ciudad como casa

¿Supongo que este collage representado en corte, representa tu pensamiento urbano, y por eso lo llamaste domesticar la ciudad?

Exacto, toda cimentación de la ciudad empieza por esa sociedad diversa y cotidiana, de cada una de las personas, desde la escala humana. 

En el nivel 1 ubiqué la vivienda, ese lugar que nos da seguridad y confort y que genera barrio en el nivel 2, para dar paso al nivel 3 la calle, es decir, esa transición con el espacio público, aunque desde la puerta de nuestra vivienda ya se considera espacio público. 

Sigo subiendo al nivel 4, representado en corte para facilitar el análisis, se encuentran los cruces, que en mi pensamiento, deben tener prioridad para el peatón y no para el auto. 

Finalmente, en el último nivel se encuentra el espacio público, un lugar importante porque es donde se unifican todas las interacciones sociales que forman una ciudad, con la vista desde lo doméstico y cotidiano.

10/05/2022

El DUG - Diagnóstico Urbano con perspectiva de Género

El DUG contiene una serie de preguntas elaboradas por el Colectivo Punt 6 y que ayuda a generar un análisis de una ciudad desde el punto de vista cotidiano, desde su gente y desde la experiencia de recorrer las calles.

¿Y aplicaste ese diagnóstico en alguna localidad de Ecuador?

01. Vida cotidiana: En el gráfico se muestran los resultados del análisis que realizamos en San Juan de Ilumán, ubicado en la provincia de Imbabura al norte del Ecuador. Primero se hizo un mapeo de la vida cotidiana en cuatro esferas: productiva (producción de bienes y servicios en donde se recibe un salario), reproductiva (actividades de cuidado, sobretodo domésticas), propia (desarrollo personal, deporte, ocio, tiempo libre) y política (participación social, cultura y política).

02. Evaluación: Le sumamos las preguntas con perspectiva de género divididas en seis ámbitos: participación, espacio público, vivienda, equipamientos, movilidad y seguridad, en el caso de estudio obtuvimos más respuestas negativas que positivas y las graficamos en una rueda de análisis.

03. Diagnóstico y Conclusiones: El resultado de los análisis anteriores se condensan en cinco cualidades que debería tener la ciudad: proximidad, diversidad, autonomía, vitalidad y representatividad.

Este estudio nos ayudó a identificar los puntos críticos de la ciudad y plantear soluciones urbanas para mejorar la calidad de vida de las personas de San Juan de Ilumán, desde su vida diaria, desde lo cotidiano.


Bibliografía: 
Casanovas, R., Ciocoletto, A., Fonseca M., Gutiérrez, Z., & Ortiz, S. (2014). Mujeres trabajando. Recuperado de: https://punt6.wordpress.com
Ciocoletto, A. (2014). Espacios para la vida cotidiana. Auditoría de calidad urbana con perspectiva de género. Recuperado de: http://www.punt6.org/wp-content/uploads/2016/08/EspaciosParalaVidaCotidiana.pdf